La España del recambio

La España del recambio

Hubo un tiempo en el que la sana alternancia política suponía el crecimiento de la raigambre democrática de una nación. Hoy, la podredumbre del sistema bipartidista ha convertido esa alternancia en una mera sucesión de intereses conjuntos. Los siete años del PP en el Gobierno protagonizaron una agenda socialdemócrata consistente en subir impuestos sin reducir el gasto público, aumentar las corruptelas en las diferentes administraciones y entregar España a los enjuagues nacionalistas. Rajoy y Soraya aseguraron al PSOE la continuidad que éste merecía y necesitaba, a costa del bienestar del conjunto de los españoles. Pero el PSOE, que conserva de la izquierda pura su dominio de la propaganda, articula cada día desde el Ministerio de la Ocurrencia la foto de rigor para vender lo que no hace y presumir de aquello que carece: rigor, verdad y sobre todo proyecto. Sucede cuando llegas a trompicones a un Gobierno para el que no estás preparado.

Un Gobierno puesto en bandeja por los enemigos de España con la connivencia de quien debería haber sido su guardián aquel fatídico 1 de junio: el bolso de Soraya. Desde entonces, el PSOE, con máscara pero sin caretas, viene demostrando que aquella moción de censura no fue contra la corrupción, sino para cambiar de corruptos. No fue para limpiar la democracia, sino para mutar el hollín que la ensucia. No vinieron a darle color a una España en blanco y negro, sino para resucitar los peores instintos y fantasmas de un pasado que el PSOE necesita para alterar a su tropa, hambrienta tras años de escasez ideológica. El Gobierno fotopolítico de Sánchez sabe que las deudas se pagan con deuda, y por ello acude a los españoles en forma de impuestos para decirles, con el pétreo rostro que sólo un mentiroso compulsivo posee, que “así se refuerza el Estado del Bienestar”. Misma estrategia que usó el PP en 2011 cuando engañó a los ciudadanos prometiéndoles una bajada de impuestos.

Mientras, las prebendas al nacionalismo no dejaban de aumentar. El “honesto” Sánchez sigue en la misma senda. Quitarnos a todos para darle a algunos —como hacía el PP—. Sus leales del PSOE colocados en las principales empresas públicas —como hacía el PP—, sus amigos y los amigos de sus amigos colocados en puestos de relevancia con sueldos descollantes —como hacía el PP—. Sus aliados de Podemos y separatistas con vía libre para seguir delinquiendo o asaltando los cielos de la tele pública —como hacía el PP—. Y así hasta el final. Confunden un estado de propietarios con la peligrosa consideración de que el Estado es de su propiedad. Pero no es el Estado lo que les importa, sino mantenerse en los estados de poder. Una vez ocupadas las instituciones públicas, el desalojo, incluso mediante las urnas, será más complejo. Lo hicieron con RTVE, bajo control socialista desde los años 80, lo hacen con empresas como Correos, Red Eléctrica o Paradores Nacionales.

Lo hacen con el Banco de España y la CNMV, con el CIS o la OCDE. La familia socialista y popular siempre acaban siendo recompensadas por el líder. Antes los amigos que el mérito. Esa es la España de hoy, cuyo cortijo —antes patio— de Monipodio lleva repartiéndose sin escrúpulos este bipartidismo que, ya no es que dé síntomas de agotamiento, sino que muestra un claro desfallecimiento con parada cardiorrespiratoria. El Leviatán de PSOE y PP es un monstruo que amenaza las libertades de todos los ciudadanos, que excluye la necesaria igualdad de oportunidades y que frena la saludable meritocracia. Ambos partidos ya no esconden que quieren ser lo mismo. En el fondo y en las formas. El cambalache parlamentario, digno de función circense, muta en acuerdos de Estado para protegerse mutuamente, para que sus privilegios de aforados se mantengan, para que sus prebendas nunca cesen. No hay agenda del cambio que valga. Eso es una pantomima. Porque lo único que les interesa, lo que siempre les ha convenido, es la España del recambio. Alternancia, pero nunca alternativa.

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