Psicología

Según la psicología, las personas mayores no solo están observando su entorno cuando miran por la ventana, sino que es una forma de seguir participando en la vida

Una persona mayor mirando por la ventana
Una persona mayor mirando por la ventana
Laura Mesonero
  • Laura Mesonero
  • Laura Mesonero Ortiz (Madrid, 2002) Periodista especializada en SEO editorial y desarrollo de audiencias digitales, con experiencia en medios nacionales de referencia como La Razón (Grupo Planeta), The Objective media y ahora en OkDiario. Experta en estrategia de contenidos orientada a Google Discover y Google Search. Perfil híbrido entre redacción, análisis de datos y visión estratégica.

Todos recordaremos la figura de «la vieja del visillo», esa abuela que, al escuchar un ruido en la calle o ver movimiento, corría la cortina para asomarse a la ventana y descubrir qué estaba pasando fuera. Durante años, esta imagen se ha asociado al cotilleo o a la curiosidad por la vida de los vecinos. Sin embargo, la psicología ofrece una explicación muy distinta. Lejos de querer saber más sobre los demás, este comportamiento responde a necesidades emocionales y cognitivas propias de esta etapa de la vida.

Con el paso de los años, muchas personas mayores desarrollan pequeños hábitos que se convierten en parte de su rutina. A simple vista pueden parecer costumbres sin importancia o incluso comportamientos repetitivos, pero para la psicología tienen un significado mucho más profundo. 

Por qué las personas mayores miran por la ventana, según la psicología

Para la psicología, mirar por la ventana permite a muchas personas mayores mantener el vínculo con el mundo exterior. Aunque ya no participen de la vida social con la misma frecuencia que antes, observar el movimiento de la calle les ayuda a sentirse conectadas con lo que ocurre a su alrededor.

Ver pasar a los vecinos, escuchar a los niños jugar, contemplar cómo cambian las estaciones o fijarse en pequeños acontecimientos cotidianos proporciona estímulos que mantienen activa la mente y aportan estructura al día. Cada escena, por rutinaria que parezca, ofrece información nueva que rompe la monotonía y favorece la sensación de continuidad con la vida que transcurre más allá de las paredes del hogar.

Una rutina que combate la soledad y estimula la imaginación

En muchos casos, esta observación va mucho más allá de contemplar el paisaje. Algunas personas mayores crean historias sobre los desconocidos que pasan frente a su casa, imaginan sus profesiones, inventan nombres o reconstruyen cómo podría ser su vida.

Esta actividad, aparentemente sencilla, supone un ejercicio de imaginación que ayuda a mantener activas distintas funciones cognitivas y, al mismo tiempo, puede aliviar la sensación de aislamiento. Dar significado a lo que ocurre en la calle convierte la ventana en una especie de escenario donde cada día aparecen nuevas historias.

Un estudio muestra la importancia de observar el exterior

Una pequeña investigación realizada en 2018 con 42 personas mayores de 65 años que salían de casa menos de una vez por semana puso de manifiesto la importancia de esta rutina.

Los participantes explicaron que disfrutaban especialmente observando tanto los cambios previsibles, como el paso de las estaciones o las rutinas de los vecinos, como los acontecimientos inesperados, por ejemplo, unas obras, un altercado o cualquier alteración de la normalidad.

Los investigadores concluyeron que estas personas encontraban en la ventana una forma de mantenerse conectadas con un mundo dinámico y cambiante, interpretando lo que sucedía a su alrededor y encontrando significado en su vida cotidiana pese a pasar gran parte del tiempo en casa.

La ventana también aporta sensación de seguridad

Además de favorecer el bienestar emocional, esta costumbre puede tener un efecto positivo sobre la sensación de seguridad. 

El investigador Graham D. Rowles, especializado en el estudio del envejecimiento, describió hace décadas el espacio situado frente a la ventana como una auténtica «zona de vigilancia». La presencia habitual de una persona mayor observando el barrio acaba formando parte de la vida de la comunidad.

Con el tiempo, los vecinos se acostumbran a verla cada día. Si esa presencia desaparece de forma repentina, puede convertirse en una señal de alerta que haga sospechar que algo ocurre y que esa persona necesita ayuda.

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