La extraordinaria lección del Cid Campeador sobre liderazgo: «Al rey que de Castilla me ha echado quiero hacerle donación de 30 buenos caballos»
El Cantar de mio Cid dedica uno de sus pasajes más recordados al momento en que Rodrigo Díaz de Vivar decide enviar un presente inesperado al monarca que acababa de expulsarlo. Tras vencer en Alcocer a los reyes moros Fáriz y Galve, el Cid Campeador manda a su lugarteniente Minaya Álvar Fáñez a la corte de Castilla.
El regalo consiste en treinta caballos para el rey Alfonso VI, el mismo que lo había desterrado. El gesto encierra una idea de liderazgo que el poema medieval repite una y otra vez, la de compartir el mérito y la recompensa incluso con quien lo había tratado con injusticia.
El regalo del Cid Campeador al rey que lo desterró de Castilla
En la versión modernizada del poema que difunde el Consorcio Camino del Cid, el héroe ordena a su hombre de confianza que lleve el obsequio a la corte. Las palabras del Cid no dejan margen a la duda.
«Al rey de Castilla, Alfonso, que de allá me ha desterrado, quisiera enviarle como presente treinta caballos, cada uno con su silla y todos bien embridados», encarga el Campeador a Minaya.
El envío no es un simple tributo, puesto que Rodrigo Díaz reconoce a su señor natural pese al agravio del destierro y le atribuye parte del fruto de la victoria.
Cuando el mensajero presenta los animales ante el trono, «al contemplar el presente, así sonrió el monarca», según recoge el mismo cantar. La escena abre un largo intento de reconciliación entre el caballero y la corona de Castilla.
¿Quién fue Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador?
Según el Consorcio Camino del Cid, Rodrigo Díaz nació entre 1045 y 1049 en Vivar, una localidad próxima a Burgos. Se crió en la corte del príncipe Sancho, peleó en la batalla de Graus en 1063 y ganó allí el apodo de Campeador.
Alfonso VI lo casó con Jimena Díaz alrededor de 1074, señal de que el caballero pertenecía a la primera nobleza de León.
La relación con el rey se quebró tras el incidente de Gormaz, en 1080, que le costó el destierro y lo empujó a servir como militar en la taifa de Zaragoza. Al servicio del rey Almutamán venció en las batallas de Almenar, en 1082, y de Morella, en 1084.
Su mayor conquista llegó en 1094, cuando tomó Valencia y se proclamó señor de la ciudad. Allí gobernó un territorio donde convivían cristianos, musulmanes y judíos hasta su muerte, en 1099. Sus restos acabaron trasladados al monasterio de San Pedro de Cardeña, cerca de Burgos.
El reparto del botín, la otra cara del liderazgo del Cid
La generosidad del Cid Campeador no apunta solo al rey. El mismo episodio muestra cómo el caudillo divide las ganancias con sus hombres y ofrece a Minaya tomar cuanto quiera del botín conseguido en el campo de batalla.
«Oíd, Minaya, vos que sois mi diestro brazo, de todas estas riquezas que el Creador nos ha dado, según vuestro parecer, tomadlas con vuestra mano», le dice Rodrigo Díaz a su lugarteniente.
Esa costumbre de repartir la recompensa explica la fidelidad de la hueste que lo acompaña al exilio. El poema insiste en el motivo cuando el Campeador vuelve a mandar caballos a la corte, esta vez cien, en una segunda embajada con la que busca el perdón de Alfonso VI y el permiso para reunir a su familia.