Semana de videocracia

Semana de videocracia
  • Valentí Puig

Un tan inestable período político de la España contemporánea, al pasar de la precampaña electoral a la campaña reglada pudiera ser un desbordamiento de videocracia. La ausencia de ideas que va a abonar las tesis más realistas frente al idealismo democrático. Si las sociedades se hacen más complejas en la medida en que intentan solventar más problemas, la videocracia electoral consiste en simplificar la sociedad porque propaga más reduccionismo que soluciones. Eso viene siendo así desde que se ha ido consolidando la democracia de opinión pero en estas elecciones, sumándose a la desaceleración mundial, la videocracia seguramente va a conseguir una de sus victorias todavía más fútiles. Tal vez sea una consideración políticamente incorrecta pero el hecho es que el voto de cada vez es más presentista, más veleidoso, más insustancial.

Se nos dice que en un momento de tantas incertidumbres –secesionismo catalán, Brexit, un Trump más errático que nunca y una Europa inactiva-, los debates televisivos van a ser determinantes para lo que al final concretará el recuento de la noche del 10-N. En pocas semanas, los debates televisivos- al parecen solo uno- ¿darán luz a la ciudadanía de España?. En realidad, es así como los procesos de deliberación de una sociedad plural quedan reducidos a confrontaciones en platós milimetrados en las que la labia suplanta al discurso, la ocurrencia desplaza las ideas y se impone la descalificación de todos contra todos, en una pugna entre políticos que acaban siendo entelequias demoscópicas. Esos debates tienen un carácter impresionista. Cuenta más el efecto mediático que la sustancia, como el “twitter” o las apariciones instagrámicas. A más brotes anti-políticos, mayor endeblez de una vitalidad pública que aspirase a la “civitas”. La videocracia genera mimetismos por inversión que rompen el equilibrio necesario entre los dos elementos del voto: la pulsión egoísta y la implicación en el bien común.

Puestos ante las urnas, ¿votamos por estricto interés particular o concedemos un margen de voluntad a los asuntos comunes? Es dudoso que haya sedimentado en España una opinión pública realmente articulada y lo cierto es que no van a inspirarla los debates de televisión porque de su reflejo público no se deduce casi nunca quien puede estar más capacitado para gobernar. Rasputines mercenarios susurran a la oreja de sus pupilos el mejor mensaje para ganar voto femenino, rural o postadolescente. Es la política de nichos, franjas, guetos, atomizaciones. Hay que lograr intervenciones breves y calzadas como un SMS. La puesta en escena gestual cuenta más que el saber equilibrar unos presupuestos o negociar en Bruselas. De este modo, el telespectador se desliza por toboganes emocionales o es seducido por un maquillaje retórico, desatento a los criterios de la razón. En tiempos de empatía, al votante no le queda tiempo para la reflexión. En realidad, a pocos interesa la política; a lo sumo, el espectáculo de la política, la feria de las vanidades, la agenda del escándalo. Cuando llegue la hora del 10-N, ¿votaremos pensando en quien está más capacitado para gestionar una desaceleración económica o en cuál será el destino final de los restos mortales de Franco?

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