Los malos son ellos

Quiero pedirles un favor con lo de Ceuta: no se amilanen. Pedir el retorno de todos los que han entrado ilegalmente no es ser «mala persona» como dicen. Es simplemente puro sentido común. Con el procés pasó los mismo: los malos éramos los incrédulos, los escépticos, los críticos. La historia nos ha dado la razón.
Hay que recordar, por otra parte, que han mentido. Algo imperdonable desde Nixon. El presidente norteamericano no dimitió por el Watergate propiamente dicho, sino por no decir la verdad. Bueno, por eso y por obstrucción a la justicia. En un exceso de ego —o para escribir sus memorias—, lo grababa todo. Y luego tuvo que borrar unas cuantas cintas. Allí lo pillaron.
Este Gobierno —empezando por Pedro Sánchez— ya está habituado a decir falsedades. Aunque lo hayan bautizado como «cambios de opinión». Sin ir más lejos, Marlaska —nada menos que el ministro del Interior— ya mintió con Leire Díez.
El 28 de mayo de 2026 afirmó que la directora de la Guardia Civil no había tenido reuniones con la fontanera del PSOE «de ningún tipo». Mercedes González había mantenido, de hecho, hasta tres encuentros.
Con Ceuta, lo mismo; como ya puso de manifiesto OKDIARIO. «Ninguna persona que entre o pretenda entrar de manera irregular se va a quedar en Ceuta, ninguno de ellos va a ir a la Península, ninguno de ellos va a ser regularizado», aseguró.
Más tarde se supo que ya estaban planeando el traslado de menas a la Península. Y es evidente que todos los que quedan en la ciudad casi un mes después no van a ser devueltos. No hay voluntad. La crisis se ha enquistado.
En la lista podemos incluir también a Albares, que tardó doce días en visitar la ciudad. Y sin criticar a Marruecos. A pesar de que es el titular de Exteriores. Fue muy categórico: iban a devolver «hasta la última persona que ha entrado irregularmente».
Por eso, no se dejen amedrentar. Los malos no somos nosotros, son ellos. Aunque recurran a la superioridad moral. Óscar López, al que nombraron ministro solo para intentar desbancar a Ayuso, declaró el día 20 que Feijóo da «vergüenza ajena» y que «ya es imposible distinguirlo de la ultraderecha».
Mientras que Patxi López, quién si no, también manifestaba el mismo día que «lo ocurrido en Ceuta no es solo cuestión de competencias, es cuestión de humanidad». A su juicio, devolver a los menas es «inhumano». Es decir: no tenemos sentimientos.
Retornar a los menores es de una lógica aplastante. ¿Cómo han podido cruzar sin pasaporte, sin permiso, sin nada? Lo que es «inhumano», por utilizar la misma expresión que el portavoz socialista, es que ni sus padres ni el Gobierno marroquí se interesen por ellos.
Es el recurso habitual de la izquierda. Sirve para todo. Verónica Pérez, diputada socialista por Sevilla en el Parlamento andaluz, ya dijo en el 90 aniversario de Blas Infante que «Moreno Bonilla tiene en su gobierno a falangistas». En alusión, supongo, a Vox. Es materialmente imposible: el partido de Abascal se fundó en 2013.
En la misma línea, el PSOE de esta comunidad autónoma afirmó el día 20 que el presidente de la Junta «comparte el discurso de la ultraderecha». En mi opinión, Vox no es ultraderecha en el sentido clásico del término. La extrema derecha, en los años 30, quería acabar con las democracias parlamentarias, que salieron muy tocadas de la crisis del 29. E instaurar regímenes autoritarios, dictatoriales o incluso totalitarios. Como, de otro lado, quería hacer la extrema izquierda. La dictadura soviética no estaba tan lejos de la Alemania nazi.
La formación de Abascal quiere lo que quieren todos los partidos: gobernar. Y, en caso contrario, influir desde la oposición. Además, si Vox es «ultraderecha», Sumar, Podemos y Bildu son «extrema izquierda». Por la simple razón de que están al otro lado del arco ideológico. En cambio, Sánchez no tiene ningún inconveniente en pactar con estos. Sin embargo se presenta como «el Gobierno de coalición progresista». Por eso, no se dejen intimidar. Los buenos somos nosotros. Todo lo demás es relato.