Los impuestos menos dolorosos

Los impuestos menos dolorosos

Entre los países de la zona euro, Irlanda es el que tiene una menor presión fiscal en 2016, en concreto del 23,8% sobre su Producto Interior Bruto, considerando su recaudación por impuestos y cotizaciones sociales. En contraposición con Francia, cuyo ratio de ingresos fiscales/PIB, es del 47,6%, la diferencia resulta casi abismal. Desde las instancias europeas, y también desde las españolas, repetidamente se insiste en el objetivo de la presión fiscal y en mejorar, o sea, aumentar, el ratio entre los ingresos fiscales y el PIB. ¡Cuántas veces escuchamos que nuestra presión fiscal, sobre el papel y en teoría, es solo del 34,1% a diferencia de los países de nuestro entorno en los que fácilmente se supera el 40%! Países estos como la misma Francia, Bélgica, Finlandia, Italia, Austria, incluso Grecia, y Alemania. Y se machaca con esa manida referencia para insinuar, o justificar, subidas de impuestos.

El problema de los impuestos y de que por parte de nuestros gobernantes, en España y en cualquier otro país, se pretendan subir no arranca exclusivamente de la estructura fiscal ni tiene por qué ser un efecto meramente comparativo. Los impuestos propenden a aumentar fundamentalmente a causa de la elevada cuantía del gasto público y de su imparable tendencia a dispararse, máxime en el marco de un Estado de Bienestar como el que ha diseñado nuestra Europa. La descompensación entre lo que recauda el Estado y lo que gasta, desencadena esas políticas fiscales que únicamente se concentran en subidas impositivas en pos de cuadrar el déficit, de reducirlo o, en un caso más bien remoto y del todo utópico, de reconvertirlo en superávit.

Por consiguiente, el origen del descosido arranca del volumen de gasto público, de sus cifras desproporcionadas respecto a lo que realmente un Estado cabal pudiera desembolsar. Como decimos corrientemente, gastar más de lo que se ingresa es vivir por encima de nuestras posibilidades. Y los Estados actuales, en un buen número, así lo hacen… Empezaba hablando de Irlanda y la comparaba con Francia. Irlanda tiene una presión fiscal, decía, del 23,8%, y sin embargo su déficit público en 2016 fue de 1.907 millones de euros, equivalente al 0,7% de su Producto Interior Bruto. Su gasto público es del 27,1% sobre el PIB. En 2013, Irlanda tuvo un déficit de 11.000 millones de euros, 6,1% de su PIB, con una estructura de gastos equivalente al 40,2% del mismo. De entonces acá, Irlanda, bajo el control del FMI y de la Comisión Europea, con sus cuentas intervenidas a consecuencia del rescate, puso en marcha un fructífero plan de austeridad. El gasto público en 2014 se rebajaba al 37,5% del PIB, en 2015 caía al 28,8% y en 2016 se consigue contraerlo al 27,1%.

Este ligero peso del gasto público es determinante para rebajar la presión fiscal que en 2013 se situaba en el 34,1% del PIB, en 2014 en el 33,9%, descendiendo al 26,9% en 2015 para culminar en 2016 con el 23,8%. Ahora, veamos cómo es su estructura fiscal. En materia de IVA es el país de la zona euro que menos recauda: 4,7%. En España, el IVA representa el 6,4% de nuestro PIB. En Irlanda, la recaudación por el Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas supone el 7,5% del PIB; en España, con mucha normativa, tipos estatales y autonómicos, baile de rendimientos y concierto teórico de bonificaciones, el 7,3%.

Impuesto de Sociedades

Por Impuesto sobre Sociedades —que es donde se concentran todas las críticas habidas y por haber contra los irlandeses por su benevolencia fiscal que les ha servido para atraer a las grandes multinacionales norteamericanas, y de otros países, y en Dublín es donde guardan buena parte de su tesorería que se eleva a 2,5 billones de dólares que está fuera de Estados Unidos, generando una robusta industria auxiliar y haciendo de Irlanda la sede de trabajadores cualificados y con buenas remuneraciones—, Irlanda ingresa el 2,7% de su PIB; en España, pese a tanta regulación y exigencias tributarias, cambios de última hora e incremento de la carga tributaria tanto a grandes empresas y a PYMES, solo se ingresa el 2,3%.

Distinto es el apartado de cotizaciones sociales en el que Irlanda recauda el 4,4% del PIB mientras en España el 12,2%. E igualmente, la rúbrica de impuestos especiales por la que los irlandeses ingresan el 4% de su PIB y nosotros el 5,4%. Una presión fiscal en España del 34,1% versus el 23,8% de Irlanda. Diferencia en términos absolutos muy acusada, pero a poco que se ahonda en lo que sería la comparabilidad de las fuentes de ingresos tributarios, igual resulta que los números de Irlanda se imponen a los de España. Con todo, el quid de la cuestión, el meollo nuclear del asunto, la condescendencia impositiva, no estriba en los bajos impuestos irlandeses y nuestros elevados tipos de gravamen, ni en esa opresión fiscal a la que vivimos sometidos. ¡No, en absoluto! La templanza de las finanzas públicas, el buen quehacer de los gobernantes, el equilibrio de las cuentas del Estado reside en gastar de acuerdo con las posibilidades reales de uno. Ni más ni menos…

Estilo irlandés

Permítame que a cuento de lo dicho le explique una pequeña anécdota que tiempo atrás me sucedió con motivo de mi intervención en un congreso europeo que, primero, reunía la cúpula directiva de las organizaciones convocantes en Dublín para, después, desplazarnos a un enclave maravilloso situado en el norte de Irlanda. Tras la última jornada, como suele ser costumbre, el colofón lo pone la cena de gala. En la mesa había distintos representantes de instituciones y organizaciones europeas. Coincidí con un irlandés muy simpático, de trato afable, tono amigable y fluida conversación que combinábamos entre mi rudimentario inglés y su aceptable castellano. Mi mujer compartía animosa charla con la esposa de mi vecino.

Al despedirnos, mi interlocutor y su esposa salieron del hotel donde se celebró la cena, él con la llave del coche en la mano, ella con su bolso, ambos bien abrigados, y se dirigieron a su automóvil. Con naturalidad, el abrió la puerta, subió al coche, su mujer hizo lo propio y con la mano alzada nos despedíamos. Justo cuando el coche arrancó, un enjambre de participantes en la cena me rodeó simpáticamente. Uno tras otro, me cuestionaban: ¿sabes quién es tu colega de mesa con el que has departido durante toda la cena? Yo, la verdad, no había caído en el detalle de preguntarle dónde trabajaba porque la conversación dio tanto de sí como para no entrar en lo que consideré un detalle banal.

Él era el comisario europeo de Irlanda. Se fue como llegó: acompañado de su esposa y sin ningún despliegue protegiéndolo.  Ni chófer ni escoltas ni seguridad por acá y por allá. Se desplazó en su propio vehículo, sin necesidad de usar coche oficial. Exactamente igual que aquí. Pues, más o menos, sí. Aquí, en España, el gasto público asciende al 42,2% del nuestro y en Irlanda al 27,1%. Acaso sea un problema de coches oficiales… Por cierto, se me olvidó preguntarle si la gasolina de su utilitario la pagaba él de su bolsillo o el Estado con cargo a gastos de representación.

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