Hace 200 años lo plantaron como freno para la erosión de los ríos: pronto se convirtió en uno de los peores árboles invasores de EE.UU. por su agresividad y aún no se han librado de él
A veces se han plantado árboles para reforestar los bosques y el remedio ha sido peor que la enfermedad. En Estados Unidos (EE.UU.) lo saben bien por culpa del tamarisco.
Plantar un árbol para sujetar las orillas parecía una solución razonable frente a la erosión. Además, el tamarisco era perfecto para sobrevivir en condiciones difíciles y proteger los terrenos. El problema es que su expansión acabó descontrolándose.
Lo empezaron a introducir en EE.UU. en el siglo XIX, y creció libremente en riberas y humedales, gracias a su tolerancia a la sequía y a la humedad. Sin embargo, un estudio liderado por John F. Gaskin y Barbara A. Schaal confirmó que había híbridos entre los tamariscos, lo que cambiaba la situación por completo (y no para bien).
El tamarisco pasó de proteger las riberas a invadir los ríos de Estados Unidos
Hay árboles que acaban convirtiéndose en especies invasoras, pese a que se plantaron con la finalidad de proteger al bosque. Por ejemplo, el tamarisco ayudaba contra la erosión, proporcionaba sombra y hacía de barrera contra el viento.
En 1854 ya se vendían al menos tres especies en Estados Unidos con esas finalidades. Hacia 1870 se había observado su naturalización, mientras que una etapa importante de expansión llegó entre 1935 y 1955.
Hay que tener en cuenta que parte de su capacidad para establecerse procede de sus raíces profundas y de su resistencia a condiciones adversas. De hecho, los ejemplares adultos toleran el calor, el frío, las inundaciones y los terrenos salinos.
También puede multiplicarse vegetativamente, lo que le facilita mantenerse en lugares donde ya se ha instalado y complica la recuperación de la vegetación que ocupaba antes las riberas.
Y por si fuera poco la alteración del terreno también favoreció su avance, y de esto tenemos la culpa los humanos. Los desmontes, el sobrepastoreo y las modificaciones de los cursos de agua abrieron oportunidades para una planta capaz de soportar ambientes cada vez más secos.
Estudio científico encontró híbridos de tamariscos que invadieron EE.UU.
Ya en el año 2002 Gaskin y Schaal publicaron su estudio sobre la hibridación del tamarisco. En aquel trabajo describían una invasión que dominaba más de 600.000 hectáreas de riberas y humedales estadounidenses.
Para investigar su identidad y procedencia, analizaron una región del ADN de 269 ejemplares de las áreas nativas e invadidas. Gracias a ello detectaron 58 variantes genéticas, de las que sólo cuatro aparecían tanto en Estados Unidos como en Eurasia.
El resultado más significativo fue que la combinación más común en la invasión estadounidense correspondía a un híbrido de Tamarix chinensis y Tamarix ramosissima, dos especies difíciles de distinguir por su aspecto.
Es decir, el hallazgo mostró cómo introducir plantas de distintas procedencias puede generar nuevas combinaciones genéticas. Esos cruces lo cambiaron todo porque ampliaron la invasión, sin reducir toda la expansión a una única causa.
Por qué eliminar al tamarisco no acaba con el problema en las riberas estadounidenses
Hay que reconocer que las presas y los desvíos de agua también cambiaron las condiciones de competencia. Álamos y sauces necesitan crecidas que dejen sedimentos húmedos donde puedan germinar sus semillas; alterar ese ciclo dificulta su regeneración.
El tamarisco ha aprovechado esos ambientes transformados. Por eso, retirarlo no garantiza que vuelvan automáticamente las especies autóctonas: lo más probable es que otras plantas exóticas pueden ocupar el espacio disponible.
Aun así, desde 2001 se han empleado escarabajos del género Diorhabda como herramienta de control biológico. Estos insectos consumen su follaje y han reducido su cobertura en distintas zonas, aunque los resultados ambientales son desiguales.
Tampoco puede darse por hecho que eliminarlo permita recuperar grandes cantidades de agua. La realidad es que el consumo depende de las condiciones locales y de la vegetación que lo sustituya.