Copérnico

Copérnico

Vaya por delante que no conozco personalmente a Álvaro Ojeda. Ni lo conozco, ni tengo nada en común con él, salvo compartir opiniones libres en este espacio digital y beber los vientos por el Real Madrid. En mi repaso diario a la prensa —mientras haya un lector que resista, no habrá algoritmo que mate al papel— observo que no hay publicación en España que no hable del lapsus que el conocido youtuber mostró en su cobertura de la cabalgata de Reyes Magos por las calles de Madrid.

Ojeda es pasto de esa progresía inquisidora (hiprogresía) que no le perdona que en la cabalgata laica de Carmena, trasunto malo de una festividad despreciada en silencio, confundiera el ropaje de un figurante vestido de Copérnico con el atuendo y peluca habitual que representa a Cristóbal Colón. El error se hace estigma cuando se utiliza como moneda para ajustar cuitas ideológicas y cuentas mediáticas. Esconder la realidad y desnudarla de contenido exige disciplina en la mofa, cohesión en la ridiculización del otro y, sobre todo, persistencia en el machaque. Las SS digitales son aún más siniestras que las de carne y hueso. Te matan sin conocerte, te hunden porque huelen la sangre. Atizan sin perdón porque vale más un trending topic que cualquier respeto a la persona. Las hienas se definen sobre todo cuando ríen en masa.

Y todo por una confusión. Quizá si la cabalgata no fueran un canto progre multicultural, y sí la representación navideña que simboliza los sueños de millones de infantes inocentes, nos ahorraríamos hablar ahora de estas cuestiones. Robar la Navidad es el delito moral más condenable que existe, porque pervierte la esencia escondida detrás de unas fechas manchadas de consumismo: familia, amor, solidaridad, reencuentros. Conceptos unidos a unos valores que son los que muchos pretenden destrozar. La posmodernidad es otra pose estética de quienes creen que la política es una suma de decisiones populares y no una entente de permanente diálogo. Han venido a cambiar lo que sus prejuicios no admiten, sin más moral que su odio de clase eterno.

El populismo ha conseguido, en esa deriva transversal, convertir el rechazo a todo lo que le precede en una especie de nihilismo de élite, un summum de la nada que todo lo pervierte y a muchos encanta, un ‘nihilitismo’ social que mola porque va a contracorriente. Ha conseguido que hablemos de matrículas pares e impares cuando la suciedad en Madrid no se huele, se pisa. El debate de la contaminación, con esa boina que de tanto ensanchar ha mutado en pamela de las que lucen ciertas señoronas de Serrano en primavera, entretiene a la plebe en su carnaval de miserias. El verdadero desahucio es sentirte sucio en la ciudad en la que vives, mientras pagas sin rechistar el impuesto de limpieza.

Madrid se atasca en falsos debates de contubernio contra la alcaldesa cuando la realidad desmonta la estrategia municipal de marketing revolucionario. Copérnico, el astrónomo, es hoy objeto de abuso por quienes seguramente confundan su nombre con una marca de ginebra. Lo de menos es el error de Ojeda. Lo importante es seguir alimentando al ciudadano de las sobras que ofrece la política. No importará que Carmena diga que no han aprobado los presupuestos “porque se nos ha echado el tiempo encima” o que la mierda en las calles se debe “a la desidia de los vecinos”. Seguiremos creyendo que el cambio es felicidad sin ver que, detrás de cada cabalgata, no hay más que un replanteamiento de nuestros modos de vida. La suciedad —que no sociedad— se mide según el tamaño de nuestra ceguera. No sabemos cuál se mueve más en Madrid, si la moral o la física. Eppur si muove, que diría el heliocéntrico Galileo.

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