Adriana Abenia estrena blog y revela que ha sido operada de un tumor en la garganta

Adriana Abenia estrena blog y revela que ha sido operada de un tumor en la garganta
adriana abenia

La habitual alegría que desprende Adriana Abenia se ha ensombrecido durante unas semanas debido a une intervención quirúrgica que le han tenido que practicar. La presentadora ha confesado, aprovechando el arranque de su nuevo blog en 20 minutos, que ha sido operada de un tumor en la garganta del que se ha recuperado de manera plenamente satisfactoria.

La aragonesa ha relatado en su nueva bitácora cómo se enteró de la existencia del tumor y cómo lo afrontó con valentía y el apoyo de toda su familia. Sus dudas, sus miedos y sus planes de futuro una vez que ya ha superado su intervención, también se reflejan en sus primeras palabras de su espacio personal en internet que reproducimos de manera íntegra.

“Muchos habéis intentado contactar conmigo durante semanas, sin éxito, pero hay veces que la vida se vuelve del revés y hay que hacerle frente; en mi caso, he tenido la gran suerte de estar acompañada por la gente que me quiere y que no se ha separado de mí ni un minuto.

Hasta hace poco tenía la sensación de ser invencible. Pero un intruso, que desde luego no era bienvenido, se alojaba en mi cuello empujando la tráquea.

Tras varias ecografías y un PAAF sospechoso- en la que yo creía que era una revisión médica rutinaria-, me vi obligada a cruzar el pasado marzo las puertas del Hospital Gregorio Marañón (Madrid) muy temprano y en tiempo récord. Y es que, para las cosas importantes, sigo confiando en la Sanidad Pública. Una vez allí tuve que ducharme de nuevo, esta vez con una esponja desinfectante, y me dispuse a vestir uniformada, con un pijama azul.

Quería estar consciente hasta llegar al sótano de operaciones y no quise tomar la pastilla de lorazepam que habían dejado dentro de un vaso de plástico. Conmigo estaba mi familia, a los que les pedí sólo una cosa: que cuando subiera a planta me recibieran con aplausos y regalos.

La enfermera vino demasiado pronto, me hizo tumbarme en la camilla y me despedí de todos ellos con la mano mientras me alejaba por el pasillo haciendo con los dedos la señal de victoria y reprimiendo mis ganas de llorar.

Recuerdo el sonido de las ruedas al deslizarse por el hospital, el techo pasar, las luces, ya nadie a quién decirle nada, excepto la celadora…

También aquel nudo en el estómago al descender el ascensor. Las puertas abriéndose. La sala donde me preguntaron cosas antes de ponerme la vía. La absurda preocupación de quedarme desnuda, estando con la regla. Todos los que iban a presenciar la operación intentando tranquilizarme y preparándose. La mesa fría y dura donde apenas cabían los brazos. Yo advirtiéndoles de que el bulto era en el cuello, no fuera a ser que se equivocaran. Y por último, la máscara en mi cara y un susurro pidiéndoles que no me operaran todavía, porque aún no me había dormido.

Cuatro interminables horas para mi familia pasé en el aséptico quirófano, capitaneado por el Dr. Enrique Mercader Cidoncha y su equipo, entre los que se encontraban también el Dr. Iñaki Amunategui Prats y el Dr. José Luis Escat Cortes.

Seis horas de reanimación después, durante las que sentí una sed bárbara y en las que no lograba orinar y casi me sondan, mi cirujano, el Dr. Mercader, todavía no se había marchado a casa porque quería asegurarse de que no había complicaciones postoperatorias o hacía un hematoma cervical.

Pero, pese a todos los cuidados, cuando al despertar me vi afónica, todas mis ilusiones y mis sueños se desvanecieron de repente. No me importaba la dimensión de la cicatriz e incluso olvidé preguntar si era cáncer; tan sólo deseaba poder volver a reconocerme, reír y desarrollar mi trabajo y mi vida con normalidad.

Había perdido mi voz y nadie me aseguraba al 100 % que volviera a recuperarla.

Me sentía como un futbolista que sufre una lesión grave y duda de si volverá a pisar el césped, completamente desolada. Así que mentí al mundo y disfracé de anginas y afonía pasajera una paresia en la cuerda vocal izquierda, dañada por tracción de uno de los dos nervios recurrentes al sacar el tumor, demasiado grande. Me prohibieron hablar por teléfono y llorar, esto último fue lo más difícil de cumplir.

Cada mañana tachaba los días, como en la cárcel, que me quedaban para cumplir mis compromisos laborales rezando a un Dios en el que no creo para que el nervio despertara y me devolviera lo que era mío y no tener que reinventarme y olvidar lo que soy y lo que deseo.

Con ayuda de una mágica Dra. Janaina Méndez (logopeda), no he parado de subir y bajar erres y eses, como cuando era niña y debía aprenderlo todo por primera vez.

Y ahora quiero reuniros a todos y daros las gracias. Al Dr. Enrique Mercader, por el cariño y atención que ha demostrado desde el principio, interesándose por mi estado, casi a diario, hasta que he estado perfecta. A mi madre, por haber dormido conmigo en el hospital, acompañado al baño y cocinado sano y blando durante días. A Sergio, por haberme bañado con dulzura, no soltar mi mano y haber llorado conmigo. A mi abuela, que no entendía por qué no podía hablar conmigo por teléfono y que al hacerlo la semana pasada pude explicarle que no me habría entendido, contestándome ella que “siempre me había entendido muy bien”. A mi padre, por estar a su manera y vigilar que no faltaran historias que reunieran risas. A mi hermana, que se comió la comida que no quise del hospital y me ha frito a whatsapps hasta que ha comprobado que todo estaba en orden. A mis suegros, por preguntar por mí cada día y buscar a una carnicera que pasó por algo similar, hasta averiguar cuándo recuperó ella la voz, mientras yo me arrastraba en la bata que me habían regalado, durante demasiadas horas. Y, por supuesto, gracias a esos amigos que nunca fallan: tenemos mucho que celebrar.

Me he decidido a contaros esto porque vuelvo a arañar la felicidad, tras haber recuperado mi voz”.

 

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