Psicología

La psicología coincide al 100%: las personas que van al gimnasio todas las semanas no lo hacen por estética, sino por recuperar la sensación de control

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Mujer ejercitando en el gimnasio. Foto: Pexels.
Alejo Lucarás
  • Alejo Lucarás
  • Licenciado en Comunicación Social por la Universidad Nacional de Córdoba. Redactor SEO especializado en actualidad, ciencia aplicada, tecnología y fenómenos sociales, con un enfoque divulgativo y orientado a explicar al lector cómo los grandes temas de hoy impactan en su vida cotidiana.

Las personas que van al gimnasio todas las semanas suelen cargar con una etiqueta: la de estar obsesionadas con su imagen. Es la lectura más rápida y prejuiciosa, alimentada por las redes sociales y por los cuerpos que llenan las campañas de las grandes cadenas de fitness. Pero la psicología lleva tiempo estudiando qué empuja a alguien a volver a entrenar, semana tras semana.

Y desde luego, no es una cuestión para minimizar. Según la última Encuesta de Hábitos Deportivos del Ministerio de Educación, Formación Profesional y Deportes, el 62,7% de la población de quince años o más practicó deporte en el último año, y la musculación ya es la segunda modalidad más extendida. ¿Qué dicen entonces los estudios? ¿Tiene algo que ver la imagen en el espejo?

¿Por qué las personas que van al gimnasio todas las semanas buscan sentirse en control?

La clave está en una necesidad psicológica básica: la sensación de control. En el gimnasio, el esfuerzo tiene una recompensa visible y medible. Se levanta más peso, se aguanta más tiempo, se mejora una marca.

En una vida en la que el trabajo, la economía o las relaciones escapan a menudo de las manos, entrenar ofrece un terreno donde el resultado depende casi por completo de uno mismo.

Para respaldar esto, un estudio de la Universidad del Ruhr en Bochum (Alemania), publicado en Current Psychology, lo comprobó con 568 universitarios (con una edad media de 20 años) durante la segunda ola de la pandemia, entre octubre y noviembre de 2020.

Los investigadores Precht, Margraf, Stirnberg y Brailovskaia observaron que la sensación de control actuaba como puente entre la actividad física y la salud mental de los participantes.

Es decir, quienes se movían más se sentían más dueños de su situación, y esa percepción se asociaba a menos síntomas de depresión, ansiedad y estrés. Los autores lo atribuyen a la experiencia de mejorar el propio rendimiento y alcanzar metas físicas autoimpuestas, y concluyen que el ejercicio podría incluso ayudar a recuperar esa sensación en momentos de incertidumbre.

La estética engancha al principio, pero no explica la constancia

La motivación estética existe, pero tiene fecha de caducidad. Una revisión sistemática publicada en el International Journal of Behavioral Nutrition and Physical Activity, firmada por Pedro J. Teixeira, Richard M. Ryan y otros tres investigadores, concluyó que la motivación autónoma (entrenar porque se valora o se disfruta) es la que mejor predice la constancia con el paso del tiempo.

En cambio, las razones controladas (la presión externa, la culpa o la necesidad de agradar) pueden servir para empezar, pero rara vez sostienen el hábito.

Justo ahí encaja la imagen corporal: es un motor potente para apuntarse en enero, aunque pierde fuerza cuando los cambios tardan en llegar o la rutina se vuelve exigente. El espejo puede abrir la puerta del gimnasio, pero casi nunca es lo que hace volver un martes de lluvia.

Por otro lado, un trabajo más reciente, publicado en 2024 en Frontiers in Psychology por Vojko Vuckovic y Sasa Duric, encuestó a 830 usuarios de los 20 mayores gimnasios de Eslovenia, con una edad media de 27 años, justo al terminar su sesión. Entre quienes entrenaban por su cuenta, los motivos más señalados fueron el disfrute, el control del estrés y el reto personal.

La apariencia solo destacó en un grupo concreto (los hombres que entrenaban en solitario frente a los que acudían a clases colectivas), y los autores subrayan que quienes van por libre muestran más autonomía a la hora de decidir su actividad. Elegir qué, cuándo y cuánto entrenar forma parte del atractivo, y también de la sensación de control.

No todo es color de rosa: cuando la necesidad de control se convierte en un problema

Esa búsqueda tiene también una cara menos amable. Un estudio con 203 usuarios de gimnasios, firmado por Frida Austmo Wågan, Monica Dahle Darvik y Arve Vorland Pedersen en el International Journal of Environmental Research and Public Health, encontró que el 92,1% entrenaba por forma física y salud, pero un 9,9% presentaba riesgo de dependencia del ejercicio.

Ese riesgo se concentraba en quienes superaban las nueve horas semanales, que también mostraban menor autoestima y más estrés.

En este sentido, para los autores, la baja autoestima actúa como factor de vulnerabilidad y el estrés, como factor de mantenimiento. El entrenamiento deja entonces de ser una herramienta para sentirse capaz y pasa a ser una obligación para no sentirse peor.

Así, la dosis, por tanto, importa. Uno de los mayores análisis sobre ejercicio y salud mental, publicado en The Lancet Psychiatry por un equipo de la Universidad de Yale con datos de 1,2 millones de adultos estadounidenses, situó el punto óptimo en sesiones de 45 minutos entre tres y cinco veces por semana.

Por encima de ese umbral, los beneficios no solo dejaban de crecer: empezaban a reducirse.

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