El terco error de Rivera

El 5 de diciembre de 2015 Pablo Iglesias denunció la velazquiana Operación Menina, esbozada por los grandes poderes fácticos y mediáticos que pretendían meter a Rajoy en el primer airbus de camino a algún pazo gallego cambiándole por Soraya Sáez de Santamaría. El bisturí de la operación era el propio Rivera. Todavía casto ideológicamente y auspiciado por la curiosidad que provocaba su indefinición. Era el potencial Canaán para el electorado desengañado y antirajoyista del PP. Y lo cierto es que, a pesar de la insolvencia crediticia y la querencia novelesca del “chivato” de aquella acusación, ciertos medios incitaron al electorado conservador a votar, con tranquilidad y sin margen de error, a Ciudadanos, dado que no existía riesgo de un triunfo de la izquierda.
Tras ello llegaron los inéditos resultados del 20D, enmendando públicamente tal teoría. Precisamente, tras dictaminar Rivera con un “no voy a apoyar a Rajoy” la desconfianza de quienes habían puesto sus ojos en él y la merma representativa de las previsiones de los naranjas y las de Metroscopia, que les daban 77 escaños. De ese resultado, 37 diputados fueron derribados en efecto dominó. Aun así, la lectura era clara. El 80% del electorado de Ciudadanos que se comprometió con Rivera provenía del PP. Apenas ninguno del PSOE. Rajoy perdió 3,6 millones de votos con respecto a 2011, casi el mismo monto electoral atesorado por Albert traducido en 3,2 millones de papeletas.
Ahora, el peligro para Ciudadanos es el escepticismo de ese electorado conservador que hizo la prueba el 20D y ya vislumbra a Podemos como segunda fuerza. Ese voto fugado y emocional ha vivido con preocupación los 4 meses en los que Ciudadanos ha sido el asidero de los socialistas, incapaces de esconder su gangrena populista y, con ellos, un debate televisivo entre candidatos en el que Rivera siguió acariciando benevolente a Sánchez y sentenciando a Rajoy, quien sea como sea, es el liderazgo nominativo de un PP que se presenta como la última barrera de contención en plena subida de la marea de Unidos Podemos.
Rivera fue, como de costumbre, seductor y asertivo en el debate de candidatos. Lo ganó de calle. Fulminó a Iglesias. Picó como una abeja y flotó como una mariposa. Fue el Muhammad Ali del ring político en el plató, pero prosiguió con la pertinaz estrategia que ya le había estrellado contra el muro de su propio error: confiar en la impericia de los Fernandos de Paramo que obviaron la lectura de los metadatos del 20D siguiendo la misma brújula que podría agravar su escarmiento electoral. En la circunscripción valenciana, el 68,8% de los votos logrados provenían del PP, en la madrileña el 49,3%, en la murciana el 65,5%, en la cántabra el 76, 2%, en la balear el 70%, en la castellano-manchega el 61,5%. Y así hasta 14 circunscripciones que le devuelven al centro derecha y no a un PSOE que pelea por superar su propio drama, a pesar de estar afectado por el mismo somnífero que arrulla a un Sánchez incapaz de abandonar el populismo zapaterista que derrumbó Ferraz ya en 2011. Los socialistas nunca entregaron su electorado a Ciudadanos.
Su voto joven y urbano ha esquivado a los socialistas por todo el territorio nacional y se ha entregado a la formación de Iglesias o bien a sus confluencias. El siguiente paso para la ultraizquierda ha consistido en trasmutar repentina y discursivamente a la socialdemocracia. Ya no llama “casta” al PP. Ahora es el bloque conservador. Sigue siendo su rival en la propaganda de una forma igualmente severa, pero mucho más educada. Al estilo laborista anglosajón. Olvidando a Corbyn. A lo Tony Blair. Y todo ello podría no sólo acabar con Sánchez, sino también derribar a Rivera, que no pescará sustancialmente en la izquierda. Tampoco si sigue exigiendo la cabeza de Rajoy. Para el PSOE habrá operación de rescate, igual que para el PP. Pero si Ciudadanos vuelve a tropezar, no habrá quien le salve esta vez.