Un mundo convulso sin garantía de Guerra Fría
Acontecimientos diarios reafirman la evidencia de que el mundo se encuentra sumido en pleno proceso de definición de las correspondientes zonas de influencia. Que es la terminología aplicada por parte de EEUU y la URSS al orden geopolítico dual de la Guerra Fría, surgido en 1945 de la Segunda Guerra Mundial. Esa Guerra Fría duró hasta diciembre de 1991 con la desaparición de la URSS, naciendo un nuevo orden geopolítico, vigente durante los 30 años transcurridos desde entonces hasta el comienzo de la operación militar especial de Rusia contra Ucrania, en febrero de 2022. Que comenzó inmediatamente tras la firma por Putin y Xi Jinping en Pekín, del tratado bilateral de cooperación entre Rusia y China, que declaraba formalmente concluido aquel orden geopolítico, vigente durante esas tres décadas, calificado por ellos de «unipolar», y en manos de EEUU.
De hecho y para atenuarlo, ya desde 1945 se pretendió establecer una cierta multilateralidad por medio de organizaciones como la ONU, y otras agencias suyas como la OIT, la OMS, la Unesco, etc. para que actuaran de relativa contención frente a eventuales graves decisiones unilaterales de las grandes potencias, y de las que EEUU se está retirando.
Tras Venezuela, Cuba está en el punto de mira de Trump, además de Groenlandia, con Canadá a la expectativa. E incorporándose a esta sensible lista emerge la República Islámica de Irán. En cuanto a Cuba, sin el petróleo y la ayuda económica de Maduro, se encuentra ante una gran crisis económica, y Trump parece decidido a intervenir contra el régimen castrista liderado por Díaz-Canel. La escalada verbal ha llegado a un punto de no retorno ante la radical respuesta del dirigente cubano y con el precedente de Maduro.
La tripolaridad geopolítica, parece claro, la representan EEUU, China y Rusia, con Xi Jinping y Putin estrechamente aliados por su conocido tratado bilateral, lo que convierte la tripolaridad en una virtual bilateralidad. A este escenario convulso se ha incorporado con intensidad el Irán de los ayatolás, que desde hace dos semanas se encuentra con una gran contestación social con numerosas manifestaciones en Teherán y otras localidades. Que protestan por la grave crisis económica que está afectando seriamente a la población, y que ha provocado una represión creciente por parte del gobierno, que ha causado ya varios centenares de víctimas mortales.
Israel y EEUU están siguiendo esta crisis con especial atención con el recuerdo del enfrentamiento militar del pasado junio con bombardeos por parte de Israel -con el apoyo de Trump- sobre Irán y viceversa. Con Hezbolá, la Yihad islámica y Hamás como tentáculos terroristas de Irán, desestabilizando a sus enemigos. En la retaguardia, subyace la voluntad iraní de disponer de armamento nuclear, considerado inaceptable por Trump y Netanyahu. Ante la crudeza de los enfrentamientos de las fuerzas represivas contra la población -con una destacada presencia de mujeres-, emerge la figura casi olvidada del heredero de la monarquía persa, el primogénito del Sha de Persia, Reza Pahleví -hijo de la emperatriz Farah Diba- que mantiene una estrecha relación con Israel y EEUU, donde reside. Entre tanto, la región del Indo-Pacífico está en estado de particular tensión con Japón, en alerta ante la eventualidad de una intervención militar por parte de la República Popular China para materializar la ansiada reunificación de Taiwán. No se recuerda un escenario tan plagado de tensiones entre países pertenecientes a estratégicas regiones en diferentes continentes, lo que remite al conflicto subyacente por la disputa del nuevo orden geopolítico mundial.
En esa disputa, EEUU considera Iberoamérica con Cuba en la vanguardia, y a Groenlandia, como su principal zona de influencia. En Oriente Medio, Israel es su socio indiscutible y la República islámica de los ayatolás, un potencial enemigo destacado. Groenlandia tiene una singular importancia dada su pertenencia a la OTAN, con Dinamarca, miembro de la UE, por lo que una decisión estrictamente militar por parte de Trump no significaría ninguna dificultad operativa, pero tendría unas consecuencias políticas de gran trascendencia. Que significarían el final de la Alianza Atlántica (OTAN) y del profundo e histórico pacto político, económico, social y militar entre la UE y EEUU. Que con toda seguridad ocasionaría también el final de la UE. Aunque quizás también el resurgir de Europa. Y no es seguro que estemos ante una nueva Guerra Fría.