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‘La Historia Americana’, de Garet Garret: la Vieja Derecha resurge de sus cenizas

‘La Historia Americana’, de Garet Garret: la Vieja Derecha resurge de sus cenizas
Garet Garrett.

No es casualidad que Garet Garret (1878-1954) sea un auténtico desconocido para el público español. Toda su obra es un brutal alegato contra el crecimiento exponencial del Estado, una defensa heroica y solitaria de los cimientos constitucionales de los EEUU basados en la noción iusnaturalista de los derechos inherentes a las personas y, por ende, anteriores y superiores a la existencia de todo gobierno. Garret formó parte de lo que se llamó ‘La Vieja Derecha’, autores brillantes y heterodoxos como Albert J. Nock, Frank Chodorov, Henry Louis Mencken, John T. Flynn o más tarde el mismo Murray Rothbard, que los rescató del olvido al que les había condenado la propia derecha neoconservadora.

La Historia Americana, el último libro publicado en vida por Garrett (y ahora editado en español por Innisfree), resume su decepción de llegar al final de su vida viendo a su país irreconocible, que en sólo 50 años ha pasado de la libertad a un fascismo invisible decretado por un Estado que más que un Gobierno es una corporación de intereses, dirigido por la Gran Empresa y el Gran Sindicato y aliado con los intelectuales progresistas a través de su falsa retórica asistencialista: «Antes de la Estatua de la Libertad (1871), un estadounidense habría dicho: “Mi país es protestante, racialmente nórdico, bajo una forma de gobierno republicano, constitucional, representativo y limitado, que vive en un sistema de capitalismo libre y competitivo”. 50 años después, el protestantismo sonaba a fanatismo, el nórdico era racista e intolerante, el gobierno limitado era un recuerdo y habían estrangulado el capitalismo libre y competitivo», dice Garrett al final de la obra.

Garrett no esconde su fascinación por la epopeya de la revolución norteamericana del siglo XVIII, una revolución sin guillotinas y por un amor irrefrenable a la Constitución escrita: «Los estadounidenses siempre han tenido una confianza ciega en las palabras plasmadas en papel. Los británicos, a pesar de que envidiaban el gobierno constitucional, nunca habían tenido una constitución escrita. Nunca antes un pueblo, mediante una ley original, había creado por sí mismo el tipo de gobierno que deseaba y luego plasmarlo por escrito, no sobre las bases de uno antiguo, sino desde cero. Tenía que ser así porque cuando se ganó la revolución, no existía que se hiciera cargo o tomara el control. Esta proposición está implícita en la Constitución: si unos pocos gobiernan, oprimirán a la mayoría. Si la mayoría gobierna, oprimirán a los pocos. Por consiguiente, tanto los pocos como los muchos tendrán sus poderes restringidos: la limitación del poder es el principal objetivo. Ni una sola palabra, ni un solo signo de puntuación en la Constitución puede modificarse sin el consentimiento del pueblo. No obstante, la Constitución puede verse alterada por la interpretación».

La Revolución se llevó por delante el sistema de tierras aristocrático, se apartó la mano del rey de la tierra y los títulos que había otorgado fueron destruidos. Garret no hace mención al genocidio indígena, más allá decir que “el hombre rojo norteamericano no se podía domesticar y prefirió su extinción a dejarse esclavizar en uno de los más grandes gestos de la humaidad”.

Garrett comparte con los Padres Fundadores la necesidad del aislacionismo como una política exterior que resguarde no sólo la paz sino los derechos individuales. Este es el punto esencial en la obra de Garrett: su grito en vano llamando a no intervenir en la dos guerras mundiales sabiendo que eso convertiría al modesto Estado norteamericano a una temible maquinaria de guerra: «El gobierno federal se volvió tan vasto y deforme que la gente ya no podía comprenderlo y, por supuesto, como no pudieron entenderlo, fueron incapaces de controlarlo, mientras acechaba cada vez más la vida privada. Hallaron agencias que tenían sus propias fuentes de ingresos independientes, agencias que administraban sistemas de subsidio a su manera, obteniendo dinero a un tipo de interés del Tesoro y prestándolo a un tipo más bajo; agencias casi olvidadas que ejercían poderes de gobierno sobre regiones con sus límites superpuestos. Decía: “Si los distritos regionales actuales de las oficinas y agencias federales es superpusieran unos a otros en un mapa, mostrarían un increíble patrón de telaraña de límites regionales”. Demostró que el gobierno no podía dar cuenta coherente de sus gastos».

Si la Vieja Derecha tuvo un enemigo ese fue el New Deal de F.D. Roosevelt. Las mejores páginas de Una Historia Americana de Garrett están dedicadas a desmontar las mentiras y embustes de este trilero: «Roosevelt había prometido que jamás llevaría a EEUU a la guerra. Más tarde se supo que el primer Plan de Movilización Industrial se elaboró el año del discurso de Cuarentena. Ahí comenzó el camino hacia la guerra. Cuando se comprobó que Roosevelt había mentido entonces sus defensores dijeron: “Bueno, supongamos que lo hizo. Fue para salvar el país”. El problema era cómo llevar a la guerra a una nación en contra de su voluntad. Se requería un poder extraordinario para engatusar a las masas». Oponerse a un mito como Roosevelt condenó a la Vieja Derecha al ostracismo. Rebelarse ante el tótem del nuevo fascismo lo pagaron con su libertad: todos ellos sufrieron la censura, el oprobio y el despido de sus puestos de trabajo. Durante casi 70 años sus nombres fueron enterrados bajo lodos de pensamiento único.

En palabras del profesor Walter E. Spahr: “Mientras un gobierno tenga el poder sobre un pueblo proporcionado por una moneda irredimible, todos los esfuerzos para detener a un gobierno dispuesto a conducir a un pueblo al socialismo tienden a ser, y probablemente lo serán ser, fútil. La evidencia parece abrumadora de que un defensor de la moneda irredimible es, consciente o inconscientemente, un defensor del socialismo o de la dictadura gubernamental de alguna forma”.

«En el año 1898 un estadounidense podría haber dicho: “Una república, un país protestante, una mentalidad anglosajona, el capitalismo libre como sistema económico, y sobre todo, un gobierno constitucional, representativo y limitado, con énfasis en limitado; ese es mi patrimonio nacional”. Una generación después, esas palabras seguían en su catecismo y la recordaba, pero ya no podía creerlas. La palabra república se había vuelto extraña en la lengua popular. Los que la usaban todavía lo hacían como un desafío. La nueva palabra era democracia, y el país iría a la guerra para que el mundo fuera un lugar seguro, no para las repúblicas sino para las democracias. En una generación el estadounidense había aprendido a caminar por el mundo con un gran bastón». Las consecuencias de esta deriva aún las estamos padeciendo.

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