Todo es mentira (con perdón)
Al Partido Popular y el PSOE el «y tú más» les funciona a la perfección. Ambos se mueven en un bucle inútil e interminable. Da igual que, de forma objetiva y contrastada, la corrupción en el PSOE haya sido -y siga siendo- inmensamente mayor en cantidad y en calidad que la del PP. Porque, además, en el caso socialista no hablamos de episodios aislados, sino de una corrupción sistémica y sistemática, ligada a una concepción del poder profundamente autoritaria.
A ello se suma una idea que la izquierda española nunca ha abandonado: que el Partido Popular y Vox, por representar a la derecha, serían herederos del franquismo y, por tanto, fuerzas ilegítimas para gobernar. Desde esa premisa, el régimen del 78 no es un marco de convivencia, sino un obstáculo que debe ser dinamitado para ganar, por otras vías, la guerra que provocaron y perdieron.
En este contexto, la moral y la ética han dejado de ser principios estables. Se invocan o se silencian según convenga. La corrupción influye sólo de manera relativa en la voluntad popular. Puede hacerlo en determinados escenarios -como se ha visto recientemente en Extremadura-, pero no es el factor decisivo en unas elecciones. Otros elementos pesan más, aunque sean menos confesables.
La ética política y humana ya no actúa como guía, sino como herramienta. Se fragmenta, se adapta y se utiliza a conveniencia de la ideología o del interés del momento. Hace unos días, en una tertulia televisiva en la que participé, se debatía el grave problema de la vivienda en Mallorca. Cada interviniente aportaba propuestas. Cuando señalé un dato objetivo -que durante el régimen de Franco se construyeron cerca de cinco millones de viviendas en apenas catorce años y que la comparación con las cifras actuales de la democracia resulta irrisoria e incluso insultante-, el tertuliano y político socialista no respondió al hecho. Se limitó a afirmar que él «no defendía a dictadores».
No entró en si el dato era cierto o falso, que era lo relevante. No discutió la eficacia de las políticas de vivienda. Se refugió en una superioridad moral automática.
Y ahí se encuentra el fondo de este artículo: esa moralidad política selectiva y caprichosa. Porque en el debate sobre las viviendas construidas durante el franquismo aparece de repente una exigencia moral absoluta, mientras que el PSOE, Pedro Sánchez y sus votantes no han tenido el más mínimo reparo ético para pactar con Bildu, la formación heredera de quienes asesinaron a más de 800 ciudadanos, entre ellos mujeres y niños; secuestraron, extorsionaron, hirieron y obligaron al exilio a miles de españoles.
Al final, la democracia deja de ser un proyecto ético compartido para convertirse en un tablero donde la moral se usa como arma arrojadiza y nunca como principio. Y cuando eso ocurre, no sólo se degrada la política: se degrada la propia idea de ciudadanía, reducida a cómplice pasivo de una farsa moral perfectamente calculada, por lo que no me extraña que Sócrates y Platón odiaran la democracia, quién sabe, quizás porque pensaron en esta que estamos sufriendo los españoles, con este nefasto, vil y corrupto Gobierno del PSOE, Sánchez y compañía.