Para lo que le queda en el convento…
Imaginemos a un fraile que se encuentra de peregrinación en pleno invierno, alojado en un monasterio, digamos, por ejemplo, del Pirineo aragonés, a mediados del siglo XII. Sus modestas instalaciones no disponen de letrinas y, para hacer sus necesidades, los monjes se ven obligados a salir al exterior y remangarse el hábito sobre la nieve. En mitad de la noche, entre los oficios nocturnos y los maitines, nuestro fraile peregrino, que planea continuar su viaje cuando amanezca, siente un urgente apretón, se asoma al ventanuco de su celda, observa la nieve y el viento helado y piensa: «Para lo que me queda en el convento…» y se lo hace dentro. Total, cuando los residentes en el cenobio encuentren su «regalito», él ya va a estar a varias leguas de distancia, por lo que no tendrá que asumir ninguna consecuencia de tan desagradable acto.
Ahora vamos a imaginar que dicho fraile, irresponsable y egoísta, se llama Pedro y se apellida Sánchez, alias el Saunas por parte de suegro. El yerno de Sabiniano, el proxeneta, tenía planeado un verano espectacular. Había hecho que nos gastásemos una pasta en poner a su gusto el Palacio Real de La Mareta, diseñado por el artista lanzaroteño César Manrique para el rey Hussein de Jordania, en el espectacular entorno volcánico de Teguise (Lanzarote). Un lujo de jeques árabes que Sánchez pensaba disfrutar durante un mes entero, rodeado de sus amigos y familiares, mientras practicaba deportes náuticos haciendo uso exclusivo de embarcaciones de la Guardia Civil y rodeando las instalaciones de todo tipo de medidas de seguridad para que nadie le molestase durante su asueto. Y luego, sin que nadie lo supiera, pensaba empalmar el mar con la montaña andorrana para continuar con los deportes de aventura, alojándose en la suite más cara del hotel más exclusivo.
¡Un planazo digno de un marajá! Lo que no se le había ocurrido al Saunas era que ese al que sus ministros definen como «socio absolutamente fiable», «aliado imprescindible», «vecino amigo» y «colaborador ejemplar y leal», el rey Mohamed VI de Marruecos, el del software espía Pegasus, tuviera la guasa de mandarle más de 100.000 invasores a Ceuta justo el día que Sánchez planeaba comenzar tan fantásticas vacaciones estivales.
La ministra de Defensa, Margarita Robles, que tiene unas tragaderas más grandes que un túnel del metro y es sumisa como una geisha ante el Saunas, pero no suele mentir, dice que nuestros servicios de inteligencia conocían y advirtieron de lo que iba a pasar. Marlaska, ministro del Interior, responsable de no haber hecho nada para impedirlo, lo desmiente. Pero Marlaska miente más que parpadea y, además, el sentido común está de parte de quien afirma que ni el peor servicio de inteligencia del mundo podría haber pasado por alto que, en la única frontera que debe proteger, se han reunido de repente más de 100.000 invasores. En cualquier caso, Sánchez hizo como si no supiera nada para poder irse de vacaciones.
Sánchez, no, pero nuestra Constitución sí que prevé que más de 100.000 invasores asalten nuestra frontera, «alterando gravemente el orden público» y «poniendo en riesgo nuestra independencia y la integridad territorial de España», hasta el punto de que «el ejercicio de las potestades ordinarias sea insuficiente para restablecerlo y mantenerlo». Para estos casos, que coinciden exactamente con lo ocurrido en Ceuta justo antes de que Sánchez se fuera de vacaciones, están dispuestos el estado de excepción, en el que la autoridad sigue siendo civil; y el de sitio, donde la autoridad la pueden asumir los mandos militares; ambos permiten que sean «expulsados de España» los extranjeros «que actuaren en connivencia con los perturbadores del orden público».
Pero la declaración de un estado de excepción o de sitio en Ceuta habría impedido que el Saunas disfrutase de sus largas y lujosas vacaciones, así que dijo como nuestro fraile: «Para lo que me queda en el convento…» y se lo hizo en los ceutíes.