La crisis del AVE y Cercanías llevan al tren a su mayor caída en veinte años, con 33 millones de viajeros menos hasta agosto
La alta velocidad pierde 3,6 millones de usuarios, mientras el resto de los servicios sufren el grueso de la caída
«El tren en España vive el mejor momento de su historia». Esta es una de las afirmaciones que pronunció el ministro Óscar Puente hace ahora dos años durante una comparecencia en el Senado que terminó por ser muy polémica, ya que el lenguaje utilizado por el titular de Transportes para defender su gestión al frente del Ministerio no se compadecía del todo con la realidad, después de que Renfe acabara de sufrir un verano horribilis en el que los retrasos e incidencias fueron protagonistas.
En 2024 la hipérbole quizá tuviera un pase, o incluso en noviembre de 2025, cuando el ministro volvió a pronunciar la frase de marras a la vez que prometía que para 2029 el AVE Madrid-Barcelona viajaría a 350 kilómetros por hora. Sin embargo, a estas alturas de 2026 ya hay suficientes datos sobre la mesa para poner en cuestión el optimismo que mostraba entonces el Gobierno.
Si de cumplir hitos se trata, este curso sin duda pasará a la historia porque nunca el ferrocarril español había sufrido una caída semejante de pasajeros como la registrada hasta el pasado mes de agosto. Según la última oleada de la Estadística de Transporte de Personas del Instituto Nacional de Estadística (INE), en los ocho primeros meses de este año la media de viajeros ha caído un 7,2%, cifra que supone el mayor descenso desde que el INE recopila los datos (la serie empieza en el año 2001) exceptuando el desplome de 2020, que en este caso no es relevante, ya que se explica por los confinamientos derivados de la pandemia de Covid-19.
Los datos pueden analizarse desde cualquier ángulo y el resultado siempre es el mismo: este año el tren ha perdido usuarios a raudales. La última vez que la estadística sufrió una sangría similar fue entre enero y agosto de 2009, cuando la media de viajeros por mes cayó un 6% en un contexto de crisis económica rampante y paro desbocado, pero lo normal en lo que llevamos de siglo era que el ferrocarril ganara clientes en la comparación interanual o, si los perdía, que lo hiciera a un ritmo de unas décimas o alrededor de un punto negativo.
En cifras absolutas, entre enero y agosto de 2026 el servicio (ya sea de Cercanías, Alta Velocidad o Media Distancia, público o de las privadas, estatal o autonómico) ha registrado 33 millones de viajeros menos que en el mismo período de 2025, cuando se subieron a un convoy un total de 455 millones de personas. Esto se traduce en menos pasajes vendidos y menos ingresos para Renfe, y está por ver cómo afecta esta evolución a los resultados de la compañía.
En cuanto a las razones de esta debacle, el recurso fácil sería circunscribirlo todo a la crisis de la alta velocidad, que empezó en el verano de 2025 con la supresión de los AVE de bajo coste (los denominados AVLO) de la línea Madrid-Barcelona por problemas técnicos con el modelo de Talgo Avlo S106 y siguió con el fatal accidente de Adamuz (Córdoba), el pasado 18 de enero.
Los efectos de aquel dramático choque, que se cobró la vida de 46 personas, se extendieron a toda la infraestructura. Primero, por las obras de reparación que se tuvieron que llevar a cabo en Adamuz, que mantuvieron cerrado el corredor Madrid-Andalucía durante alrededor de un mes; y segundo, por las limitaciones de velocidad que se impusieron en varios puntos de la red, una decisión que siguió a las alertas de varios maquinistas por el mal estado de las vías.
Visto esto, y como ya se ha avanzado, lo más cómodo sería atribuir el descenso de viajeros a los contratiempos del AVE, pero lo cierto es que los datos dicen otra cosa. En efecto, la retirada de frecuencias y el cierre temporal de la conexión sur se han notado en el balance, pero no tanto como para explicar la desaparición de 33 millones de clientes. De enero a agosto, la alta velocidad ha perdido 3,6 millones de viajeros comparado con el mismo período de 2025, de modo que el resto del desplome se explica por el declive de los otros servicios ferroviarios.
Concretamente, la razón principal está en la red de Cercanías, que en los ocho primeros meses de este año ha transportado a 24,6 millones de personas menos que entre enero y agosto del curso anterior. De hecho, mientras el AVE empieza a mostrar síntomas de una tímida recuperación, este servicio sigue en caída libre.
Sobre esto último, la estadística es clara, pues la alta velocidad ha sufrido pérdidas todos los meses de este año a un ritmo de doble dígito (la caída media es del 12% por mes) exceptuando agosto, cuando el volumen de viajeros aumentó un 1%. El Cercanías, en cambio, encadena ocho meses de caída y no hay ningún motivo para pensar que septiembre vaya a ser mejor, pues en agosto el volumen de personas transportadas cayó un 5% frente al -2,5% de julio.
Sobre las razones que justifican la mala evolución del Cercanías, son variadas y pueden ir desde la eliminación a mediados de 2025 de las tarifas gratuitas que estuvieron vigentes desde la pandemia hasta la acumulación de retrasos y accidentes y su efecto sobre la percepción de fiabilidad del público.
En lo que a puntualidad se refiere, el sistema ha empeorado rápidamente en pocos años, coincidiendo con la liberalización ferroviaria y el aumento de frecuencias. Así, si en 2019 unos 10.000 convoyes salieron con retraso, en 2025 la cifra había ascendido hasta los 34.000. Si se toma solamente la alta velocidad, el balance pasa de un millar de retrasos en 2019 a nueve mil seis años más tarde.