La culpa es vuestra
Hay una costumbre muy española que consiste en mirar un problema cuando ya nos ha explotado en la cara. Antes, mientras crece y se desarrolla, preferimos discutir sobre conceptos abstractos, repartir etiquetas y sentirnos moralmente superiores. Luego llega la realidad, que es una señora bastante desagradable cuando se enfada, y nos presenta la factura.
En Baleares, la factura ha llegado en forma de viviendas imposibles de pagar, carreteras saturadas, servicios públicos expoliados y una sensación creciente de inseguridad que mucha gente comenta en privado, pero que durante años parecía inconveniente mencionar en público.
Lo curioso es observar cómo algunos ciudadanos contemplan ahora este panorama con la misma sorpresa que tendría alguien al descubrir que una planta necesita agua después de haberse olvidado de regar durante una década.
Porque la política tiene consecuencias. Parece una obviedad, pero conviene recordarlo. Los gobiernos no son fenómenos naturales. No son tormentas de verano. Son el resultado de votos depositados en una urna.
Durante años, una parte importante del electorado balear apoyó al PSOE y a los separatistas de Més. Lo hizo convencida de que determinadas políticas eran las correctas. Perfectamente legítimo. Lo que resulta más difícil de entender es la tendencia posterior a desvincularse de los resultados cuando estos empiezan a incomodar.
La vivienda se ha convertido en un lujo para demasiados trabajadores. Jóvenes que no pueden emanciparse, familias que destinan una parte desproporcionada de sus ingresos al alquiler y profesionales que rechazan empleos porque sencillamente no encuentran dónde vivir. Sin embargo, durante años se escucharon más discursos que soluciones eficaces.
Con la inmigración ilegal sucede algo parecido. Cualquier intento de debatir sus efectos era recibido con sospecha moral. Pero los problemas no desaparecen porque se evite hablar de ellos. Siguen ahí. La presión sobre los servicios públicos sigue ahí. Las dificultades de integración siguen ahí. Y los ciudadanos siguen percibiéndolas aunque algunos dirigentes socialistas y separatistas prefieran cambiar de conversación.
Mientras tanto, las infraestructuras parecen diseñadas para unas islas que ya no existen. Las carreteras cuentan una historia distinta de la que cuentan los discursos oficiales. Basta con pasar una mañana atrapado en un atasco para comprender que la planificación ha llegado tarde.
Y sí, para Vox, la explicación es sencilla: demasiados años de políticas equivocadas sostenidas por una mayoría electoral que quiso creer que la realidad podía adaptarse a los deseos ideológicos.
Quizá la parte más incómoda de la democracia sea precisamente esa. Que no permite culpar siempre a otros. Que obliga a reconocer que los gobiernos reflejan, al menos en parte, las decisiones de quienes los eligen.
Por eso, cuando algunos votantes de izquierdas se lamentan hoy por el precio de la vivienda, por la llegada constante de inmigración ilegal, por el deterioro de la seguridad o por unas infraestructuras claramente insuficientes, resulta inevitable pensar: la culpa es vuestra. No porque seáis responsables de cada problema concreto, sino porque durante años habéis respaldado a quienes tomaban las decisiones.
Las cosas no sucedieron solas. Hubo decisiones, hubo votos y hubo consecuencias. Y ahora que las consecuencias son visibles, ya no basta con declararse sorprendido. Hay que asumir la parte de responsabilidad que corresponde a cada uno. Porque la realidad, esa señora tan desagradable cuando se enfada, no suele aceptar excusas.
- David Gil de Paz es portavoz adjunto de Vox en el Consell de Mallorca.