Médico de familia y especialista en obesidad

Dra. Cristina Petratti: La obesidad no puede definirse solo por el índice de masa corporal»

"Cuando atribuimos todo a fuerza de voluntad, trasladamos al paciente una carga que no le corresponde y que le bloquea"

obesidad
Dra. Cristina Petratti.

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La obesidad afecta ya a millones de personas en todo el mundo y las previsiones apuntan a que su impacto seguirá creciendo en los próximos años. En España, las estimaciones sitúan la tasa de obesidad en torno al 37 % para la próxima década, un escenario que preocupa a los expertos no solo por sus consecuencias físicas, sino también por el importante impacto emocional, social y económico asociado a esta enfermedad.

En este contexto, la Dra. Cristina Petratti, médica de familia y especialista en obesidad con más de 25 años de experiencia, acaba de publicar el libro ‘Obesidades sin culpa. No es falta de voluntad. Es biología’, donde defiende la necesidad de abandonar antiguos conceptos centrados únicamente en el peso o la fuerza de voluntad. La experta, miembro de la Sociedad Española para el Estudio de la Obesidad (SEEDO) y creadora del ‘Método Petratti’, apuesta por un abordaje integral que combine alimentación, ejercicio físico y gestión emocional desde una perspectiva científica y humana. OKSALUD ha entrevistado a la Dra. Petratti para profundizar en este cambio de paradigma.

PREGUNTA.- En su libro defiende que el mensaje «comer menos y moverse más» es simplista e incluso dañino. ¿Por qué seguimos abordando la obesidad desde la culpa y no desde la ciencia?

RESPUESTA.- Porque arrastramos décadas de un mensaje cómodo que encajaba con una idea moral muy arraigada: la de que el cuerpo es un reflejo directo de la voluntad. Esa fórmula —»comer menos y moverse más»— es simplista, científicamente incorrecta y termina siendo injusta y dañina para las personas con obesidad. Y lo es porque ignora que estamos ante una enfermedad crónica, compleja y multifactorial en la que intervienen el cerebro, las hormonas, el metabolismo, el entorno y las emociones.

Cuando reducimos todo a fuerza de voluntad, trasladamos al paciente una carga de culpa que no le corresponde y que, además, le bloquea. La evidencia es clara: en 2013, la American Medical Association reconoció oficialmente la obesidad como una enfermedad crónica y, en 2016, la American Association of Clinical Endocrinologists propuso el término Adiposity-Based Chronic Disease (ABCD), enfatizando que el problema central no es el peso en sí mismo, sino la disfunción del tejido adiposo y sus complicaciones clínicas. La ciencia ya cambió de paradigma; falta que cambie también el discurso social y, sobre todo, el sanitario.

P.- Usted habla de pasar «de la obesidad a las obesidades». ¿Qué significa exactamente este cambio de paradigma y cómo debería cambiar el tratamiento de los pacientes?

R.- Significa entender que no existe una obesidad, sino muchas. Durante años hemos clasificado a las personas con un único número, el IMC, y eso ha sido tremendamente reduccionista. Dos personas con el mismo IMC pueden tener riesgos completamente diferentes. Por eso defiendo que la obesidad ya no puede definirse únicamente por el índice de masa corporal, sino por la distribución y la disfunción del tejido adiposo, que son las que determinan el riesgo metabólico y cardiovascular.

Hablar de ‘obesidades’ implica reconocer que cada paciente tiene una historia biológica, hormonal, emocional y social distinta, y por tanto necesita un tratamiento individualizado. En la práctica, eso se traduce en abordajes interdisciplinares: el paciente con obesidad debe ser acompañado desde el inicio no solo por endocrinólogos, sino también por su médico de Atención Primaria, por el nutricionista, por el profesional del ejercicio físico y, cuando sea necesario, por un psicólogo. No podemos seguir aplicando la misma dieta estándar a personas con realidades biológicas radicalmente distintas.

P.- Cada vez hay más tratamientos farmacológicos para perder peso. ¿Qué papel deben tener realmente estos medicamentos dentro de un abordaje integral de la obesidad?

R.- Los nuevos fármacos —los agonistas del receptor GLP-1 y los agonistas duales— han supuesto un avance real. Han demostrado ser herramientas eficaces y seguras para el tratamiento de la obesidad. Pero hay que ser muy claros: no sustituyen el cambio de hábitos, ni reemplazan el abordaje integral. Funcionan mejor cuando se integran en un tratamiento multidisciplinar: alimentación flexible, movimiento, apoyo emocional y seguimiento médico.

No son la solución mágica, pero sí pueden ser ese punto de apoyo que muchas personas necesitan para salir del círculo de la frustración tras años de fracasos. El riesgo real es que se utilicen como atajo, sin acompañamiento profesional, sin trabajar la conducta alimentaria ni la gestión emocional. Si no hay cambio de hábitos detrás, en cuanto se retira el fármaco, el peso vuelve, y con él la frustración. El medicamento es una herramienta dentro de una estrategia, nunca la estrategia entera.

P.-En el Método Petratti pone el foco en la gestión emocional. ¿Hasta qué punto las emociones condicionan nuestra relación con la comida y el éxito de cualquier tratamiento?

R.- Lo condicionan absolutamente todo. En mi consulta lo veo cada día: durante años, el abordaje del peso se ha centrado casi exclusivamente en la alimentación y el ejercicio. Sin embargo, en la práctica clínica diaria hay algo que aparece de forma constante, silenciosa y determinante: las emociones. Por eso en mi método la gestión emocional no es un complemento, es un pilar central, porque sin trabajar las emociones, cualquier cambio es frágil y difícil de sostener en el tiempo, algo especialmente importante si se tiene en cuenta que muchas personas con obesidad sitúan la comida como su refugio emocional.

La relación entre salud mental y obesidad es bidireccional: el estrés crónico, la ansiedad y la depresión pueden conducir a una alimentación emocional, alteraciones del sueño, sedentarismo y aumento de peso. A su vez, vivir con obesidad, en una sociedad estigmatizante, incrementa el riesgo de trastornos del estado de ánimo. Es un círculo del que no se sale solo con una dieta. Por eso insisto tanto: cambiar hábitos sin abordar las emociones es como querer tapar el sol con las manos.

P.- España podría alcanzar una tasa de obesidad del 37 % en la próxima década. ¿Estamos ante uno de los mayores problemas de salud pública de los próximos años y qué se está haciendo mal actualmente?

R.- Sin ninguna duda. Los datos son contundentes: la prevalencia de personas con obesidad en España crecerá del 18 al 37 % en 2035. Si sumamos el sobrepeso, ya hoy la cifra supera el 60 % de la población. Estamos ante una emergencia sanitaria silenciada.

P.- ¿Qué se está haciendo mal?

R.- Varias cosas a la vez. Primero, seguimos tratando una enfermedad crónica como si fuera un problema estético o de voluntad. Segundo, está infradiagnosticada e infravalorada incluso por parte de los propios profesionales sanitarios. Tercero, no se actúa sobre el entorno: vivimos en un ambiente obesogénico que promueve los ultraprocesados, el sedentarismo y la publicidad agresiva, especialmente dirigida a la infancia. Y cuarto, no se invierte lo suficiente en prevención ni en abordajes multidisciplinares dentro de la sanidad pública.

Necesitamos políticas reales: regulación de la publicidad alimentaria infantil, educación nutricional desde la escuela, urbanismo que favorezca el movimiento, acceso equitativo a tratamientos —incluidos los farmacológicos cuando estén indicados— y formación específica para los profesionales sanitarios. Y, sobre todo, dejar de culpabilizar al paciente. Reducirla a una cuestión de disciplina no solo es científicamente incorrecto: ha generado décadas de culpa, frustración y estigma. Si no cambiamos el enfoque ya, las próximas generaciones pagarán una factura sanitaria, social y económica enorme.

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