Trump puede perder el Congreso, pero que Europa no se haga ilusiones

Trump puede perder el Congreso, pero que Europa no se haga ilusiones

Las elecciones de mitad de mandato amenazan con reducir el poder del presidente estadounidense, pero una derrota republicana no significa necesariamente una buena noticia para España.

El próximo 3 de noviembre, Estados Unidos celebra sus famosas midterms, las elecciones de mitad de mandato. Trump no se presenta, pero se juega buena parte de su capacidad de gobernar. Y todo apunta a que podría sufrir un revés electoral importante.

¿Sería algo extraordinario? En absoluto

Desde 1934, el partido del presidente sólo ha ganado escaños en la Cámara de Representantes en tres de las 23 elecciones de mitad de mandato celebradas. Los únicos que lo lograron fueron Franklin D. Roosevelt en 1934, Bill Clinton en 1998 y George W. Bush en 2002. En otras palabras, casi nueve de cada diez veces los estadounidenses han castigado al partido que ocupa la Casa Blanca.

Por eso, la pregunta no es sólo si Trump perderá escaños, sino cuántos y, sobre todo, si los demócratas conseguirán arrebatarle el control del Senado. Y aquí viene lo interesante para España: Trump podría seguir siendo presidente, pero con buena parte de su agenda política bloqueada.

¿Qué está realmente en juego?

Empecemos por el Senado. Los republicanos cuentan actualmente con 53 escaños frente a los 47 del bloque demócrata. En noviembre se disputan 35 puestos, incluidos dos en elecciones especiales. Los demócratas necesitan ganar cuatro escaños netos para recuperar la mayoría. Estados como Alaska, Iowa, Maine, Michigan, Ohio o Texas pueden resultar decisivos.

No será fácil, pero tampoco imposible. Aquí, los republicanos tienen más posibilidades de aguantar. La Cámara de Representantes, conocida como the House, presenta un escenario más complicado para Trump. Sus 435 escaños se renuevan y las previsiones favorecen una victoria demócrata, aunque el margen sigue siendo incierto.

¿Y qué significaría perder esta cámara?

En Estados Unidos, a diferencia de lo que estamos acostumbrados a ver en España, el presidente no controla automáticamente el poder legislativo.
Una mayoría demócrata podría bloquear nuevas leyes, condicionar los presupuestos y abrir investigaciones parlamentarias contra miembros de la Administración.

Incluso podría iniciar un nuevo proceso de destitución (impechment) contra Trump, aunque lograrlo requeriría dos tercios del Senado, lo cual es altamente improbable. Trump podría seguir ocupando el Despacho Oval, pero descubriría que gobernar se ha convertido en una auténtica pesadilla.

El problema republicano: el bolsillo de los americanos

Como suele ocurrir en política, el principal enemigo de Trump no es necesariamente el Partido Demócrata. Es el coste de la vida. El encarecimiento energético asociado al conflicto con Irán, el impacto de los aranceles sobre determinados productos y las restricciones migratorias que afectan a la disponibilidad de trabajadores están complicando la situación económica de numerosas familias.

Y cuando los ciudadanos llegan a fin de mes con dificultades, poco importan los grandes discursos políticos. Trump conserva, sin embargo, una ventaja formidable: una base electoral extraordinariamente fiel y una capacidad de movilización que sus adversarios siguen subestimando.

Los demócratas tienen el problema contrario. Pueden beneficiarse del desgaste republicano, pero continúan divididos, sin un liderazgo nacional indiscutible y con dificultades para construir una agenda común. Los republicanos saben quién es su líder, aunque esté perdiendo popularidad. Los demócratas saben contra quién luchan, pero todavía no tienen claro quién debe liderarlos.

¿Y España?

En Europa, y especialmente en España, algunos interpretarán una victoria demócrata como el principio del fin de Trump. Sería un error. Una derrota republicana podría obligar al presidente a dedicar más esfuerzos a sus problemas internos, lo que ofrecería cierto respiro a Europa en sus relaciones comerciales y diplomáticas.

Pero no debemos confundir a un presidente debilitado con uno sin poder.
Trump conservaría importantes competencias en política exterior, seguridad nacional y comercio internacional. Y un Congreso hostil podría empujarlo a utilizar aún más sus facultades ejecutivas. Para las empresas españolas, los aranceles y la incertidumbre regulatoria (que ha sido bastante baja, al menos internamente) no desaparecerían de la noche a la mañana.

Tampoco cambiaría una realidad estratégica que Europa parece rehusarse a aceptar: Estados Unidos lleva años exigiendo a sus aliados europeos que asuman mayores responsabilidades en su propia defensa y ordenar su casa. Y esa exigencia no empezó con Trump ni necesariamente terminará con él. Uno de los problemas que tienen los presidentes norteamericanos es que no saben quién manda en Europa; yo creo que ni los mismos europeos lo saben.

Además, el proteccionismo comercial y la defensa de la industria estadounidense cuentan con apoyos que trascienden las fronteras partidistas. Por tanto, esperar que una victoria demócrata devuelva las relaciones transatlánticas a su estado anterior sería ingenuo. Los demócratas tienen graves problemas de cohesión y deben cambiar la percepción de ser el partido que siempre sube los impuestos y quiere gastar más en un país ya tremendamente endeudado.

El poder adquisitivo es clave y Feijóo debería hacerlo su eje principal porque los españoles han perdido un mayor % en salario real que los norteamericanos desde el 2021.

Un Trump debilitado no significa una América más previsible

Mi escenario más probable es una victoria demócrata en la Cámara de Representantes y una batalla mucho más disputada en el Senado. Pero hay algo interesante a seguir. ¿Responderá Trump a una posible derrota moderando sus posiciones y negociando con sus adversarios? ¿O intensificará la confrontación política para demostrar que sigue teniendo el control? Su trayectoria invita a no descartar esta segunda posibilidad. Y eso debería preocupar a Europa.

Las elecciones de noviembre nos recordarán una de las grandes diferencias entre las democracias española y estadounidense: en Estados Unidos, el Congreso puede convertirse en un auténtico contrapeso del presidente, incluso cuando pertenece a un partido distinto.

Pero también deberían recordarnos algo mucho más importante. España y Europa tienen que dejar de basar su estrategia internacional en quién gana o pierde las elecciones en Washington. Estados Unidos está cambiando, y no todo ese cambio depende de Donald Trump. El 3 de noviembre los estadounidenses decidirán cuánto poder conservará su presidente.

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