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La acertada reflexión de Epicteto, filósofo estoico: «Hay sólo una vía hacia la felicidad, y esa es dejar de preocuparte por cosas que están fuera de tu control»

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Blanca Espada

Preocuparse por algo no significa necesariamente que podamos solucionarlo. Podemos pasar horas pensando qué opina otra persona de nosotros, imaginar todo lo que podría salir mal mañana o darle vueltas a una decisión que ya tomamos. El problema sigue exactamente donde estaba y la mayoría de veces lo que nos preocupa se escapa de nuestras manos. Una cuestión que Epicteto abordó hace casi dos mil años con su frase: «Hay sólo una vía hacia la felicidad, y esa es dejar de preocuparte por cosas que están fuera de tu control».

Al filósofo estoico se le atribuye esta reflexión con la que hace una distinción que convenía tener siempre presente: unas cosas dependen de nosotros y otras no. Parece una obviedad pero cuando se lleva a la práctica, nos damos cuenta de qué modo surge el conflicto. Queremos controlarlo todo y muchas veces escapa de nuestras manos, así que mejor seguir este que de alguna manera podríamos entender también como un precepto del estoicisimo.

La acertada reflexión de Epicteto, filósofo estoico

El ‘Enquiridión’, conocido también como ‘Manual de Epicteto’, empieza precisamente por aquí. Hay cosas que están en nuestra mano y otras que escapan a ella. Entre las primeras aparecen nuestras opiniones, nuestros deseos, lo que rechazamos y, en términos generales, nuestros propios actos. Después están todas esas cosas que pueden afectarnos pero que no obedecen a nuestra voluntad.

La diferencia se entiende mejor en la vida diaria que en cualquier definición filosófica. Una persona puede preparar durante días una entrevista de trabajo. Puede estudiar la empresa, cuidar su currículum, ensayar posibles preguntas y presentarse a la hora acordada. Lo que no puede hacer es decidir quién será contratado. Y, sin embargo, probablemente se preocupe por ello. Epicteto no pretendía eliminar los problemas con su frase, pero sí que cuestionaba toda la preocupación que entregamos a cosas sobre las que, en realidad, tenemos muy poco poder.

No podemos elegir todo lo que nos ocurre

El estoicismo se confunde a veces con aguantar cualquier cosa sin quejarse o aceptar pasivamente lo que venga. La idea de Epicteto es algo distinta. Si podemos intervenir en un problema, tiene sentido hacerlo. Podemos cambiar una decisión, pedir perdón, trabajar más, marcharnos de un lugar o intentar mejorar una situación. Lo complicado llega después. Podemos hacer las cosas bien y que salgan mal. O tomar una decisión razonable y descubrir meses más tarde que no tuvo el resultado esperado. Eso también forma parte de la vida.

Hay dos terrenos especialmente buenos para comprobarlo: el pasado y el futuro. Sobre el primero ya no tenemos ninguna capacidad de actuación. Sobre el segundo tenemos cierta influencia, pero ninguna garantía. Aun así, ambos ocupan una cantidad considerable de nuestros pensamientos. Recordamos conversaciones pensando qué deberíamos haber contestado o imaginamos problemas que quizá nunca lleguen. Mientras tanto, el único momento en el que realmente podemos hacer algo sigue siendo el presente.

Una reflexión de hace casi 2.000 años que sigue funcionando hoy

No hace falta enfrentarse a una gran desgracia para poner a prueba la idea de Epicteto. Basta algo tan básico como ese mensaje que no recibe respuesta. Lo hemos enviado, eligiendo con cuidado las palabras. Incluso podemos arrepentirnos cinco minutos después y pensar que deberíamos haber escrito otra cosa. Pero lo que ya no podemos controlar es cuándo responderá la otra persona, qué pensará al leerlo o si responderá siquiera.

Epicteto vivió en un mundo completamente distinto al actual, pero seguramente habría reconocido lo que nos pasa. Una de sus enseñanzas más conocidas sostiene que no son únicamente las cosas las que perturban a las personas, sino la opinión que forman sobre ellas. Aquí tampoco hay nada que suene fuera de lo común ya que por ejemplo, una mala noticia no deja de ser mala porque decidamos contemplarla de otra manera. Una pérdida duele y un problema real exige una respuesta real. La pregunta viene después: ¿qué puedo hacer yo ahora? Si existe una respuesta, ahí es donde merece la pena gastar energía. Si no existe, seguir pensando no proporciona necesariamente más control.

Quién fue Epicteto

La vida del propio filósofo hace especialmente interesante que dedicara tantas enseñanzas a la libertad y al dominio de uno mismo. Epicteto nació alrededor del año 50 d. C. en Hierápolis, en Frigia, una ciudad situada en el territorio de la actual Turquía. Pasó parte de su vida en Roma como esclavo de Epafrodito y allí tuvo acceso al estudio de la filosofía. Con el tiempo consiguió la libertad y comenzó a enseñar.

Tras la expulsión de los filósofos de Roma ordenada por el emperador Domiciano, se instaló en Nicópolis, en Grecia, y abrió una escuela que terminó atrayendo a numerosos alumnos. Epicteto, además, no escribió los libros por los que hoy conocemos su pensamiento. Sus enseñanzas eran orales. Fue Arriano, uno de sus discípulos, quien las recogió y permitió que llegaran hasta nosotros a través de las ‘Disertaciones’ y del ‘Enquiridión’’. Casi dos mil años después seguimos intentando resolver el mismo problema que preocupaba a aquellos estoicos: distinguir dónde termina nuestra capacidad de actuar.

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