El berrinche de las feas

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  • Clara Zamora

En el utópico mundo de justicia social que está inventando Irene Montero para dar sentido a su ministerio, las ridiculeces llegan ya a cotas tan cómicas como alarmantes. La última investigación que ha hecho pública la pandilla de estrafalarias que forman su corte es que ser una hembra guapa va contra la libertad de la mujer. La idea que hay detrás de esta última fábula es «si vas de fea y además lo acentúas, eres libre». Según esta tesis, ser una mujer libre es tener aspecto de hembra machona y descuidada, si es posible pasada de kilos, con mochilona a la espalda y mirada de víctima perjudicadísima por el sistema.

Para demostrar que trabajan en algo «útil», su última «investigación» se centra en las series de televisión española, cuyas protagonistas «son demasiado guapas y esbeltas». De nuevo, confusión tras confusión. Se trata de ocio, de entretenimiento, de economía. Seguramente, se les habrá pasado por alto que la misión de estos productos audiovisuales es gustar y provocar una evasión efímera en los consumidores que las disfrutan desde sus casas. Hacer soñar es parte importante de estas transmisiones. La duda profunda, sin embargo, es si los actores también deben aparecer más estropajosos, o bien ellos pueden tener una imagen cuidada y agradable para constatar que son más débiles que las mujeres. El eterno objetivo de este ministerio de locas. Hasta me duele escribir tanta estupidez.

La demencia de estos mensajes puede ser catastrófica para la actual hornada de jóvenes con poca cultura que valore sus sandeces. No hay manera de que esta oportunista y su séquito entiendan que la verdad que intentan inculcar va contra la propia naturaleza. Por más que quieran, hombres y mujeres no son iguales: la natural y esencial diferencia de los sexos. Esto no tiene posibilidad de modificación alguna. Existe una naturaleza masculina y otra femenina. Es la cultura la que hace notar si las cualidades distintivas de cada género son o no favorables. La diferencia biológica es sólo el primer paso, al que siguen una cadena de diferencias naturales, extendidas a todos los niveles de la subjetividad. Los problemas que este ministerio fraude está poniendo sobre el tapete para sobrevivir no son asuntos que atañan a estos conceptos expuestos, aunque insistan una y otra vez sobre ellos. Los asuntos que abordan son únicamente cuestiones morales, que son tan discutibles como seres hay en el planeta. Deberían empezar a entender la diferencia entre todas estas nociones.

Sin saber muy bien lo que hacen las pobrecitas mías, con la cajera como piloto, denuncian la concepción de la mujer como objeto del hombre. Una mujer que se reafirma en sus roles clásicos de esposa y madre, que disfruta de su feminidad, que cuida sus formas, costumbres y aspecto, que se siente integrada y valorada por todo ello es precisamente el modelo de mujer que odian, detestan y quieren derribar. La guerra de estas tristes hembras es contra ellas mismas. Se desprende de sus propuestas que se aborrecen por feas, manipulables, imposibles de piropear se las mire por donde se las mire, porque nadie sembró en ellas valores razonables que den sentido a sus vidas, porque se consuelan en ese odio tan inmenso que sienten por las estructuras clásicas de la sociedad. Seguramente, ni ellas mismas lo saben.

Lo más grave de toda esta historia es que Irene Montero, la falsa cabecilla, jalea a este equipo de almas dañadas, mientras ella tiene una vida completamente opuesta a lo que defiende. Ni tan fea la tal ministra, ni tan desaliñada (no podemos pasar por alto el último posado en una revista del corazón, con esos tonos discretos, cada vez más aburguesada toda ella), sus tres hijos con el mismo hombre, su manera de presumir de su gusto por estar en su hogar con su familia. Pero vamos a ver, ¿no era sola y borracha como quería estar en casa?

Esta ministra es el fraude por antonomasia. Su actitud es la de reivindicar los derechos de las mujeres, desvelando un ridículo discurso sobre el que está construyendo una ideología que puede ser muy dañina para muchas jóvenes poco formadas, con una crítica continua a cuestiones propias de la naturaleza humana, mientras ella vive una vida completamente distinta a este estrafalario ideario, mandando a sus tatas, adorando a sus moñas y posando lo más bella posible para la posteridad. El problema no es de ella, que lo único que tiene es muy poca vergüenza, el problema es de toda España que traga y traga, y pasa por todo sin hacer absolutamente nada. Frente al mundo yermo que venden estas mujeres de la ministra Montero, sólo me queda decir: ¡Vivan las mujeres que van de guapas! (sin complejos).

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