La psicología explica que las personas que llevan una pulsera con la bandera de España no es que sean más nacionalistas que el resto: la clave es el sentimiento de pertenencia
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Tener una pulsera con la bandera de España en la muñeca y llevarla a diario, al trabajo, al gimnasio o de vacaciones, puede interpretarse de muchas formas, y es que pocos símbolos despiertan tantas lecturas distintas como una bandera.
Sin embargo, la psicología social pone el foco en algo más básico que la ideología. Detrás de ese gesto suele estar la necesidad de sentirse parte de un grupo, la misma que lleva a otros a vestir la camiseta de su equipo.
Qué dice la psicología sobre llevar una pulsera con la bandera de España
La explicación más extendida procede de la teoría de la identidad social, formulada en los años setenta por los psicólogos Henri Tajfel y John Turner. Según esta teoría, las personas construyen una parte de su identidad a partir de los grupos a los que sienten que pertenecen, ya sea una familia, un pueblo, un país o un club.
Los símbolos visibles facilitan esa identificación. El psicólogo David Butz, de la Universidad Estatal de Morehead (Estados Unidos), revisó en 2009 en la revista Political Psychology los estudios sobre el efecto de los símbolos nacionales. Su conclusión es que no son simples adornos del entorno, sino elementos capaces de reforzar la identificación con el país y de promover la unidad del grupo de forma inconsciente.
Una pulsera funciona así como una señal discreta. Recuerda a quien la lleva con qué grupo se identifica y comunica a los demás esa afinidad sin necesidad de decir nada. En España, la rojigualda se ve en estadios, balcones y coches, y en la muñeca se lleva a menudo en pulseras de tela o silicona.
Por qué el sentimiento de pertenencia pesa más que la ideología
Sentirse parte de un grupo es una necesidad que aparece muy pronto. Las psicólogas Kyong-sun Jin y Renée Baillargeon, de la Universidad de Illinois, comprobaron en 2017 que bebés de sólo 17 meses ya esperaban que los miembros de un mismo grupo se ayudaran entre sí, algo que no esperaban entre miembros de grupos distintos. Un niño de cuatro años que defiende que su clase es la mejor, sin dar más razones, reproduce ese mismo mecanismo.
La familia es el primer grupo con el que se desarrolla ese vínculo, y con los años se suman otros: los compañeros de clase, el barrio, la afición a un equipo o el país. El sentimiento no depende del tamaño ni del prestigio del grupo, sino de la importancia que tiene para cada persona.
Por eso una pulsera con la bandera puede responder al mismo impulso que una con el escudo de un equipo de fútbol o con el nombre de un pueblo. En los tres casos, lo que se expresa es un vínculo y, para muchos, un recuerdo de sus raíces.
La diferencia entre patriotismo y nacionalismo que matiza el gesto
Los psicólogos Rick Kosterman y Seymour Feshbach, de la Universidad de California en Los Ángeles, estudiaron en 1989 las actitudes de 239 personas hacia su país. Comprobaron que el patriotismo y el nacionalismo son dimensiones distintas, y que conviene separarlas. El primero se refiere al apego y al cariño por el propio país, y el segundo, a la idea de que es superior a los demás.
Ese matiz explica por qué llevar una bandera no equivale a ser nacionalista. La pulsera, eso sí, no permite saber por sí sola cuál de las dos actitudes tiene quien la lleva, ni cuánto pesa en ella el gusto por un accesorio de moda.
La propia revisión de Butz añade otra precaución. Los símbolos nacionales también pueden influir en la relación entre grupos, porque activan de forma automática ideas asociadas a la nación. El mismo trozo de tela puede leerse como un gesto de cariño o como una señal de distancia, según quién lo mire.
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