Psicología

La psicología sugiere que las personas que odian ver fotos suyas no es por complejo o inseguridad, más bien prefieren ver su propia imagen en el espejo

Imagen generada con IA.
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Aitana Pascual
  • Aitana Pascual
  • Aitana Pascual Cuesta (2001) es estudiante de Periodismo en la Universidad Francisco de Vitoria de Madrid desde el 2023. Escogió esta profesión por su gran vocación con la comunicación y la escritura. Hoy en día, tiene mucho interés por la historia, deportes y actualidad. Su principal objetivo es seguir formándose y aprender a contar los sucesos de forma clara y rigurosa.

Hay personas que se sienten cómodas al mirarse al espejo, pero cuando ven una fotografía suya tienen la sensación de que su rostro parece diferente. Este fenómeno no significa necesariamente que exista un complejo o un problema de inseguridad. La psicología ha estudiado cómo percibimos nuestro propio rostro y ha encontrado que la familiaridad con una determinada imagen puede influir en nuestra preferencia por ella. El espejo ofrece durante años una versión invertida y conocida de nuestra cara, mientras que las fotografías muestran normalmente la orientación que ven los demás. Ese pequeño cambio puede resultar más extraño de lo que parece.

El espejo crea familiaridad

Una de las explicaciones que más se ha relacionado con este fenómeno es el denominado efecto de mera exposición, un principio psicológico según el cual la exposición repetida a un estímulo puede aumentar la familiaridad y, en determinadas circunstancias, la preferencia por él. En el caso del rostro, una persona puede estar acostumbrada desde pequeña a contemplarse en el espejo, por lo que esa versión se convierte en la representación visual que reconoce como propia.

Una cara ligeramente diferente

El motivo tiene que ver con algo que normalmente pasa desapercibido, ya que nuestro rostro no es perfectamente simétrico. Cuando nos miramos en un espejo, vemos una versión horizontalmente invertida de nuestras facciones. Una fotografía convencional, en cambio, muestra el rostro con la orientación que percibiría otra persona situada frente a nosotros.

No todas las fotos muestran la realidad

A esto se suma un factor mucho más sencillo, ya que una fotografía es un instante concreto. Una persona puede reconocerse perfectamente en el espejo porque controla parcialmente su expresión, postura, distancia y ángulo, mientras que una cámara puede capturarla hablando, parpadeando o realizando un gesto que normalmente no observa de frente.

Además, la fotografía depende del objetivo, la distancia y la iluminación. Las cámaras de los teléfonos, especialmente cuando se utilizan muy cerca de la cara, pueden modificar las proporciones aparentes de determinadas facciones. Por eso, comparar una imagen tomada con una cámara frontal a corta distancia con la imagen que vemos en un espejo no siempre supone comparar dos representaciones equivalentes.

Por tanto, odiar algunas fotografías propias no demuestra por sí mismo inseguridad, vanidad o un complejo físico. Hay explicaciones perceptivas y técnicas que pueden influir en esa reacción, especialmente la familiaridad con la imagen reflejada y las diferencias entre una fotografía y la percepción cotidiana frente al espejo.

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