Reflexión

Mariano José de Larra, escritor madrileño del romanticismo, sobre la prudencia: «El talento no ha de servir para saberlo y decirlo todo, sino para saber lo que se ha de decir de lo que se sabe»

Retrato de Mariano José de Larra, obra de José Gutiérrez de la Vega (circa 1835). Dominio público, vía Wikimedia Commons.
Retrato de Mariano José de Larra, obra de José Gutiérrez de la Vega (circa 1835). Dominio público, vía Wikimedia Commons.
Naiara Philpotts
  • Naiara Philpotts
  • Editora formada en la Universidad de Buenos Aires, con posgrado en lectura crítica. Escribo sobre ciencia, tecnología y actualidad. Soy escritora de novelas y gran aficionada a la ciencia ficción.

Bajo el seudónimo de Fígaro, en la prensa madrileña de la década de 1830, Mariano José de Larra dejó en uno de sus artículos de crítica literaria una advertencia breve sobre el talento.

En el texto, Larra separa dos cosas que suelen confundirse: saber mucho y saber qué conviene contar de ese saber. Su reflexión apunta a un problema concreto del oficio de escribir, puesto que para él no toda idea merece difundirse en el momento en que se tiene, y el criterio para elegir qué compartir define, según Fígaro, al verdadero talento.

¿Qué quiso decir Mariano José de Larra sobre el talento y la prudencia?

«El talento no ha de servir para saberlo y decirlo todo, sino para saber lo que se ha de decir de lo que se sabe», escribió Larra en uno de sus artículos de crítica literaria firmados como Fígaro, según recoge Zenda.

La frase del madrileño distingue el conocimiento acumulado del criterio para seleccionarlo. Tener información no basta si falta el juicio para decidir qué parte de ella conviene exponer, y a quién, y en qué momento.

Larra escribía en plena discusión sobre el romanticismo en la prensa española, un movimiento que él mismo ayudó a instalar con obras como el drama Macías, prohibido antes por la censura y representado recién en 1834, el mismo año en que publicó la novela histórica El doncel de don Enrique el doliente.

El límite entre saber algo y decidir contarlo, según Larra

Ese mismo límite atraviesa la obra periodística de Larra. En El Pobrecito Hablador, la publicación que fundó en 1832, la crítica social aparece filtrada por la ironía y el costumbrismo, no por la denuncia directa, como muestra el artículo El castellano viejo.

La prudencia que reclama la frase pasa por elegir cómo decir las cosas, no por callarlas. Larra no oculta lo que piensa sobre la sociedad de su tiempo, escoge el modo indirecto de plantearlo, a través de tipos y escenas reconocibles para el lector madrileño.

Esa misma lógica explicaría, quizá, por qué Larra firmaba como Fígaro y no con su nombre completo en buena parte de sus artículos políticos, publicados en La Revista Española a partir de 1833.

¿Quién fue Mariano José de Larra, el escritor madrileño del romanticismo?

Mariano José de Larra nació el 24 de marzo de 1809 en un Madrid ocupado por el ejército de Napoleón, en plena Guerra de la Independencia. Hijo de un médico afrancesado, salió al exilio con su familia a Francia a los cinco años y estudió en Burdeos y en París hasta 1818.

De vuelta en Madrid, continuó su educación en español. Publicó su primer texto en 1827, una oda dedicada a la exposición de la industria española, y se casó en 1829 con Pepita Wetoret, matrimonio del que nacieron tres hijos y que terminó en un gran desacuerdo.

En 1835, Larra viajó a Londres y París. A su regreso, en 1836, se alió políticamente con el gobierno de Istúriz, una alianza que terminó en fracaso tras el Motín de la Granja.

En sus últimos artículos de ese año, teñidos por un tono más desesperado, Larra escribió que «no tardó en cubrir mi frente una nube de melancolía, de aquellas melancolías de las que solo un liberal español en estas circunstancias puede formar una idea aproximada».

Mantuvo después una relación intermitente con Dolores Armijo. El 13 de febrero de 1837, ella visitó a Larra para descartar cualquier reconciliación, y esa misma noche el escritor se quitó la vida de un disparo.

Antonio Machado escribió que Larra «se mató porque no pudo encontrar la España que buscaba, y cuando hubo perdido toda esperanza de encontrarla».

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