Baile de barreras en Ormuz
La guerra en Oriente Próximo no se vive a golpe de telediario, sino en sucesión de tuits. Quien consiga desconectarse tres horas del teléfono, puede haberse perdido una serie de declaraciones de Donald Trump o de los iraníes que hayan cambiado la campaña o la hayan dejado, al final, igual que antes.
Estados Unidos e Irán siguen negociando en Pakistán. Quienes tienen información inalcanzable para los demás apuestan por la conclusión de la guerra en unos pocos días, o semanas, como mucho. Y ahí están los nuevos máximos de las bolsas y la caída de la cotización del crudo.
El 17 de abril, Trump anunció que el estrecho de Ormuz estaba abierto a la navegación y que Teherán renunciaba completamente a su programa nuclear, aunque mantenía el bloqueo de los puertos iraníes como medida de presión, por lo que la República Islámica no podría exportar su petróleo. Añadió que había «prohibido» a Israel seguir bombardeando el Líbano, una medida cuya finalidad primera es ofrecer a Irán una pequeña victoria para justificar la aceptación del alto el fuego.
Ni 24 horas duró ese castillo de naipes. La Guardia Revolucionaria del régimen, un Estado dentro del Estado iraní, dijo que sometía el acuerdo a varias reglas. Los iraníes exigen que Estados Unidos libere el acceso a sus puertos (un indicio del daño que les hace la pérdida de los ingresos del petróleo) y ponen una serie de condiciones a los barcos que navegan por sus aguas, entre ellas un peaje. El domingo 19, Trump clamó, indignado, que los iraníes habían disparado contra un carguero de bandera británica, en violación del alto el fuego, y advirtió de la destrucción de «todas las centrales eléctricas» del país.
Mientras un bando baja la barrera y otro bando la sube, los petroleros de varios países asiáticos están esperando permisos y decisiones de sus armadores para atreverse a cruzar el Estrecho.
Otro factor que se suma al baile en Ormuz es la renovación de las sanciones de Estados Unidos al petróleo ruso. La Casa Blanca las suspendió a mediados de marzo, a fin de atenuar la escalada del precio, pero la suspensión no se ha prorrogado, por lo que el 19 de abril volvieron a aplicarse. Encima, los ataques de drones ucranianos contra las refinerías y las terminales de carga en Ust-Luga y Primorsk, han reducido hasta en un 40% la capacidad exportadora rusa por el mar Báltico.
El suministro de hidrocarburos a Asia y Europa, por tanto, no está ni reanudado ni asegurado. En cuanto estos hechos lleguen a los operadores financieros y de materias primas, quizás asistamos la próxima semana a una subida del petróleo y una caída de las bolsas, al contrario de lo vivido hace unos días.
Como ya contamos aquí, se mantiene la disputa por parte de dos potencias, Irán y Estados Unidos, del control de la navegación en un estrecho, que según la ley internacional debe estar abierto a todos los buques. Y encima éstas pretenden imponer peajes.
De ser ciertos los compromisos a los que los iraníes han accedido en Pakistán, tal como indicó Trump, apenas hay diferencias respecto al acuerdo apalabrado a finales de febrero entre los primeros enviados de Trump, Steve Witkoff y Jared Kushner, y los de Irán, salvo el libre tránsito de Ormuz. Además, el régimen islámico, a pesar de haber sido descabezado varias veces, conserva su unidad y su voluntad de resistencia.
¿Y para esto se libra una campaña militar que ha causado ya varios miles de muertos, acerca a la humanidad a una crisis económica… y ha enriquecido con especulación financiera a unos cuantos?
En comparación con la situación de febrero, hay dos diferencias. La primera consiste en que ahora, de acuerdo con el gobierno de Estados Unidos, el programa nuclear y las fuerzas de misiles han sido desbaratados por los bombardeos y los contraataques iraníes, que han reducido sus arsenales. La opinión israelí es menos optimista, una constante en todos sus informes y análisis.
La segunda diferencia, esta importantísima, es que China, después de perder Venezuela, se ha quedado sin Irán como suministrador de petróleo, al menos por un período de tiempo. En consecuencia, ha reforzado la cooperación con Rusia. El ministro de Asuntos Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, llegó el 14 de abril a Pekín para reunirse con Xi Jinping y acordar medidas contra EEUU, la superpotencia que en los últimos meses les está humillando, y el suministro de más energía.
Por cierto, Lavrov aterrizó en Pekín, mientras Pedro Sánchez continuaba en la capital china, pero no se vieron. A Sánchez, varado en el centro, no le quieren ni los occidentales ni los orientales.
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