Inquietos, ansiosos, pero optimistas

Inquietos, ansiosos, pero optimistas

Un cierto optimismo. El conocimiento –de antemano– de las últimas encuestas, con el ascenso insólito del PSOE de Pedro Sánchez, ha producido revuelo indudable en el equipo de campaña de Pablo Casado. Estos sondeos no son la basura tóxica de José Félix Tezanos y su CIS de opereta bufa, son una señal de alarma que truena en los pronósticos del partido. Sin embargo, bien medida la preocupación, se puede otear un cierto optimismo. Las muestras más solventes que curiosamente tienen el mismo trabajo de autor: Narciso Michavilla y su GAD3, prevén que casi un tercio del próximo Congreso de los Diputados se disputará en provincias de menos de seis escaños y anticipan que el 30% del electorado confiesa que de aquí al 28 de abril puede cambiar su voto.  O sea, se trata de unas elecciones al borde de un ataque de nervios. La Ley D´Hont, que se parió para que los pequeños partidos no se comieran un saci, guarda en esta ocasión un susto; a saber, que la proporcionalidad hinche desmesuradamente la bolsa socialista. A Casado le han informado los numerosos sabihondos que pululan como buitres para cazar presa y dinero, de que hay en el alero no menos de 40 escaños, un contingente que inclinará la balanza electoral o a Sánchez y su compañía de mariachis independendistas, soviéticos y etarras, o a un tripartito a la andaluza. O quizá a una tercera opción, el binomio Sánchez-Rivera que empieza a alumbrarse a pesar del desmentido inicial del líder de Ciudadanos. Es esta una posibilidad que nadie descarta porque el “Partido de los retales”, como se llama a Ciudadanos por su voracidad con el transfuguismo marginal, es menos estable en sus alianzas que un tsunami en la antigua Indochina. Los “retales” ya filtran que a lo mejor, si llega el caso, pueden pactar en Madrid con el tedioso Gabilondo o con el pobre Pepu Hernández al que Sánchez le ha metido en camisa de once varas. Pactar con Rivera tiene más riesgos que salir de aventuras con Jesús Calleja. Sabes si vas pero no sabes si vuelves.

El PP es consciente de las inconstancias de ‘la veleta naranja’ y por tanto está muy atento a los movimientos de Rivera y su pléyade de fichajes en el mercado negro de la política. Esta es una de sus obsesiones, otra, muy problemática de abordar así mismo, es como zanjar la estrategia de comunicación que el gurucillo Redondo –“el más amoral de todos nosotros”, me dice un reputado demóscopo– está desarrollando en las televisiones afectas, sobre todo en la Española en la que un día tras otro, se vende miserablemente la imagen de VOX como una ultraderecha feroz, es decir, como un remedo del franquismo más abyecto. A Redondo y a sus monagos a sueldo les importa una higa la entraña ideológica de los vocingleros, les trae al cuarto, pero creen, y así lo tienen estructurado, que cuanto más fuerte sea la piel radical de Santiago Abascal, más adeptos puede captar entre los antiguos votantes del PP que aún consideran a Casado un político “muy blandito”. Para el menester han puesto a la televisión gubernamental de horcajadas ante Sánchez y el comisario político Redondo. La estrategia es sabida: es la misma que desarrollaron Soraya Sáenz de Santamaría y Pedro Arriola, con el auxilio inapreciable del director de los espías españoles, Sanz Roldán, inventándose literalmente a Podemos para hincharle las pelotas al PSOE y dejarle en cueros por la izquierda. Se trató entonces de crear un partido para destrozar otro. El ingenio produjo resultados y ahora lo copia, con mayor desvergüenza la utiliza el citado gurucillo, que no repara en gastos, ni en vetos como si España fuera ya suya.

Así las cosas a Abascal no le encoleriza que le puedan dejar para vestir santos en un hipotético debate prelectoral; la campaña ya se la están haciendo los chicos de Sánchez. Y por cierto y hablando de debates: Casado ya ha escuchado a sus sociólogos de cabecera que la mejor baza para derrotar a Sánchez sería un cara a cara televisivo, pero no hay noticia alguna de que los piratas de la Moncloa vayan aceptar tal reto, ellos se mueven mejor depositando en la boca de sus aliados los más bordes insultos que un candidato como Casado pueda soportar: fascista, machista, carca y ‘aznarito’, una calificación que, fíjense por dónde, le viene de perillas al candidato popular. El PP cree, incluso demasiado, en el goteo de propuestas que, a imitación de lo que hizo Rajoy cuando fue jefe de campaña en el 2000, ya ha empezado a presentar. Algunas atractivas desde luego como una reforma brutal –este es el término adecuado– de la fiscalidad para terminar de una vez para siempre con la letal herencia recibida de Cristóbal Montoro al que, según noticias fidedignas del cronista, le van a hacer una pedorreta en las listas electorales del PP. Es decir, lo que se merece: nadie ha hecho más para que los profesionales, empresarios y empleados de diversa condición, hayan abjurado del PP.

Bien marchado sea el señor. Otras propuestas como el cambio en la anquilosada Administración española, o el meneo sanitario que debe incluir, por fin, la libre elección de médico y hospital, será bien recibidas, pero las ofertas no cotizan en la puja electoral, sobre todo cuando desde el poder se ataca la cartera de los españoles con decretazos oportunistas. Casado es el mejor candidato posible para la derecha; falta que la derechorra de siempre caiga en esa cuenta. En el otro lado del ring está Sánchez y su anunciada eutanasia que le puede llevar a usted, feliz viejecito, al pijama de madera. Así que piénseselo con su papeleta.

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