Lo que nos jugamos en las elecciones: Europa se está suicidando frente a EEUU y China


Llegamos por fin a unas elecciones europeas que se mueven entre el desinterés de la población (el Parlamento Europeo no sirve para casi nada, los que mandan son la Comisión y el Consejo), los mensajes de frenar a la «ultraderecha» y la clave nacional con el escándalo de Begoña Gómez como gran protagonista. Pero la realidad es que Europa se está suicidando con su exceso de regulación absurda mientras EEUU y China nos están comiendo claramente la merienda.
Los dos ejemplos más claros son la inteligencia artificial y el vehículo eléctrico. En el primer caso, los norteamericanos controlan por completo su desarrollo y aquí sólo nos preocupamos de regularla casi antes de que nazca. Un dato estremecedor: Nvidia, el fabricante líder de chips para la IA, vale más que toda la Bolsa alemana, donde cotiza la flor y nata de la industria europea.
En el segundo, los chinos están adelantando por la derecha -nunca mejor dicho- a las viajes marcas europeas con coches mucho más baratos y eficientes. Con el aplauso del papanatas que tenemos de presidente. Y hay más ejemplos, como el blockchain y las criptomonedas, mientras aquí seguimos mareando la perdiz con el euro digital.
La «transición ecológica»
Si hay algo que nos está haciendo daño a Europa es la «transición ecológica» o energética. Que está muy bien lo de cuidar el planeta y las energías limpias, pero hay que hacerlo de forma racional y no con el talibanismo climático de la actual Comisión. Sobre todo, si a cambio te pegas un tiro en el pie de tu industria.
Ustedes no son conscientes de hasta dónde llega la cosa. La Comisión ha aprobado una norma llamada CSRD, Directiva sobre información corporativa en materia de sostenibilidad. ¿No les suena? Pues les va a sonar, no les quepa duda. Esta norma va a obligar a las empresas de todos los tamaños, no sólo a las grandes, a informar de los impactos de la compañía en el entorno y del entorno en sus cuentas. Y ojo, hay que rellenar 1.721 data points, o sea, casilleros para entendernos. Cada año.
¿Qué implica eso? Pues, para empezar, un coste más que añadir a toda la panoplia de impuestos, tasas, cotizaciones y cumplimiento de miles de normas europeas, estatales, autonómicas y municipales que ya sufren nuestras empresas. Y no será un coste menor: Silvia Iranzo, consejera independiente de varias compañías relevantes, estimaba esta semana en un evento de KPMG un gasto medio de 1,2 millones de euros por empresa sin contar los sistemas de control y verificación (que también habrá que tenerlos).
Para las grandes, el importe se asemejará al que pagan por la auditoría, y para las pymes «el coste será proporcionalmente mayor respecto a su negocio porque va a tener que contratar y adquirir infraestructuras».
Pérdida de competitividad
Y no se trata sólo del coste. Agárrense: habrá que cambiar (otra vez) la gobernanza de las compañías, crear una nueva comisión de sostenibilidad en los consejos y un comité interno para lo mismo a nivel directivo, nombrar un nuevo chief sustainability officer -ya hemos perdido la cuenta de cuántos officer va a haber-, dar formación a la plantilla, ligar la retribución variable (el famoso bonus) a la sostenibilidad, hacer un análisis de materialidad, definir políticas en ese campo y hacer un seguimiento de las mismas, integrar la estrategia de sostenibilidad dentro de plan estratégico y no sigo, que ya bastante deprimidos les tengo.
También podemos hablar del sector financiero, donde hay seis regulaciones nada menos en tramitación que volverán a incrementar la burocracia y los costes para la banca: pagos, el citado euro digital, criptomonedas, «resiliencia operativa» (sea lo que sea eso), protección del inversor y, cómo no, finanzas sostenibles.
Todo este tsunami regulatorio supone una pérdida aún mayor de competitividad de las empresas de Europa frente a sus rivales de EEUU y China, con lo cual no sólo no van a recuperar el enorme terreno perdido, sino que se va a ampliar mucho más la distancia. Y además, al final, tanta obligación y tanto coste no tienen el más mínimo impacto en el medio ambiente. Burocracia y regulación que sólo perjudican sin ningún beneficio. Esa es la Comisión que tenemos y que hace estas chorradas para justificar la ingente nómina de burócratas de Bruselas. La verdad, uno entiende a los británicos que votaron el Brexit.
Un rayo de esperanza
Afortunadamente, parece que a alguien se le ha encendido la bombilla y, aunque sea muy tímidamente, en Bruselas empiezan a recular. «Para la formación de la nueva Comisión, ya no sólo se habla de sustainability sino también de affordability», es decir, de lo que nos podemos permitir. Aparte de la seguridad del suministro, que la guerra de Ucrania ha dejado claro que no está garantizada. Aleluya. La descarbonización no puede ser el único objetivo de la politica energética europea. Algo que lleva años diciendo Josu Jon Imaz, consejero delegado de Repsol.
Si esa es la dirección en que se va a mover la Comisión que se forme tras las elecciones de hoy, será una muy buena noticia. Pero claro, en ese caso no pueden cumplir el sueño dorado de Teresa Ribera de ser comisaria europea de Energía, porque es la más talibán de los talibanes. Sería un verdadero revés para Pedro Sánchez, aunque los socialistas ganen estas elecciones. Pero si la eligen, nos podemos echar todos a temblar.