Peligrosas tensiones
Hoy vuelvo a Donald Trump. Y vuelvo porque conviene recordar y repetir algo esencial: no todo lo que hace o dice es acertado, ni todo lo que plantea es coherente. Y lo más preocupante es que algunas de sus decisiones y declaraciones ya están teniendo consecuencias reales, imprevisibles y peligrosas.
No hablamos de teoría. Está ocurriendo en los propios Estados Unidos. Los recientes episodios en el estado de Minnesota y Mineápolis con la intervención de agentes federales de inmigración (ICE), los graves enfrentamientos con la Guardia Nacional y la Policía Estatal, y la muerte de dos ciudadanos tras un tiroteo son síntomas claros de una forma de ejercer el poder que tensiona instituciones y fractura territorios.
Este apunte sirve de contexto para abordar un asunto mucho más grave: la obstinada idea de Trump de hacerse con Groenlandia «por las buenas o por las malas».
En un artículo anterior analicé la situación de Venezuela y la posible justificación de determinadas acciones frente a un régimen ilegítimo como el de Maduro. Pero lo de Groenlandia no es lo mismo que Venezuela. Groenlandia es un territorio soberano que pertenece a Dinamarca y su soberanía corresponde única y exclusivamente a sus ciudadanos y a su orden constitucional.
Cuestionar esa soberanía no es aceptable. Ni política, ni jurídica, ni moralmente. Porque supone abrir una peligrosa puerta: la sustitución del derecho internacional por la ley del más fuerte. Una lógica que, llevada hasta el extremo, podría volverse contra los propios Estados Unidos. Resulta impensable que Washington aceptara que otra potencia se apropiara de su territorio alegando «seguridad nacional».
Si el argumento de Trump es realmente la defensa de EEUU frente a una hipotética amenaza de Rusia o China, la pregunta es inevitable: ¿para qué está entonces la OTAN?
Lo verdaderamente esperpéntico es que Trump esté amenazando a Dinamarca, un país miembro de la Alianza Atlántica, aunque al cabo de unos días suavice el tono y diga lo contrario. La Carta de la OTAN es clara: un ataque contra uno de sus miembros obliga a la defensa colectiva. Estados Unidos se coloca así en una posición absurda, la de aliado y enemigo al mismo tiempo, socavando los cimientos de la Alianza.
Si la preocupación fuera estrictamente defensiva, la solución sería evidente: despliegue de fuerzas de la OTAN en Groenlandia, incluida la presencia militar estadounidense necesaria y la instalación de los sistemas de defensa pertinentes. Nada más.
Pero escuchar a Trump disipa esa lógica. Su tono grosero, prepotente e insultante sugiere que la seguridad podría ser sólo el pretexto. Todo entonces apuntaría a que lo que realmente ambiciona son los recursos estratégicos de Groenlandia y sobre todo el control exclusivo de un enclave fundamental para la ruta ártica sin socios ni aliados y ya utilizada por Rusia y China.
Es imposible saber con certeza qué hará Trump, pues ahora aclara que no son sus recursos pues en un territorio como Groenlandia resulta imposible o muy difícil su explotación, pero su obsesión con China, la única potencia capaz de disputarle el liderazgo mundial, condiciona toda su política exterior, ya que Trump no está dispuesto a rendir el imperio americano. Y ese contexto nos empuja a un escenario inquietante: un mundo dividido en bloques cada vez más antagonistas, con una tensión creciente que puede derivar en conflictos graves.
Conviene no olvidarlo: hoy las guerras convencionales sólo son posibles cuando una de las partes carece de superioridad militar o de armamento nuclear. Cuando las potencias que se enfrentan sí lo tienen, la lógica es otra. En ese escenario, la demostración de fuerza puede desembocar en el uso de armas nucleares. China ya lo ha advertido.
Y eso no conduciría a una guerra más, sino a un holocausto nuclear. No habría vencedores. Sólo el final de todo, y aunque lo que señaló pudiera ser exagerado, no hay que olvidar que los conflictos se generan de forma imprevista por causas imprevisibles y además el panorama geopolítico mundial no arroja un escenario de paz y estabilidad, más al contrario, aparece cada vez más tensionado. Ojalá este horizonte que se describe, para bien de todos sea equivocado.
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