Covid y sexo: ¿prohibirán también «el tinder»?

Covid y sexo: ¿prohibirán también «el tinder»?
  • Diego Vigil de Quiñones Otero

Me dice un fiel lector que últimamente ha presenciado varios debates en su entorno relativos a si se deberían prohibir las aplicaciones «de ligoteo» para evitar el contacto social. Los partidarios de la prohibición señalan que sería lo coherente con el resto de limitaciones que padecemos. Los detractores alegan que el contacto de ese tipo es inevitable e imprescindible. Ante esos debates, me pregunta mi lector ¿suprimirán también ‘el tinder’?

Para hallar una respuesta fiable, basta ver cómo vienen tratando nuestras autoridades sanitarias la otra gran pandemia contemporánea, el sida, una enfermedad que depende más del específico contacto que favorecen las ‘aplicaciones de ligoteo’ que el Covid 19. Al respecto hay que partir de que, según una parte no menor de la ciencia, el mejor camino para combatir el sida es observar una triple vía conocida como ABC (Abstinence, Be faithful, use a Condom): 1º promover la abstinencia de relaciones sexuales (retrasando la edad de comienzo, reduciendo la promiscuidad etc), 2º promover la fidelidad, de modo que se limiten las relaciones con ‘no convivientes’ (que solemos decir ahora) y 3º promover el uso de los preservativos. El ABC del sida sería entonces parecido al del Covid en estrategia, salvando las diferencias entre ambas enfermedades: evitar contactos, reducirse a los convivientes y protegerse con un instrumento (mascarillas y EPI en el caso de la Covid).

Pues bien, nuestras autoridades sanitarias han considerado desde siempre que para el sida basta con los preservativos. Algo así como si para el Covid dijeran que basta con la mascarilla. Y así, hemos asistido a campañas que favorecían el sexo en edades tempranas, a la vez que no se ha hecho nada efectivo contra la prostitución y la pornografía. ¿Por qué? Porque uno de los fundamentos políticos del presente es la liberación sexual, la civilización «no represiva» sugerida por Marcuse (‘Eros y civilización’), o los «derechos de bragueta» (que diría de Prada). Y, sentado ese fundamento, cualquier forma de represión será siempre mal vista. Y si por delante hay que llevarse varias vidas, se pasará por ello con la misma facilidad que se desarrolla la eutanasia o se han realizado más de dos millones de abortos legales en los últimos años en la España del régimen del 78.

Atendiendo a estos principios fundamentales de nuestra cultura política, puedo responder al lector que no veo previsible que vayan a suprimir ‘el tinder’ y demás instrumentos análogos. Y no tanto porque los políticos sean una casta malvada que nos quiere convertir a todos en unos seres viciosos al servicio de nuestros instintos, sino porque no se atreven a contradecir esos instintos por los efectos electorales que podría tener.

Ahora bien, cuando uno constata los efectos que pueden tener ‘el tinder’ y demás aplicaciones similares sobre el Covid o el sida, no puede menos que preguntarse si vamos por el buen camino como sociedad. ¿Es razonable aceptar el toque de queda, la eliminación de la plaza pública como espacio de interrelación, la supresión del culto o la dignidad de morir acompañado; y no aceptar que supriman ‘el tinder’? La respuesta dependerá de la importancia que se le dé al intercambio sexual sobre los otros intercambios. Pero realmente es una pregunta que hay que hacerse, y es un reto ver si deberíamos plantearnos o no las consecuencias sanitarias de la civilización «no represiva» en la que vivimos instalados.

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