Hernán Cortés, conquistador del Imperio mexica

Hernán Cortés, conquistador del Imperio mexica

Hijo de Martín Cortés y de Catalina Pizarro Altamirano, Hernán Cortés nació en Medellín en 1485. Durante su juventud estudió durante dos años en Salamanca, ciudad en la que obtuvo una formación en leyes que le fue muy útil durante toda su vida. Sin terminar sus estudios, regresó al seno familiar, donde permaneció poco tiempo. Pronto dejó el ambiente familiar para dar el salto al Nuevo Mundo. En el Caribe hizo valer sus habilidades y observó de qué modo se desenvolvían los hombres ávidos de fortuna y fama, mientras acrecentaba su hacienda esperando su momento.

Hombre de prestigio, Cortés llamó la atención de Diego Velázquez, Gobernador de Cuba, que le confió una expedición con la que trataba de reponerse de los reveses sufridos por Francisco Hernández de Córdoba y Juan de Grijalva. De Cuba salieron alrededor de quinientos cincuenta soldados, entre ellos treinta y dos ballesteros y trece escopeteros. Al ejército han de sumarse doscientos indios y algunos esclavos negros, junto a cierto número de indias de servicio. A bordo de los navíos viajaron diez cañones de bronce, cuatro falconetes y dieciséis caballos. En aquel contingente se había incorporado un importante número de participantes en las dos expediciones, hombres descontentos que en las playas de Veracruz dieron a Cortés el respaldo para fundar un cabildo y enviar desde allí, documentos y joyas al rey Carlos I. La ruptura con Cuba se había consumado, para dar comienzo a la incursión en el imperio dominado por Moctezuma, cuyos emisarios tomaron contacto con los barbudos de inmediato.

En el litoral se produjo la primera batalla, la de Centla, en la que algunos creyeron ver al apóstol Santiago combatiendo del lado cristiano. También allí, Cortés mandó barrenar y desmantelar la mayor parte de su flota para impedir que pudiera hacerlo la facción que quería regresar a Cuba. Con el paso del tiempo, a aquella trascendental decisión se le añadieron las llamas que completan la imagen mítica de Cortés quemando sus naves. Desde la costa, los españoles penetraron y comenzaron a establecer alianzas con los pueblos tributarios de Tenochtitlan. La primera de ellas se hizo con Cempoala, sin embargo, la decisiva fue la que sellaron con los mayores enemigos de los mexicas, los tlaxcaltecas, principales aliados de los españoles durante la conquista. Mientras todo esto ocurría, Moctezuma alternaba ofrendas con las que trataba de disuadir a aquellos hombres de entrar en su ciudad, con estrategias bélicas.

En la ciudad sagrada de Cholula, el Emperador había previsto acabar con los españoles. Cortés, viendo las señales de una posible emboscada, se adelantó e hizo un baño de sangre entre la nobleza cholulteca. La conmoción de aquella matanza allanó el camino de los castellanos, que cruzaron entre volcanes y se dirigieron a la capital del imperio, donde fueron recibidos fastuosamente. La ciudad lacustre de Tenochtitlan les impresionó hondamente. Era tan bella como peligrosa, pues la isla, dentro de un lago comunicado por calzadas interrumpidas por puentes levadizos, permitía dejar aislados a sus visitantes. Temerosos de ello, los españoles secuestraron a Moctezuma, que ya había atacado a los blancos en su retaguardia.

Durante meses, Cortés y Moctezuma convivieron dentro del palacio de Axayácatl. Sin embargo, aquella calma quedó rota con la llegada a la costa de los hombres de Velázquez, encabezados por Pánfilo de Narváez. Aquellos españoles, pronto establecieron pactos con Moctezuma, que seguía conservando mucho de su poder. Era preciso neutralizar a aquellos españoles que amenazaban lo logrado hasta ese momento, por lo que Cortés abandonó la ciudad dejando en ella a Pedro de Alvarado. La victoria cayó con facilidad del lado del extremeño, que usó de toda su astucia para desactivar a Narváez. Con muchos de los soldados de este incorporados a su tropa, Cortés no tuvo tiempo para paladear su victoria, pues en la capital, Alvarado, temiendo un ataque, había masacrado a la nobleza mexica. A partir de entonces, la calma abandonó a los españoles, que se vieron asediados en su palacio. De nada sirvió hacer salir a Moctezuma a la azotea para amansar a sus súbditos. El Emperador, que había perdido su poder, fue abatido de una pedrada.

Muerto Moctezuma, Cortés dispuso la huida de la ciudad, que se produjo durante la que pasó a la Historia como la Noche Triste. En ella, gran parte del ejército español y de los aliados tlaxcaltecas murieron en los pasos de la calzada de Tacuba a manos de los mexicas. Golpeados por aquel revés, los españoles fueron capaces de vencer en la batalla de Otumba y de regresar a Tlaxcala, donde fueron atendidos. Un factor añadido, una epidemia para la que los naturales no tenían defensas, comenzó a propagarse. En Tlaxcala, Cortés diseñó un contragolpe anfibio. Allí dio orden de confeccionar unos bergantines que debían navegar por la laguna en apoyo de la infantería y la caballería. Así se hizo. Bajo las órdenes de Martín López se cortó la madera y se elaboraron las piezas que, a hombros de los indios, se llevaron a la orilla del lago Texcoco donde se armaron los bergantines.

La ofensiva final sobre Tenochtitlan combinó las acciones en las calzadas con el apoyo de aquellos barcos para los que las canoas no eran rival. Poco a poco, el ejército español, aumentado por un creciente número de aliados, fue encerrando a los bravos mexicas, que fueron capaces de hacer mucho daño antes de su rendición causada en gran medida por el desabastecimiento y las enfermedades. El 13 de agosto de 1521, después de más de dos meses de asedio en los que la ciudad quedó arrasada, el último emperador, Cuauhtémoc, fue apresado mientras trataba de huir a bordo de una canoa.

 

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