Tomás Olivo: el niño que se fue a trabajar con 11 años y terminó comprando la sede de Telefónica en Gran Vía
El empresario murciano controla hoy más de 5.000 millones en activos y posee el 9,4% de Unicaja

Tomás Olivo tenía apenas 11 años cuando dejó su pueblo natal, Balsapintada (Murcia), y se marchó a Barcelona para trabajar. Más de medio siglo después, aquel niño de una familia trabajadora se ha convertido en uno de los hombres más ricos de España, controla un imperio inmobiliario valorado en más de 5.000 millones de euros sólo en activos nacionales y acaba de comprar por unos 200 millones la histórica sede de Telefónica en la Gran Vía de Madrid.
La historia familiar de Tomás Olivo estuvo marcada por la Guerra Civil mucho antes de que él comenzara a levantar su imperio empresarial. Su padre había sido militar republicano y, tras la guerra, fue condenado a muerte por el régimen de Franco. Estuvo a punto de ser fusilado, pero recibió el indulto apenas nueve días antes de la fecha prevista para su ejecución. De aquel entorno humilde y de una familia golpeada por la posguerra salió Olivo, que pasó de así a buscarse la vida.
Su patrimonio personal ronda actualmente los 6.000 millones de euros. Pero la historia empresarial de Olivo comenzó mucho antes de que aparecieran los centros comerciales, las participaciones bancarias o las grandes operaciones inmobiliarias.
De hecho, comenzó a trabajar incluso antes de abandonar Murcia. Durante su infancia ayudaba vendiendo por las tardes pasteles y carne procedentes de la tienda de una tía. A los 11 años dio un paso que marcaría su vida: se marchó a Barcelona para ganarse la vida.
Allí comenzó a trabajar y ahorrar. Una de sus primeras inversiones fue un tractor, una decisión que anticipaba una característica que posteriormente repetiría a una escala incomparablemente mayor: acumular capital mediante el trabajo para volver a invertirlo.
A los 17 años se incorporó voluntariamente al servicio militar en Cartagena y, posteriormente, comenzó a abrirse camino en la construcción. Olivo pasó por la obra civil, adquirió maquinaria y terminó participando en proyectos de infraestructuras y trabajando con algunas de las grandes compañías españolas.
Su actividad llegó a incluir obras de pantanos, además de trabajos relacionados con las refinería de Cartagena y Tarragona, en las que arrancó a trabajar gracias a distintas uniones temporales de empresas con Parkinson Española, Entrecalanes y Tavora. Algo similar a lo que hizo en sus trabajos para el trasvase Tajo-Segura junto a Dragados y Construcciones. Después arrancó su propio camino como constructor en los mismos ámbitos, con un éxito envidiable en las licitaciones.
Además, ha logrado incrementar mucho su fortuna gracias a la construcción de decenas de centros comerciales para compañías como Pryca (posteriormente integrada en Carrefour) y Alcampo.
El negocio que le haría multimillonario
La experiencia adquirida construyendo centros comerciales llevó a Olivo a dar un paso más: dejar de limitarse a construirlos para terceros y convertirse también en propietario.
Sobre esa idea levantó General de Galerías Comerciales (GGC), la compañía alrededor de la cual ha construido uno de los mayores patrimonios inmobiliarios privados de España.
La dimensión que ha alcanzado el grupo permite medir la distancia recorrida desde aquellos primeros trabajos. Los activos españoles de GGC superaron por primera vez en 2025 los 5.000 millones de euros de valoración.
La compañía cuenta con 14 parques y complejos comerciales en funcionamiento o desarrollo y más de 1.100 locales. En su cartera aparecen algunos de los grandes centros comerciales españoles, como La Cañada, en Marbella; Nevada Shopping, en Granada; Mataró Parc, en Barcelona; Gran Plaza, en Almería; Las Terrazas o El Mirador, en Canarias.
El negocio, además, genera cientos de millones. GGC cerró 2025 con unos ingresos de 209,8 millones de euros y un beneficio cercano a los 230 millones, más de un 40% superior al ejercicio anterior.
Pero una de las claves de la trayectoria de Olivo no ha sido únicamente cuánto gana, sino qué hace posteriormente con ese dinero.
Su estrategia durante décadas ha consistido en conservar activos, generar rentas y reinvertir el capital. Una filosofía empresarial alejada de las grandes operaciones especulativas de entrada y salida rápida y que él mismo resumió en una de sus escasas declaraciones públicas: «Yo no doy pelotazos. Me he pasado toda mi vida trabajando».
Del tractor a comprar la sede de Telefónica
La última operación permite establecer una comparación difícilmente más gráfica.
Si una de las primeras inversiones de aquel joven trabajador fue un tractor, décadas después Olivo acaba de desembolsar alrededor de 200 millones de euros para adquirir uno de los inmuebles más emblemáticos de España.
Telefónica ha vendido al empresario el histórico edificio situado en el número 28 de la Gran Vía madrileña, levantado entre 1926 y 1929 y convertido durante casi un siglo en uno de los grandes símbolos arquitectónicos de la capital.
La operación vuelve a mostrar la enorme capacidad inversora que ha acumulado Olivo.
Y los centros comerciales ya no son su único gran negocio. El empresario ha destinado también cientos de millones de euros a construir una importante posición en el sector financiero.
Su inversión más relevante es Unicaja Banco, donde se ha convertido en uno de sus principales accionistas al controlar alrededor del 9,4% del capital. Sólo esta participación le permitió ingresar 41,6 millones de euros en dividendos, a los que se sumaron cerca de otros 16 millones procedentes de inversiones en otras entidades financieras.
Perfil discreto para una fortuna inmensa
La dimensión de su patrimonio contrasta, además, con el perfil público de Olivo. El empresario apenas concede entrevistas, mantiene una exposición mediática mínima y ha permanecido durante décadas alejado del protagonismo habitual de otros grandes empresarios españoles. Huye de los focos y, probablemente gracias a esa manera de actuar y negociar, haya logrado superar a grandes fondos de inversión extranjeros y a las grandes aseguradoras, que también pujaban por la sede de Telefónica y que han visto cómo Olivo terminaba, una vez más, convirtiendo esa paciencia en una de sus adquisiciones más sonadas.