El último ‘verano’ decente con Chávez en la Moncloa

El último ‘verano’ decente con Chávez en la Moncloa
El último ‘verano’ decente con Chávez en la Moncloa

No pertenezco a ningún poder oscuro con afán golpista de los que habla el presidente Sánchez, pero tengo para mí que este va a ser el ‘último verano’ en algún tiempo. Según los últimos datos del Banco de España, la tasa de ahorro ha empezado a caer. Esto indica que los españoles están tirando de reservas para intentar mantener su nivel de consumo y sobre todo para irse de vacaciones. Aunque los ciudadanos descuentan un empeoramiento de la situación económica a la vuelta y el índice de confianza del consumidor lleva deteriorándose con fuerza desde marzo, la mayoría ha decidido hacer un paréntesis, olvidar las malas noticias y disfrutar.

Que me quiten lo bailao, que dirían los castizos. Los indicadores del sector turístico están disparados y las reservas prometen un récord para los próximos meses a pesar de la intensa subida de los precios. Los hoteleros, los restauradores y en general todas las empresas de servicios, muy castigadas por la pandemia y la subida de impuestos y de cuotas sociales, están aprovechando para recuperar márgenes, pues también desconfían de la evolución de la coyuntura en otoño y de la temporada de invierno. Las estancias hoteleras serán más cortas, algunos se irán al Caribe, donde los paquetes turísticos han ganado más competitividad si cabe frente a las costas españolas, pero el caso es huir por unos días, coger fuerza para lo que se avecina y luego Dios dirá. Los empresarios, a su manera, también están teniendo el mismo comportamiento, ignorando las presiones para contener unos beneficios que se dibujan desgraciadamente fugaces.

Hace sólo unos meses la opinión dominante, por supuesto la de la inepta Nadia Calviño, era que la inflación iba a ser un fenómeno transitorio. El anuncio del Banco Central Europeo de dos subidas consecutivas de tipos de interés, la primera ahora en julio, y después en septiembre demuestra la creciente preocupación por el aumento sostenido y duradero del nivel de precios. Este va a provocar una desaceleración económica intensa en otoño -cuando haya acabado la temporada turística-, debido a su impacto en la renta disponible, y un agravamiento de las cifras de empleo. La caída de las bolsas es fiel reflejo de este hundimiento brusco de las expectativas. Los optimistas, que todavía los hay, sostienen que la anemia del crecimiento, el enfriamiento del consumo y el retraimiento de la inversión contribuirán a frenar la inflación y a suavizar el endurecimiento de la política monetaria.

Otros analistas a mi juicio más consistentes opinan que la persistencia de los cuellos de botella en las cadenas de suministro y de la presión de los precios energéticos -ya no digamos si Rusia corta el suministro de gas al Continente- empujará todavía más arriba la inflación, que ésta tendrá un impacto muy notable sobre la demanda agregada pero que aun así la recesión que pronostican convivirá durante un largo tiempo con niveles de precios elevados obligando al BCE a seguir subiendo los tipos de interés, atendiendo a las palabras de la señora Lagarde, que prometió hacer todo lo posible para acabar con esta plaga que distorsiona por completo la vida económica y castiga con saña a los ciudadanos en situación más precaria.

Este escenario de alto riesgo será singularmente dañino para España, que ya padece una inflación más alta que el resto de los socios porque consume más energía por unidad de producción y tiene uno de los mercados de bienes y servicios más rígidos de la OCDE -la legislación sobre grandes superficies y horarios de apertura impiden el desenvolvimiento del comercio en libre competencia, el sector de servicios profesionales está muy intervenido, la deseable unidad de mercado es permanentemente torpedeada por regulaciones autonómicas dispares y onerosas-.

Adicionalmente, el crecimiento del dinero en circulación, que es la verdadera causa de la inflación, ha crecido de manera desaforada en nuestro país vía crédito al sector privado, a través del colosal endeudamiento público y por mor de una política fiscal expansiva y consecuentemente inflacionista. Esta es la dolorosa realidad a la que nos enfrentamos y la que el presidente, que vive en un mundo paralelo, trata deliberadamente de ocultar vendiendo el engaño de que su plan anti crisis, que el PP debería rechazar, reducirá hasta en cuatro puntos la inflación, o retorciendo hasta el extremo el sentido común negándose a controlar el gasto del Estado -confiado en que la UE mantendrá suspendidas las reglas fiscales a pesar de los avisos de que la entrega de fondos europeos estará condicionada a reformas estructurales y a la exigencia de que el Gobierno presente lo antes posible un plan de consolidación presupuestaria-.

Continuar con la bonificación de los carburantes es costoso, inicuo e inflacionista. Pero la guinda del pastel es su determinación de subir las pensiones de acuerdo con la inflación, que es simplemente una aberración que deteriorará aún más el déficit público y que induce a los agentes económicos a pelear por acomodar insanamente el resto de las rentas al IPC. En una entrevista el pasado domingo en ‘El País’, una de las terminales mediáticas que lo apoya hasta la náusea, Sánchez recomendaba a los empresarios subir los salarios y reducir los beneficios, es decir, les aconsejaba el suicidio. Este es el cariño y la admiración que les profesa.

En lugar de adoptar medidas sensatas y temporales para colectivos específicos, por ejemplo reduciendo el impuesto sobre la electricidad o deflactando el IRPF para las rentas bajas, esa clase trabajadora para la que dice gobernar, Hacienda está ingresando más que nunca con motivo de la inflación y el presidente está dispuesto a seguir gastando sin freno como si no estuviéramos en vísperas de una recesión que va a provocar un desplome de todos los indicadores a la vuelta de este último verano todavía decente a costa del dinero que los españoles tenían guardado en el calcetín.

Para tapar esta realidad tozudamente esquiva y contraria a los delirios y fabulaciones del mandarín de la Moncloa, crecida su vanidad tras la cumbre de la OTAN, el presidente ya ha apuntado reiteradamente estos días cuál va a ser su estrategia. Proclamarse víctima de una conspiración, atribuir el evidente fracaso de sus políticas a la acción de esos poderes fácticos ocultos que trabajan en la sombra para derrocar al Gobierno Frankenstein desde el mismo día de su entronización y declararse el verdugo de las malvadas empresas energéticas, que este año están ganando menos dinero que el anterior, aunque siempre susceptible de ser expropiado para gozo de la opinión pública más miserable.

Pero esgrimir esa oscura alianza entre el capital, la derecha y los medios que trabajan en una suerte de santa alianza contra el progresismo que él falsamente representa equivale al discurso demagógico y populista de la izquierda latinoamericana y sus nuevos gobernantes en Chile, en Colombia, en Perú o de los que tratan de desestabilizar otros países como sucede en Ecuador. Se trata de un relato antiguo que se remonta a Lenin y su denuncia de un pretendido contubernio financiero a manos, cómo no, de los judíos y esos señores con sombrero de copa fumándose un puro en uno de esos cenáculos que bullen en la imaginación explosiva de Sánchez, atlantista de nuevo cuño en el exterior y víctima propiciatoria de una conjura aquí en España. Es un relato que simplemente ofende la inteligencia, propio de un líder del Tercer Mundo, un discurso eminentemente chavista. Y dicho esto, ¡qué ricos están los puros!, ¡qué bueno es tener dinero! No puede haber velada más agradable que saborear un gran habano poniendo a caldo al presidente y maldiciendo la suerte que correrá nuestro peculio mientras siga en el poder.

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