12 de octubre: entre el orgullo y la vergüenza

12 de octubre: entre el orgullo y la vergüenza
Diego Buenosvinos

España vuelve a enfrentarse a una de esas encrucijadas en las que no solo se decide quién gobierna, sino qué país queremos ser. La Transición nació del convencimiento de que ninguna victoria política justificaba condenar al adversario a la derrota permanente; de que era posible construir una nación compartida sin exigir que todos pensaran igual.

Casi medio siglo después, aquel pacto parece resistir bajo la presión de una política cada vez más bronca, un país exhausto por la confrontación y una legislatura en la que el sanchismo ha convertido la supervivencia parlamentaria en el centro de gravedad de la vida pública. Las próximas elecciones volverán a poner a prueba algo más profundo que el reparto del poder: la capacidad de España para reconocerse a sí misma sin convertir cada diferencia en una guerra.

Este lunes, los Reyes presidirán el desfile de la Fiesta Nacional. Ya saben: el paso marcial de los militares, el rugido de los motores, los aviones surcando el cielo y la bandera ocupando, una vez más, el centro de la ceremonia. Sin embargo, da la sensación de que, desde el inicio de esta época sanchista, la enseña nacional regresa de un extraño destierro: ese al que parece condenada durante buena parte del año. Por un día, las plazas se llenan, la gente la contempla y la bandera se exhibe públicamente, como si necesitáramos recordar que está ahí. Después, todo vuelve a su sitio. Y la bandera, a su silencio, hasta el año que viene. Sin más.

La paradoja es formidable, amigos. España tiene una bandera constitucional, una fiesta nacional y una historia que no cabe en el argumentario de ningún partido. Sin embargo, todavía hay quien confunde el patriotismo con el franquismo, la unidad con el autoritarismo y la memoria con una obligación de pedir perdón por existir. Por otra parte, desde el extremo contrario, pretende que amar España exige cerrar los ojos ante sus episodios más oscuros. Ambos errores nacen de la misma tentación: convertir la historia en una propiedad privada.

El 12 de Octubre no nació ayer ni pertenece a ningún Gobierno. La conmemoración se impulsó en el cuarto centenario de la llegada de Cristóbal Colón a América, en 1892; se institucionalizó como Fiesta de la Raza en 1918 y adquirió después la denominación de Día de la Hispanidad.

En 1987, el Gobierno socialista de Felipe González aprobó la ley que estableció el 12 de octubre como Fiesta Nacional. No fue una concesión a la nostalgia imperial, sino el reconocimiento de una historia colectiva que debía trascender las diferencias políticas. Resulta irónico que una parte de la izquierda, heredera de aquella etapa en la que se contribuyó a normalizar los símbolos constitucionales, haya terminado mirando con recelo una bandera que también es suya. Pero claro, ¿quién es Pedro Sánchez?

Pero sigamos, porque este lunes la bandera de España volverá a lucir en todo el país. Una bandera que, por cierto, no pertenece a nadie en exclusiva, sino a todos. Y permítanme el juego de palabras: del mismo modo que la defensa de los trabajadores no es patrimonio exclusivo de la izquierda, por mucho que algunos hayan querido apropiársela, tampoco lo es la bandera. Últimamente, estos izquierdistas parecen querer adueñarse de todo: nos dicen cómo debemos colocarnos, qué hacer con la bandera y cómo entender el Estatuto de los Trabajadores, como si fuéramos idiotas. 

La Transición tampoco fue una obra perfecta. Hubo renuncias, silencios, miedo y demasiadas cuentas pendientes. Pero hubo algo que hoy parece escasear: dirigentes capaces de comprender que ganar una votación no equivale a tener derecho a reescribir el país a conveniencia. La Constitución de 1978 fue fruto de acuerdos entre fuerzas que venían de tradiciones enfrentadas. No se pidió a cada español que olvidara sus ideas, sino que aceptara unas reglas para convivir con quienes pensaban de otra manera.

El 12 de Octubre debería servir para algo más que contemplar un desfile, disfrutar de un día festivo o discutir sobre si hay motivos suficientes para celebrar. También debería invitarnos a pensar qué país queremos dejar a quienes vienen detrás. 

España fue imperio, fue dictadura, fue transición y ahora es democracia, pero una democracia que pende de un hilo por un gobierno sanchista que no ha ganado elecciones y vemos cómo quiere legislar de espaldas al pueblo, otra vez por la puerta de atrás. Sí, ya sé, se puede regular a través de la Diputación Permanente, pero esa pirueta no me interesa lo más mínimo, me asquea.

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