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Durante décadas, la imagen dominante sobre los orígenes de la humanidad ha sido la del cazador primitivo. Sin embargo, un nuevo estudio multidisciplinar liderado por el Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana (CENIEH), la carroña, entendiendo como tal los restos de animales muertos, fue una pieza clave en la subsistencia de los primeros homininos y en la propia trayectoria evolutiva del género Homo, descartando la teoría de que se tratara de un recurso marginal.
El trabajo, publicado en la revista Journal of Human Evolution, reúne a paleontólogos, arqueólogos y ecólogos de diversas instituciones españolas y propone un nuevo paradigma: el carroñeo fue una estrategia eficiente, recurrente y adaptativa, complementaria a la caza y a la recolección vegetal. En palabras de los investigadores, no se trata de preguntarse si los humanos primitivos consumían carroña, sino cuánto dependieron de ella, cómo la obtenían y qué ventajas ofrecía en diferentes contextos ecológicos.
Comer carroña también nos hizo humanos
Desde el punto de vista ecológico, la carroña, a pesar de ser un recurso efímero, desempeña un papel fundamental en la estabilidad de los ecosistemas por dos motivos: proporciona grandes cantidades de grasa y proteínas y conecta los niveles tróficos a través de complejos procesos de regulación.
El estudio recuerda que la mayoría de los animales carnívoros no son exclusivamente cazadores ni estrictamente carroñeros, sino que combinan ambas estrategias, y los humanos primitivos no fueron una excepción.
Primates, carne y oportunismo
Aunque el consumo de carne no es habitual entre los primates, sí está ampliamente documentado. Grandes simios y otros primates incluyen alimentos de origen animal en su dieta, desde insectos hasta pequeños vertebrados. Asimismo, se ha observado que la carroña, especialmente la procedente de grandes mamíferos, ofrece una gran oportunidad para acceder a nutrientes de alto valor.
Desde mediados del siglo XX, el hallazgo de herramientas líticas junto a huesos con marcas de corte abrió un intenso debate en paleoantropología. ¿Habían cazado los homininos esos animales o simplemente aprovecharon los restos abandonados por otros depredadores?
A medida que se realizaron más estudios, surgieron modelos alternativos que defendían el carroñeo pasivo, es decir, el aprovechamiento de cadáveres que ya estaban parcialmente consumidos. Más adelante, se propusieron estrategias intermedias, como el robo de presas a otros carnívoros o el acceso temprano a los cadáveres, lo que complica enormemente la interpretación de las evidencias arqueológicas.
El nuevo estudio subraya que las herramientas analíticas actuales permiten distinguir en muchos casos si los humanos accedieron antes o después a un cadáver, pero no siempre revelan cómo se obtuvo ese recurso.
«Cuando mueren, los grandes mamíferos terrestres y marinos ofrecen toneladas de alimento fácilmente disponible que favorece el que muchas especies de carroñeros se toleren y se alimenten de forma simultánea», señala la primera autora de este estudio, la investigadora del CENIEH Ana Mateos.
Y añade: «Hoy sabemos que la carroña juega un papel fundamental en los ecosistemas y que todas las especies carnívoras la consumen, en mayor o menor medida. Más aún, muchos grupos humanos actuales de cazadores-recolectores siguen practicando el carroñeo, como un comportamiento alimentario más. Si hasta ahora se ha venido diciendo que «comer carne nos hizo humanos», también se podría decir que comer carroña nos hizo humanos».
Uno de los aspectos más interesantes del trabajo es la reevaluación del papel de los grandes cadáveres, como los de elefantes u otros megaherbívoros. Además, el estudio señala que las grandes carroñas eran más predecibles de lo que se pensaba, especialmente en determinados momentos del año, como sequías o cambios estacionales.
Riesgos, patógenos y adaptaciones humanas
Tradicionalmente, uno de los principales argumentos contra el carroñeo ha sido el riesgo de enfermedades. Los autores destacan que los humanos presentan adaptaciones anatómicas y fisiológicas que reducen estos riesgos, como un estómago con un pH muy ácido, capaz de neutralizar muchos microorganismos.
Según Ana Mateos, «los humanos estamos anatómica, fisiológica, comportamental y tecnológicamente adaptados desde nuestros orígenes para ser eficientes carroñeros. El pH ácido del estómago humano puede ser una defensa ante los patógenos y toxinas y, además, el riesgo de infección se redujo considerablemente cuando comenzamos a utilizar el fuego para cocinar. Más aún, los humanos podemos recorrer grandes distancias con poco gasto energético en comparación con otros mamíferos, lo cual es imprescindible para detectar suficiente carroña», recoge la Universidad de Málaga.
En definitiva, la evidencia científica actual permite concluir que el consumo de carroña no fue una conducta marginal ni excepcional en la evolución humana, sino una estrategia alimentaria recurrente, flexible y altamente eficiente. Lejos de la dicotomía clásica entre caza y carroñeo, los homininos aprovecharon ambas opciones según las condiciones ecológicas, la disponibilidad de recursos y sus capacidades tecnológicas y cognitivas. La carroña ofrecía un alimento de alto valor energético, más predecible de lo que se asumía y especialmente relevante en periodos de escasez vegetal, y adaptaciones anatómicas, fisiológicas y conductuales favorecieron este aprovechamiento.