Agua, latas, pilas y dinero en efectivo: Europa prepara a sus ciudadanos para el apocalipsis
Nos están enseñando a aceptar como posible una vida sin luz, sin agua, sin comunicaciones, sin abastecimiento
Es el perfecto reverso de lo que fue durante más de medio siglo la «promesa europea», un sistema de paz eterna y prosperidad siempre creciente. Mientras el resto del mundo se afanaba furiosamente para sobrevivir, resistir una guerra, superar una hambruna, nosotros podíamos darnos el lujo de discutir el color de las paredes.
Y, de repente, la amenaza urgente, inmediata, como para mañana mismo, es un misterioso peligro capaz de dejar las ciudades a oscuras, los grifos secos, los supermercados vacíos, los teléfonos mudos. Algo que obligue a millones de británicos, por ejemplo, a sobrevivir por sus propios medios, sin saber cuándo volverá la normalidad. Y es su propio Gobierno quien les está diciendo que se preparen.
El pasado jueves, 22 de octubre, el Gobierno británico puso en marcha una campaña nacional de tres años bajo el lema Be Ready, «Estáte preparado». Los ciudadanos deben guardar agua embotellada, alimentos no perecederos, linternas, pilas, medicamentos y dinero en efectivo. Tres litros de agua por persona y día, durante al menos tres días. Una radio de pilas, porque los móviles pueden dejar de funcionar. Billetes, porque los cajeros y los terminales de pago pueden quedar inutilizados. Conservas que puedan comerse frías, porque quizá tampoco funcione la cocina.
El ministro de Seguridad, Dan Jarvis, presentó la iniciativa como una manera de aliviar la presión sobre los servicios de emergencia. En el Parlamento, este martes, Jarvis volvió a mencionar expresamente las graves amenazas procedentes de países como Rusia.
Es un mensaje que pilla a Europa con el pie cambiado, sacado de una peli de catástrofes. El Estado que administra una de las sociedades más desarrolladas de la historia pide a sus ciudadanos que aprendan a desenvolverse durante días como si acabaran de sufrir un bombardeo. Que imaginen qué hacer cuando el interruptor deje de encender la luz, el grifo no dé agua, el teléfono sea un pisapapeles y el dinero de su cuenta bancaria resulte tan útil como el de un tablero del Monopoly.
Pero no se trata de una excentricidad británica. En Suecia, el Gobierno distribuyó en noviembre de 2024 nada menos que 5,2 millones de ejemplares de un folleto titulado En caso de crisis o guerra. Treinta y dos páginas con instrucciones sobre cómo almacenar víveres, encontrar refugio, reconocer las alarmas y sobrevivir una semana sin ayuda exterior. La publicación advierte de que el país atraviesa la situación de seguridad más grave desde la Segunda Guerra Mundial. En un país que hizo de la neutralidad una especie de religión civil, los ciudadanos vuelven a recibir lecciones sobre sirenas, refugios y ataques armados.
Polonia prepara a sus hogares para escenarios todavía más concretos: bombardeos, evacuaciones, contaminación química o radiológica. Alemania recomienda almacenar alimentos y agua para diez días, además de explicar cómo actuar ante apagones y amenazas militares. Noruega pide reservas para una semana. Finlandia conserva una vasta red de refugios y una cultura de preparación civil que nunca llegó a desaparecer del todo.
Los Países Bajos distribuyeron entre más de ocho millones de hogares un manual que invita a imaginar una mañana bastante desagradable: el agua ha dejado de salir del grifo, se ha ido la electricidad y ha desaparecido internet. La vida cotidiana, que parecía funcionar sola, se revela como un prodigioso mecanismo de millones de piezas cuya avería puede dejarnos tan indefensos como nuestros antepasados ante un asedio medieval. Solo que nuestros antepasados sabían encender un fuego.
Bruselas ha elevado esta pedagogía de la calamidad a doctrina comunitaria. En marzo de 2025, la Comisión Europea presentó una estrategia de preparación con treinta medidas y el objetivo de que todos los ciudadanos puedan resistir al menos 72 horas sin asistencia. Reservas estratégicas, cooperación civil y militar, sistemas de alerta y enseñanzas sobre emergencias en las escuelas. La Unión Europea, que durante décadas dedicó sus energías a regular hasta los detalles más insignificantes de nuestra existencia, se dispone ahora a enseñarnos a sobrevivir cuando desaparezcan sus comodidades más elementales.
Y al otro lado del Atlántico, la imaginación de los planificadores militares alcanza proporciones bíblicas. Según reveló Fox News el pasado domingo, el Pentágono desarrolla un programa llamado FORTRESS para que sus principales bases militares puedan funcionar durante noventa días aisladas de las redes civiles. Electricidad autónoma, reservas de combustible, agua, comunicaciones, municiones y suministros médicos. El portavoz del Departamento de Defensa, Sean Parnell, lo explicó con una frase que merece figurar en algún manual del apocalipsis moderno: «La electricidad es ahora capacidad de combate».
El Pentágono contempla la posibilidad de una gran guerra que paralice las redes eléctricas, destruya las cadenas de suministro y convierta el territorio estadounidense en un escenario de vulnerabilidades hasta ahora reservadas a países lejanos. Europa recomienda tres días de supervivencia doméstica; Washington quiere noventa días de autonomía militar. Uno empieza a preguntarse si habrá que desempolvar también los viejos refugios antinucleares y aprender a distinguir una nube de hongo de una de tormenta.
Hay algo extraordinario en todo esto. Quienes recuerden las películas de catástrofes de hace medio siglo tendrán presente un personaje casi obligatorio: el alcalde, el gobernador, el ministro, la autoridad que trataba de quitar hierro a la amenaza, tranquilizar a la población y evitar el pánico, incluso cuando el monstruo estaba a punto de salir del agua o el volcán empezaba a escupir lava. Los guionistas daban por supuesto que sembrar el terror colectivo era una de las mayores irresponsabilidades de un gobernante. Y ahora se ha invertido la película. Los ciudadanos siguen con sus asuntos y son las autoridades quienes aparecen para describirles, con todo lujo de detalles, el horror que les aguarda.
Durante años, los aficionados a almacenar conservas, combustible y municiones en un sótano fueron objeto de burlas. Eran los preppers, unos excéntricos obsesionados con el derrumbe de la civilización. Ahora sus recomendaciones se parecen sospechosamente a las que emiten los gobiernos más respetables del planeta. La diferencia es que el supervivencialista desconfiaba de la capacidad del Estado para protegerlo. El Estado acaba de darle razones para desconfiar.
Y aquí llega la pregunta que debería hacerse cualquier europeo antes de salir corriendo a comprar latas de sardinas: ¿por qué? La explicación oficial se llama Rusia.
Pero Rusia lleva más de cuatro años empeñada en una guerra devastadora contra Ucrania, a un coste humano, económico y material gigantesco. Ha encontrado dificultades enormes para imponerse a un adversario mucho más pequeño y débil. ¿Qué estratega del Kremlin podría contemplar seriamente una guerra abierta contra la OTAN, una alianza que reúne a algunas de las mayores potencias económicas y militares del mundo y dispone de arsenales nucleares capaces de convertir cualquier victoria en un pésimo negocio? Sobre todo, ¿para qué? ¿Qué ganaría Rusia conquistando países europeos? ¿Sus reservas de materias primas? ¿Sus inmensas extensiones agrícolas? ¿Su extraordinaria estabilidad social? La ocupación de territorios hostiles, densamente poblados y políticamente complejos sería una pesadilla logística y militar, suponiendo que Moscú consiguiera primero lo prácticamente imposible: derrotar a la Alianza Atlántica.
¿Para qué nos están preparando de verdad? Los gobiernos europeos atraviesan una crisis de legitimidad que se manifiesta en el estancamiento económico, el deterioro de los servicios públicos, las dificultades de acceso a la vivienda, el declive demográfico y una desconfianza creciente hacia las instituciones. La vieja promesa de bienestar indefinidamente creciente empieza a parecerse a uno de esos contratos escritos con tinta simpática: las garantías desaparecen justo cuando llega el momento de reclamarlas.
Y una amenaza exterior puede alterar radicalmente las prioridades de una sociedad. Los problemas de gestión pasan a segundo plano. El sacrificio se convierte en virtud patriótica. El rearme desplaza otros gastos. La crítica al poder corre el riesgo de confundirse con deslealtad. La población, que ayer preguntaba por sus salarios, sus impuestos o el estado de los hospitales, empieza a preguntarse dónde encontrar un refugio.
La historia conoce de sobra el rendimiento político de las amenazas exteriores. También conoce el peligro de los gobernantes que llegan a considerar la confrontación como una salida a sus dificultades internas. Precisamente por eso conviene exigir explicaciones sobre cada decisión que pueda acercar una guerra, sobre los objetivos que se persiguen y sobre las oportunidades de evitarla.
Y todavía hay un detalle que parece sacado de una guerra de Gila. Los gobiernos europeos nos advierten de que el enemigo puede dejarnos sin luz, sin agua, sin comunicaciones y sin comida. Y acto seguido anuncian solemnemente que van a dedicar los próximos tres años a enseñarnos a sobrevivir a semejante desastre. Uno imagina la llamada al Kremlin: «¿Es el enemigo? Mire, que somos los europeos. Que nos han pillado sin pilas y con la despensa vacía. ¿Podrían esperar a que terminemos la campaña? Ya les avisaremos cuando estemos preparados».
Nos están enseñando a aceptar como posible una vida sin luz, sin agua, sin comunicaciones, sin abastecimiento. Nos están acostumbrando a imaginar una catástrofe que hasta ayer parecía inconcebible en Europa. Antes de resignarnos a ella, quizá deberíamos preguntar quién ha decidido que el apocalipsis forme parte de nuestro futuro.