Juventud en rebeldía, Vox en las urnas

Juventud en rebeldía, Vox en las urnas
Diego Buenosvinos

Ah, Aragón. Esa tierra de ensueño seco y viento que despeina los discursos, donde los jóvenes han decidido, con la seriedad de quien descubre que los cuentos de hadas no pagan el alquiler, girar hacia la derecha. Sí, una buena parte hacia Vox. No por ideología profunda, sino por el simple milagro de que alguien les hable con claridad. Porque la izquierda sanchista les ofrecía, según el manual de la buena voluntad, pan, teatro y poesía subvencionada, mientras el mundo real seguía siendo un poco más caro que la paciencia de un santo.

Votantes jóvenes que no se pronuncian en público —¡ay, la discreción de la juventud que teme el escarnio de los likes!— pero que han dado la espalda a la generación que les prometió todo y les dio nada. Esa izquierda que abre las puertas de par en par a la inmigración… siempre que venga con un billete de tren —sin más—, pero que se encoge de hombros ante quien viene a trabajar de verdad. Esa misma izquierda que no soporta la bandera de su propio país, que la hace pesada y absurda, y por eso los jóvenes, en un gesto de lógica perversa, no sólo no se alejan de su patria —como le gusta a Sánchez—, sino que se comienzan a cansar del mismo discurso contra la bandera y su país.

Y así llegamos al 8‑F de 2026, donde el PP vuelve a ganar en Aragón con unos 26 escaños —dos menos que antes—, incapaz de lograr por sí solo una mayoría absoluta y obligado a mirar de reojo a Vox con la veneración de quien pide prestado dinero. Vox, por su parte, duplica su presencia parlamentaria hasta 14 diputados, no tanto por una confianza sincera de los jóvenes, como por la suma de desencanto, frustración y falta de alternativas visibles en otras filas políticas.

Aquí está la clave que casi nadie proclama con altavoces: no ha sido una simple transferencia de votos de PSOE a Vox, sino un trasvase complejo que amalgama el descontento frente a todos los partidos tradicionales. El PSOE de Pilar Alegría, que supera su peor registro histórico, cae a cifras que recuerdan a tiempos sin Podemos fuerte, mientras las marcas progresistas desaparecen del mapa o se diluyen en micro‑coaliciones que no suman nada concreto, como quería Rufián y Bildu le ha dicho nones.

Este fenómeno no es único de Aragón. A nivel nacional y regional se observa una polarización creciente, donde la izquierda tradicional pierde tracción y las nuevas izquierdas —cuando no compiten entre sí como gallos en un corral estrecho— no logran consolidarse porque ya cansan a todos, agotan. Los jóvenes, hastiados de discursos que prometen utopías sin números ni resultados, han optado por respuestas más simples, aunque más radicales: si todo va mal, al menos que haya orden, identidad y alguien que rompa la monotonía del fracaso político. Así se lee desde dentro y fuera de España en estos días post‑urna: la derecha crece y Vox parece su gran beneficiario.

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