Lo de Puente
Este columnista no es muy aficionado a ese ejercicio tan español de dar lanzada a moro muerto. Pero es que el «muerto» Puente conlleva tras de sí muchos muertos a sus espaldas. Óscar Puente, incluso después de caído, lo contamina todo.
Tengo referencias del vallisoletano por un lado y por el otro desde que se encaramó como alcalde en la ciudad del Pisuerga. Allí tuvo sus fans y los sigue teniendo, pero siendo como es un enfebrecido terminó por creerse que era de verdad. Que podía ser titular de un ministerio de Estado y administrar en una hora ese enorme conglomerado que políticamente siempre resultó maldito, precisamente por todo el dinero que maneja. En el fondo, los ferrocarriles, los aeropuertos, los puertos y las autovías siempre le importaron un pimiento. Le aburría aquello. Resultaba más divertido tuitear, hacerse el gracioso metiéndose con el resto del mundo y pensando equivocadamente que podía y debía salirle gratis.
Ahora comprueba que no era de verdad y que, además, todos los enemigos son ciertos y todos los amigos, falsos. Suele ocurrir mucho en la vida. Lleva tres días dimitido y empieza a sentir la terrible soledad del vencido que ha dejado una legión de cadáveres en el camino.
Puente es en el fondo el típico tío de provincias dispuesto a comerse el mundo en la capital y para ello hizo todas las gracietas que fueran menester como un bufón, para ganarse el favor del reyezuelo. Comenzó la legislatura insultando en cascada a Nuñez Feijóo y a todo el Partido Popular; lo hizo por encargo de Sánchez y porque necesita hacerse notar en el hemiciclo. Ha tenido tres años de gloria perecedera y ahora todo Dios celebra su entierro.
Dentro de unas semanas, salvo que jueces y fiscales decidan abrir legajos en su contra (con todas las probabilidades), será un ser ignoto que dejó pus allá por donde pasó. A los muertos políticos y físicos suele acompañarles el silencio, la oscuridad y el olvido. Tengo para mí que el «caso Puente», el de las bravatas y los exabruptos hasta hace unas horas, debería servir para todos aquellos políticos, periodistas y estrellas deportivas que viven su minuto de gloria y olvidan que sólo son mortales.
¡Sic transit gloria mundi!