Tres puntos para creer

Tres puntos para creer

Los puntos que menos te esperas son los que más disfrutas y conquistarlos en Heliópolis no está al alcance de muchos de los equipos de primera división. Seguramente la clave del éxito, inevitablemente ligado al sacrificio y al sufrimiento, residió en la rapidez con la que se restableció el empate tras encajar un gol sin haber empezado a jugar. Esta reacción, repito, posiblemente quitó el miedo, el excesivo respeto o como quiera que se llame a un equipo que, como había comentado Arrasate en la víspera, necesitaba ser valiente porque el arrojo consiste en eso, en vencer todo temor, no en despreciarlo o no sentirlo.

Hubo tiempo para pasarlo mal en el que un tiro de Abde de palo a palo sin rebasar la línea de meta y tres intervenciones prodigiosas de Greif en respuesta a dos remates de Vitor Roque y Ruibal, hicieron temer lo peor. Sin embargo se equivocó el Betis al pensar que aquella arrancada iba a ser el principio de un festival por bulerías a orillas del Guadalquivir, porque su portería también tembló pese a la falta de instinto matador de un Robert Navarro incombustible.

El actual inquilino del banquillo balear no se anda con rositas, ni chiquitas. Si Antonio Sánchez cumple, Maffeo tendrá que esperar. Dispuso un 4-4-2 aparentemente disléxico debido a la posición de segunda punta de Dani Rodríguez y la capacidad de Robert para atravesar el campo de lado a lado, bien para ayudar al lateral por la banda más complicada, la de Abde, o para contratacar por el centro creando una superioridad numérica a través de la que generar peligro. Con Samu y Mascarell pendientes de cerrar la primera puerta entre el círculo central y el área propia, Sergi Darder se hacía de nuevo con la batuta de una orquesta entregada a sus instrumentos, unas veces con más armonía que otras, pero sin florituras.

Los de Pellegrini redoblaron sus esfuerzos tras el descanso. Impusieron la calidad individual de alguno de sus jugadores por encima de un ataque paciente y ordenado. Dominaron territorialmente a medida que los bermellones acusaban esfuerzo y cansancio. Algunos cambios llegarían tal vez un poco más tarde de lo conveniente. Los del anfitrión fueron peores, pues frenaron su ímpetu. Y cuando la batalla iba a terminar en tablas, la ambición de sacar desde la esquina para marcar, en lugar de hacerlo en corto para agotar los dos minutos que faltaban, obtuvo el premio que otras veces se negó. Una victoria para creer.

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