Fernando (39 años) es el único habitante de un pueblo soriano: «Mis gastos principales son el coche y la comida, pero con 1.200 € al mes vives perfectamente y te sobra»
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Benamira, una pedanía de Medinaceli situada al sur de la provincia de Soria, llegó a superar los 300 habitantes en tiempos de los abuelos de Fernando del Amo. Tenía escuela, médico, una tienda y dos bares. Hoy conserva 58 casas en pie y un solo vecino permanente durante buena parte del año: él, el único habitante de un pueblo soriano convertido en símbolo de la España vaciada.
Fernando, nuestro protagonista de 39 años, enseñó su día a día al creador de contenido Diego Revuelta en un vídeo publicado en YouTube. Durante el paseo por las calles vacías habló de la soledad, de los servicios que faltan y de las cuentas que hace cada mes para vivir allí.
¿En qué gasta su dinero Fernando, si es el único habitante de Benamira?
La casa en la que vive es familiar, así que no paga alquiler ni hipoteca. A partir de ahí, la lista de gastos es corta. Según detalló en la conversación, sus facturas mensuales se reparten así:
- Comida: unos 400 euros, algo más que en una ciudad porque en la zona los precios son más altos (y porque, según admite, es «un poco de morro fino»).
- Coche: unos 300 euros en gasolina. En Benamira no hay transporte público y, sin vehículo propio, no hay forma de moverse.
- Luz: entre 40 y 50 euros.
- Móvil: unos 50 euros con datos ilimitados, ya que en el pueblo no hay conexión a internet fija.
Esto, en total, daría alrededor de 800 euros al mes. Con esas cifras, un sueldo de 1.200 euros alcanza de sobra. El suyo, en conservación de carreteras, ronda los 1.500.
«No ahorro tanto, pero podría. Si me pongo estricto, sí que ahorro 700 euros. Pasa que no me pongo estricto porque también hay que disfrutar de la vida», explicó.
Por otra parte, el ocio dentro del pueblo no cuesta nada. El gasto llega cuando se escapa a Madrid o Zaragoza, a una hora y media en coche, para ver a amigos o actuar.
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Fernando se levanta sobre las seis de la mañana y tarda quince minutos en llegar al trabajo. «En ese aspecto llevo una vida como una persona de Madrid», resume. La diferencia es que en la capital hay quien pasa dos horas en el transporte.
Por las tardes sale a correr por el monte, cuida el huerto, lee, cocina y escribe. También prepara monólogos sobre el mundo rural, una afición que explica con humor: se define como «monologuista por obligación», porque no tiene con quién hablar.
La soledad, asegura, la lleva «muy bien». Calcula que pasa al menos 200 días al año solo. En agosto llegan los veraneantes, y las fiestas de San Miguel, el 29 de septiembre, marcan el final de la temporada. En octubre, cuando aprieta el frío, llega lo que él llama «el abandono total».
Entre las ventajas de vivir así enumera dos con ironía: no discute con nadie y es, a la vez, el más alto, el más bajo, el más listo y el más tonto del pueblo.
¿Y qué queda de un pueblo como Benamira cuando se marcha su gente?
Las casas de Benamira no están en ruinas. Los hijos y nietos del pueblo las mantienen y se reúnen cada mes o mes y medio para comer y hacer tareas de mantenimiento; a veces juntan a 80 personas. La antigua escuela, que funcionó hasta hace 50 o 60 años, es hoy el local de la asociación vecinal.
Mientras tanto, la iglesia es otra historia. Ya no hay misa y el cura solo aparece para los entierros. Las pinturas de la bóveda, de los años 90, se deterioran por las humedades, y el pueblo ha pagado de su bolsillo el retejado.
Fernando cree que estos templos deberían pasar a manos de los pueblos para que pudieran gestionarlos.
Como dato de color, en una calle sigue en pie el rosal que plantó su abuela hace 40 años. «La mayor pena y rabia que da esto es que cuando paso por la fuente en invierno sé que no hay nadie», confiesa. Y piensa en todo lo que levantaron sus abuelos.
Los servicios tampoco ayudan. El hospital más cercano está a 90 kilómetros, más de una hora en coche, y en el pueblo ha habido infartos que solo se atendieron gracias al helicóptero.
A eso se suman los cortes de luz: cada veinte días o un mes, el suministro desaparece durante horas, a veces casi un día entero.
¿Cómo hizo para ser el único habitante de un pueblo soriano frente a la crisis de la vivienda?
Fernando llegó a Benamira con 22 años. Le salió un trabajo cerca y pensó que así se ahorraba un alquiler. Iba a quedarse cuatro meses y ya lleva diecisiete años. Con el tiempo, a la razón práctica se sumó otra: el arraigo de haberse criado allí cada verano.
Para él, la despoblación es un problema más grave que la vivienda, aunque los dos están conectados. En su opinión, construir vivienda pública en las comarcas más despobladas atraería a gente cansada de pagar «700 u 800 euros por una habitación» en una capital. En Benamira, calcula, una casa se alquilaría por 200 o 250 euros como mucho.
Desde luego, interés no falta. Tras conocerse su historia, el pueblo recibió más de 400 solicitudes de personas que querían mudarse. El problema, lamenta, es que no hay un plan: ni viviendas disponibles, ni trabajo organizado, ni una conexión que permita teletrabajar con garantías.
Esa frustración lo llevó a presentarse como número siete de Soria ¡Ya! en las elecciones autonómicas de Castilla y León de marzo de 2026. «Todos los grandes partidos hablan de despoblación, pero nadie hace nada», denunció en declaraciones a otros medios locales.
Por esas mismas fechas, Benamira sumó vecinos por primera vez en años. Una familia llegada de Georgia (un matrimonio con dos niños pequeños) compró una casa en el pueblo. No hablan español ni inglés, así que Fernando se entiende con ellos a través del traductor del móvil.