Victoria histórica del español (6-0, 6-2, 7-5)

Nadal destroza a Djokovic y conquista su decimotercer Roland Garros

Rafael Nadal es invencible en Roland Garros. El tenista español se proclamó vencedor en París por decimotercera vez, después de derrotar a Novak Djokovic con una victoria (6-0, 6-2, 7-5) que pasará a los anales de la historia

Nadal Roland Garros
Nadal celebra su victoria en Roland Garros. (Getty)

Nadie es capaz de reescribir la historia como lo hace Rafael Nadal en Roland Garros. El idilio, que ya es incomparable y apunta a ser eterno, entre el héroe español y la tierra de París alcanzó nuevas cotas en este 2020. Con todo en contra, pelotas, techo, frío… y Novak Djokovic enfrente, Rafa consiguió una de las grandes victorias (6-0, 6-2, 7-5) del siglo en el tenis mundial. Con una función perfecta y para la que sobran más adjetivos, el rey barrió de su tierra al número uno, que llegaba imbatido a un partido en el que sólo pudo sumar siete juegos. Sin explicación lógica en la mano, el 12+1 de Rafael Nadal Parera en Roland Garros habrá que apartarla de análisis y dejarla a la consideración divina del superhéroe nacional.

La irrupción de los nuevos talentos, con Thiem y Medvedev, a la cabeza, en el US Open, no había evitado el regreso de la vieja normalidad en el tenis mundial con la llegada de Roland Garros. Después de seis encuentros y mostrarse como los mejores y más regulares tenistas, Rafael Nadal, el invencible en París, se medía al imbatido en 2020, Novak Djokovic. Nadal, doce veces campeón en París, número dos mundial, contra Nole, número uno y con opción de acabar un año sin derrotas –más allá de su descalificación en el US Open–.

Los extraordinarios retos a los que se enfrentaba Nadal en el partido se enumeraban con la normalidad a la que nos ha acostumbrado el balear. El 12+1 en Roland Garros, 100 victorias –y sólo dos derrotas– en el torneo, y la opción igualar en Grand Slams de Federer. En el caso de Djokovic, la afrenta no era menor. En su caso, ganar significaría su decimoctavo Grand Slam, en casa Nadal, y con la posibilidad de convertirse en el único en la historia del tenis en vencer al menos dos veces en los cuatro grandes. En otras palabras, un duelo que, independientemente del resultado, pasaría a la historia del tenis.

El encuentro contaba con varias connotaciones que podían marcarlo y la primera, semi obligada, corría en contra de Rafa. La cambiante meteorología de París hizo que la organización tomara la decisión de declarar el partido indoor. Djokovic, de tiros algo más potentes y planos, partía a priori como beneficiado, aunque Nadal, una vez las pelotas y el frío le habían cambiado el paso, no iba a frenar su candidatura por unas gotas de lluvia. En el primer juego, al resto, Rafa demostraba que aún bajo techo, la tierra de Roland Garros seguía siendo su tierra. Break y comienzo inmejorable para el español.

Un rosco para la historia

La dificultad del primer juego no impedía el optimismo generalizado por el inicio, pero sí eclipsaba lo que estaba por venir, a todas luces inesperado. En seis juegos, casi todos ellos competidos al máximo por parte de las dos grandes figuras del tenis mundial, Rafael Nadal iba a construir una obra maestra en forma de rosco para pegar muy muy fuerte en la moral de Djokovic para lo que resta de partido.

Nole, cuyo rendimiento no fue ni mucho menos de cero, peleó cada pelota contra un jugador capaz de golpear todas las pelotas de forma precisa, limpia, y con las piernas de un ser invencible sobre tierra batida. Cada punto clave para romper la paridad fue a parar al casillero de Nadal, que se llevaba con 6-0 el primer set de la final.

¿Cómo era posible que el número uno del mundo, imbatido en 2020, comenzara perdiendo una final por 6-0? Para muestra, un botón. La perfección en el juego de Nadal no le iba a abandonar durante el comienzo del segundo set, ni siquiera cuando Djokovic, después de 55 minutos y un esfuerzo titánico al servicio, lograba su primer juego del partido. La máquina de Rafa iba a seguir en marcha y a pleno rendimiento, y no en vano volvía a romper para ponerse con ventaja. Infranqueable al saque, perfecto de revés, a niveles históricos con su derecha y con una determinación made in Nadal.

La maquina Nadal

El mejor deportista de todos los tiempos en España tenía una misión, y su golpe sobre la mesa apuntaba a obviar su título para comenzar a especular con una paliza histórica sobre su eterno rival, ese que hace bien poco le tenía tomada la medida en muchas de las canchas del planeta, pero no en Roland Garros. Djokovic tenía que volver a rozar el sobresaliente para sumar un juego, el segundo en su cuenta particular, aunque para entonces el segundo set ya tenía un cinco en el casillero de Nadal, que mantenía la boca abierta de los 1.000 aficionados que tuvieron la suerte de verle cerrar también el segundo set, sin rosco pero con otra paliza sobre un rival descorazonado, y con razón.

Imaginen ser Djokovic, llegar a una final de Roland Garros, la tercera contra Nadal y a priori con más opciones que nunca de tumbar al rey de la tierra. Imaginen por un momento arribar a la Philippe Chatrier y encontrarse con semejante vendaval de tenis. El semblante del serbio era para caricaturizar, y no, ni siquiera se planteó pedir asistencia médica. Como dijo Carreño, esa podía ser una estrategia de Nole en caso de derrota, pero lo que estaba aconteciendo en la final de Roland Garros era otra cosa.

El minutado del partido no se correspondía con el resultado, pero en cualquier caso, las dos horas de partido llegaron, paradójicamente, en el momento en que Rafa despegaba en el tercer set. Después de unas ligeras, ligerísimas dudas en su segundo juego de servicio, Nadal rompía la paridad considerando que con 2-2, para lo que venía acostumbrando, se había alargado demasiado.

Djokovic despierta, Rafa se corona

No obstante, Rafa había perdido por momentos su condición divina, en gran medida marcada por el subidón de un Djokovic que también estaba jugando el partido. Por muchas dudas que la apisonadora Nadal hubiera dejado con su nivel, el encuentro se celebraba entre el número uno y el numero dos y la igualdad debía hacer acto de presencia. Nole se dio un pequeño homenaje, aún incrédulo con lo que estaba sucediendo, y quebró el saque de Rafael para igualar la contienda. El tercer parcial apuntaba a un desenlace épico.

Nadal había convivido con la paliza absoluta, la semi paliza, y ahora debía frenar los arrebatos de un Djokovic que quería destacar en sus últimas voluntades sobre la pista. El tenis del serbio era excelso, pero lógicamente propenso al fallo. Mientras, Rafa esperaba su oportunidad con el ‘modo muro’ activado, sin errar una sola pelota. No pudo lograr la rotura definitiva con el 3-3, ni con el 4-4, pero en el 5-5, su superlativo repertorio tenístico obtenía el premio de sacar por el título en Roland Garros.

Los nervios a flor de piel para cualquier tenista, pero Nadal, entre su determinación en el partido y la mentalidad ganadora de serie, mostraba en su semblante capacidad de manejarse a las mil maravillas. Coser y cantar, con un ace para cerrar una función para la historia. Al fin y al cabo, ya había pasado por ello 12 veces, y en todas había salido ganador. Rafael Nadal Parera es dios en la tierra y un año más, campeón en Roland Garros.

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