Alicante

Tiene 12 metros de profundidad y es uno de los mayores pozos de nieve de Alicante que se conserva desde el siglo XV

Se trata de la Sierra de Mariola, en la Cava Gran d’Agres, construida originalmente en el siglo XV

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Cava Gran d’Agres. (Foto: Facebook)
Blanca Espada

En Alicante y en concreto en plena Sierra de Mariola hay una construcción que no suele aparecer en las típicas listas de lugares turísticos, pero que sorprende en cuanto te acercas. No es un castillo ni una iglesia, tampoco una ruina espectacular sino que es algo más discreto, aunque mucho más llamativo cuando entiendes lo que fue. Se trata de la Cava Gran d’Agres, un pozo de nieve del siglo XV que ha permanecido con el tiempo, pero que pertenece a una época en la que conseguir hielo no era tan fácil como ahora.

Tal vez nos suene a algo casi anecdótico, pero durante siglos el hielo fue un recurso valioso, casi un lujo. No estaba al alcance de cualquiera y, desde luego, no se conseguía con facilidad. Dependía del invierno, del trabajo de muchas personas y de estructuras como esta, pensadas para conservar la nieve durante meses. Y ahí es donde este pozo cobra sentido ya que no es pequeño sino que tiene 12 metros de profundidad y una capacidad que, incluso ahora, sigue sorprendiendo.

Tiene 12 metros de profundidad y es uno de los mayores pozos de nieve de Alicante

La Cava Gran d’Agres no parece muy grande a priori. Se trata de una estructura de piedra, bien integrada en el entorno, sin nada especialmente llamativo si no sabes lo que estás viendo. Pero basta con acercarse un poco más y mirar hacia dentro para cambiar de idea. La profundidad se nota enseguida. Doce metros no son pocos, y menos cuando se trata de una construcción levantada hace siglos. El interior, además, no es recto, sino que tiene esa forma ligeramente cerrada hacia abajo que ayudaba a conservar mejor el frío.

Se calcula que podía almacenar cerca de dos mil metros cúbicos de nieve. Es decir, que es un lugar en el que se podía acumular una cantidad enorme de nieve prensada, organizada por capas, compactada con cuidado. La parte superior de forma hexagonal, es algo que también llama la atención si bien no estamos ante el típico pozo circular, y alrededor se abren varios huecos que servían para introducir la nieve desde el exterior, especialmente durante los meses de invierno. Y luego están los seis arcos de piedra que se sostienen entre sí y que, vistos desde fuera, dibujan una silueta muy característica contra el cielo. Por último en el centro, una pieza pesada de varias toneladas hace de punto de apoyo para todo el conjunto.

Cuando el hielo era un lujo 

Cuesta imaginarlo ahora, pero hubo un tiempo en el que el hielo no era algo cotidiano. Ni siquiera común. Era útil, sí, pero también escaso y sobre todo, caro. Se utilizaba para conservar alimentos, algo fundamental en verano, pero también con fines médicos. Para bajar la fiebre, por ejemplo. En ese contexto, estructuras como esta no eran un capricho, sino una necesidad.

Y el trabajo con ellas empezaba en invierno. Los nevateros recogían la nieve en las zonas más frías de la sierra y la llevaban hasta el pozo. Allí comenzaba otra parte del proceso: extenderla, prensarla, cubrirla con materiales aislantes como la paja… capa tras capa. Era un trabajo duro y lento y tenía que hacerse bien, porque de eso dependía que el hielo aguantara meses.

Cuando llegaba el calor, ese hielo se sacaba poco a poco y se transportaba. Normalmente en mulas, por caminos de montaña que no siempre eran fáciles. Desde allí se distribuía a pueblos y ciudades. No todo el mundo podía permitírselo. Durante mucho tiempo, tener hielo era un símbolo de estatus ya que estaba reservado para unos pocos. En la zona de Mariola hubo varios pozos como este, pero la Cava Gran destacaba, por tamaño, capacidad y por su papel dentro de esa red.

Cómo fue su recuperación

Como tantas otras cosas, todo cambió con la tecnología. Cuando aparecieron los sistemas de refrigeración artificial, estos pozos dejaron de tener sentido. Poco a poco se abandonaron y la Cava Gran no fue una excepción. Dejó de utilizarse a principios del siglo XX y, con el tiempo, parte de su estructura se desmontó.

Y durante años quedó ahí, sin demasiado mantenimiento. La vegetación empezó a ganar terreno y el interior llegó a cambiar bastante. No era la imagen que tiene ahora dado que la recuperación llegó mucho después. En 2008, la Diputación de Alicante adquirió el lugar y puso en marcha un proceso para restaurarlo. No fue inmediato, pero sí decisivo. Se consolidaron los muros, se estabilizaron los elementos más delicados y se recuperaron partes del pavimento original. Incluso aparecieron detalles como el sistema de drenaje, que permitía evacuar el agua del deshielo. Y en la actualidad podemos ver el resultado y recorrerlo.

Un lugar que ahora se puede visitar 

De hecho, una de las cosas que más sorprenden ahora es que se puede descender al interior. Hay paneles informativos que explican cómo funcionaba todo, pero muchas veces no hacen falta demasiadas explicaciones, sino que el propio espacio ya dice bastante sobre cómo funcionaba este pozo de nieve, con los arcos, abiertos hacia el cielo, y que siguen siendo lo más fotografiado. Pero más allá de eso, lo interesante es lo que representa. Una forma de aprovechar lo que había, de organizar un trabajo complejo sin tecnología y de convertir algo tan simple como la nieve en un recurso valioso.

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