El show de Castells

El show de Castells
  • Clara Zamora

Mi amiga Flaviana está muy decaída por todo lo vivido a causa de la pandemia. Sonríe poco, es difícil que algo la distraiga de su baile de sufrimientos. De las pocas cosas que la entretienen, la más kistch es la aparición de los ministros de Podemos. Dice que no concibe un espectáculo más extremo, por decadente y putrefacto, que ver expresarse a los escogidos por el Faraón de las esclavas (así llama al moñas).

Aunque tiene poco apetitivo, cuando sabe que van a intervenir, pide que le preparen palomitas y alguna bebida exótica. Dice que son momentos de una perversidad tal que le producen un tierno frenesí como el vicio sabio que le corresponde reconocer a esta veterana. Me explica que despliegan un cinismo de aire espiritual, que está coronado de rosas que se retuercen con habilidad para hacer una guirnalda para la bestia. Es muy mística mi amiga. Cuando comparecen Irene o Yolanda se estremece y dice: «¡Excelente! ¡Resulta aterrador!». Pero su favorito es el ministro de Universidades, Manuel Castells. De él dice que es un insólito caso de casto asediado por fantasías lúbricas, presa de una erección cerebral. Yo le digo que esa apreciación es muy elevada para ese ministro, que nunca llegará a comprenderla. Flaviana me mira con la sonrisa de la Gioconda.

Cuando Castells dice que «viajar en transporte público, apelotonados, con posibilidad de que los que estén contagiados contagien a los demás es clasista», mi amiga se viene arriba y eleva la voz para decir: «Las riendas de la razón, las riendas de la razón. Manolito, cógelas, que vas a pique». La verdad es que este ministro tiene un papel importante como animador social, esto hay que reconocérselo. Es de los que hace que por el pueblo circule siempre fresca una noticia. Afirma que su gobierno tiene dos prioridades: la sanidad y la educación. «Madre mía –dice Flaviana- se derrumban las últimas murallas. Este hombre supera el hedonismo pagano de  d’Albert de Gautier, refinándolo con las más recientes recetas de Des Esseintes. Es un tardío epígono de los comediógrafos del siglo XVIII, enhebrando disparos de ironías poco graciosas».

Con todos sus oropeles decadentes y el monótono jadeo de sus patéticas interjecciones, este ministro ha llegado al cénit de sus posibilidades o, al menos, así lo cree mi amiga Flaviana. El momento culmen de sus actuaciones pandémicas ha llegado gracias a su espíritu de nigromante, que por fin ha salido a la luz. Con ternura paternal nos anuncia que el mundo está en peligro. Mi amiga Flaviana se encoge y dice, mientras coge unas palomitas de su bol de cerámica de la dinastía Song, «le devora la ambición de una santa gloria». Mira la televisión entusiasmada, expectante a ver cómo termina el comunista su profecía.

«El mundo está en peligro. El mundo tal y como lo hemos conocido. No digo que se acabe, pero este mundo sí, este mundo se acaba. Este mundo que hemos vivido se acaba y habrá otro mundo que está gestándose y rejuveneciendo». Al terminar la intervención, Flaviana estalla en una carcajada tan natural y contagiosa como toda su inmensa lucidez. «Insuperable, insuperable», dice mientras se levanta enérgica. «Un mundo que muere y luego rejuvenece, ¡maravilloso!; un mundo que se vive, ¿cómo se vive un mundo? ¡fantástico!; no digo que se acabe, pero sí ¡fascinante!; y mientras uno está muerto y el otro se gesta, ¿qué haremos? Ja, ja, ja. Este frívolo epicúreo es insuperable, qué corruptor sádico tan artístico, ¡fascinante, fascinante!». No había visto a Flaviana tan divertida desde el pasado febrero, antes de que la tragedia pandémica llegara a nuestras vidas. El ministro Castells ha conseguido lo que no habíamos logrado ninguno antes.

Se acerca a la ventana. Desde allí, ve un extenso parque que se abre a la parte delantera de su castillo, un edificio exacerbadamente clasista. Sin dar ninguna señal previa, su corazón deja de latir. Sus últimas risas danzan todavía por la sala. Era una mujer cultísima, libre, dueña de un razonamiento personal que era su quintaesencia. Flaviana descansa feliz; mientras Castells pela gambas en algún antro podemita con su camiseta negra de pijama, cual zorro rabioso que busca seguir humillando a toda la comunidad universitaria. Las horas siguen teniendo sesenta minutos y la vid es fuente para las bacanales, pero no nos relajemos, que igual en su próxima intervención nos da otra lección magistral de agorero vulgarizador y nos cambia los esquemas. Afortunadamente, Flaviana estará en mejor lugar, aunque nunca podré olvidar su risa.

 

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