Se buscan voluntarios para vivir en una paradisíaca isla volcánica de Madagascar a cambio de trabajar 6 horas al día en la conservación de sus bosques

Frente a la costa noroeste del país, una pequeña isla volcánica de Madagascar se convirtió en destino para quienes buscan algo más que unas vacaciones. Sus bosques, parte de un ecosistema muy amenazado, necesitan manos para vigilar la fauna, replantar manglares y frenar la degradación. Por eso, varios programas están reclutando valientes voluntarios para vivir allí.
Uno de ellos ofrece una experiencia que combina trabajo de campo, convivencia con comunidades locales y un entorno natural de postal, con playas y selva a pocos pasos. Eso sí, la propuesta tiene condiciones muy concretas: jornadas exigentes, alojamiento básico y un modelo económico que conviene conocer antes de apuntarse.
El voluntariado en Nosy Komba, la isla volcánica de Madagascar que busca manos para sus bosques
La isla se llama Nosy Komba y se encuentra entre Nosy Be y la costa de Madagascar. Tiene apenas 25 kilómetros cuadrados y su punto más alto es el volcán Antaninaomby, de 622 metros.
Está rodeada de rocas volcánicas y cubierta por una selva densa. En sus aldeas viven alrededor de 4.000 personas, con servicios modernos muy limitados.
Para empezar, el programa lo gestiona International Volunteer HQ (IVHQ), una organización que conecta voluntarios con proyectos de todo el mundo.
Siguiendo esta línea, en Nosy Komba, la tarea principal es la conservación de los bosques del Sambirano, un tipo de selva que la propia entidad califica de muy amenazada. El trabajo puede extenderse también a Nosy Be, a Ampohana y a otras islas cercanas.
Seis horas al día entre lémures, manglares y huertos: lo que exige este voluntariado
Quienes se despiertan tarde, mejor que se abstengan, porque la jornada empieza temprano. El desayuno se sirve entre las 6:00 y las 8:00, y el trabajo de campo ocupa la mañana hasta las 11:30.
Tras la comida, las actividades se retoman de 13:30 a 16:00 o 17:00, con un tope de seis horas diarias. La cena llega a las 18:00 y, a continuación, una reunión para repasar el día. Los fines de semana quedan libres, eso es lo interesante.

Las tareas son variadas y buena parte se hace a pie por las laderas de la isla, por lo que la organización pide una buena forma física.
Además, el aislamiento de la zona obliga a adaptarse a un modo de vida sin muchas comodidades. A continuación, estas son algunas de las labores que incluye el programa:
- Seguimiento de la fauna y del estado del bosque, con identificación de especies y toma de datos.
- Paseos nocturnos de investigación.
- Plantación y cuidado de plantones de manglar.
- Diseño de huertos de permacultura y apoyo a agricultores locales.
- Limpieza del bosque y retirada de plantas invasoras.
Cabe remarcar que los datos recogidos sirven para detectar cambios en el bosque, en las poblaciones animales y en la salud del hábitat, así como posibles amenazas locales.
Y fuera de horario, los voluntarios pueden explorar playas, hacer snorkel, acercarse a Nosy Be (a unos 30 o 45 minutos en barco) o visitar parques nacionales como Ankarana o la Montaña de Ámbar, siempre al ritmo local que resume la expresión malgache mora mora («despacio, despacio»).
¿Cuánto cuesta vivir en esta isla volcánica de Madagascar como voluntario?
Aquí está la letra pequeña: el programa no es gratuito. IVHQ cobra una cuota de inscripción de 329 dólares y, además, una tarifa según la duración. Una semana cuesta 495 dólares; dos semanas, 790; cuatro, 1.380; y doce, el máximo permitido, 3.740. A esas cifras se suma un 5% en concepto de comisión bancaria internacional, y la tarifa debe pagarse 30 días antes de empezar.

El precio cubre el alojamiento, tres comidas al día de estilo malgache (arroz o pasta con pollo, cebú o pescado), la recogida en el aeropuerto, la orientación inicial y asistencia de emergencia las 24 horas.
En cambio, corren por cuenta del voluntario los vuelos, el visado, el seguro de viaje obligatorio, las vacunas, el certificado de antecedentes penales y el traslado de vuelta al aeropuerto.
¿Y qué hay del alojamiento? Pues es bastante sencillo: son cabañas abiertas construidas por la población local, con literas compartidas por un máximo de cinco voluntarios del mismo sexo, ducha fría e inodoro.
Cabe añadir que los programas comienzan el primer y el tercer lunes de cada mes. Pueden participar mayores de 18 años y también jóvenes de 16 y 17, siempre que viajen acompañados por un padre o tutor y con su consentimiento por escrito.
Un poco de contexto: ¿Por qué los bosques de Madagascar necesitan ayuda?
La urgencia tiene respaldo científico. Un estudio de Ghislain Vieilledent y otros investigadores publicado en Biological Conservation concluyó que Madagascar perdió el 44% de su cubierta forestal natural entre 1953 y 2014.
En este marco, la agricultura de tala y quema, la extracción de madera para carbón vegetal y los incendios figuran entre las amenazas que más señalan los expertos. El trabajo añadía que casi la mitad del bosque restante está a menos de 100 metros de su borde.
Mientras tanto, la fauna es la gran perjudicada. Según la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), 103 de las 107 especies de lémures que sobreviven están amenazadas, y el 31% se encuentra en peligro crítico, a un paso de la extinción.
En Nosy Komba, en cambio, los vecinos consideran sagrados a sus lémures y mantienen desde hace generaciones un tabú que prohíbe cazarlos.
Frente a ese panorama, las iniciativas internacionales intentan revertir la tendencia, y los esfuerzos de conservación ya dejan algunas cifras. La estrategia de la UICN para los lémures y su iniciativa Save Our Species han reunido más de 7,5 millones de dólares y han permitido plantar más de 2,7 millones de árboles en Madagascar desde 2017.