La mandolina del portavoz Sagreras

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Hay políticos que hablan. Y hay políticos que acompañan. El portavoz del Partido Popular en el Parlament balear, Sebastià Sagreras, ha optado por lo segundo: tocar la mandolina mientras otros marcan la melodía. La noticia lo retrata con nitidez incómoda: el PP felicitando el «éxito» del Correllengua, sumándose al aplauso coral de la izquierda nacionalista, con la excepción —claro— de Vox.

No es un desliz. Es una pauta.

El reciente y muy catalanista Correllengua no es una fiesta inocente de cultura popular, por más que se la maquille así. Es una herramienta política, un instrumento de construcción nacionalista que, desde hace años, busca imponer una visión identitaria excluyente en Baleares. Que el PP lo celebre por su «tono positivo» y su «participación» revela una claudicación ideológica que ya no sorprende, pero sí debería inquietar a sus votantes.

Porque aquí no va de folclore. Va de poder. De cómo se construyen hegemonías culturales que luego se traducen en leyes, subvenciones y, finalmente, en derechos desiguales. PSIB y Més lo dicen sin rubor: quieren avanzar «de manera clara» en los derechos de los catalanohablantes. Traducido: seguir privilegiando una lengua sobre otra, seguir estrechando el espacio común, seguir empujando hacia una identidad política que la inmensa mayoría no comparte.

Y el PP, en lugar de plantar cara, afina la mandolina.

Sagreras y los suyos creen que así ocupan el centro. Que, aplaudiendo un poco aquí y matizando allá, logran ese equilibrio mágico que llaman «moderación». Pero lo que consiguen es otra cosa: validar el marco del adversario. Cuando aceptas sus premisas, ya has perdido la discusión. Cuando celebras sus actos, te conviertes en comparsa.

El problema del PP no es táctico; es de convicción. No cree de verdad en la igualdad de los españoles ante la ley cuando se trata de lengua. No defiende con claridad la libertad de elección lingüística en la educación. No combate la ingeniería cultural del separatismo catalanista. Prefiere convivir con ella, gestionarla, limarla… y, de vez en cuando, aplaudirla.

Es la política del «no molestar». Del «que no se note». De la foto amable.

Pero mientras tanto, el terreno se desplaza. Cada Correllengua celebrado como un «éxito» es un paso más en la normalización de un proyecto que no es neutral. Cada felicitación del PP es un aval que la izquierda sabrá capitalizar. Y cada silencio ante el fondo del asunto es una renuncia.

Vox, con todos nuestros errores y defectos, al menos no toca la mandolina. Dice lo que hay: que la lengua no puede ser arma política ni criterio de privilegio. Que Baleares es de todos, no de un proyecto identitario concreto y ajeno. Que la convivencia no se construye desde la imposición cultural, sino desde la libertad.

El PP debería decidir si quiere liderar algo o limitarse a acompañar. Porque en política, como en la música, quien marca el ritmo manda. Y hoy, en Baleares, Sagreras no dirige la orquesta: apenas sigue la partitura ajena, con una mandolina que suena cada vez más desafinada.

  • David Gil de Paz es portavoz adjunto de Vox en el Consell de Mallorca.

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