Ecología

En 1997 ecologistas cubrieron un terreno con 12.000 toneladas de cáscaras de naranja; años después lo que ha ocurrido no tiene precedentes

toneladas de cáscaras
Imagen de la zona llena de cáscaras en los 90. (Foto: Daniel Janzen y Winnie Hallwachs)
Blanca Espada

En 1997, un millar de camiones descargó 12.000 toneladas de cáscaras y pulpa de naranja en una parcela de Costa Rica. La montaña de restos, extendida sobre tres hectáreas, no tardó en generar críticas. A simple vista, aquello se parecía a un vertedero instalado dentro de un espacio natural protegido.El asunto incluso llegó hasta la Corte Suprema del país. Una empresa competidora denunció el proyecto al considerar que se estaba utilizando un parque nacional para eliminar residuos industriales.

La Justicia ordenó detener los vertidos y la iniciativa cayó en el olvido. Durante los siguientes 15 años, apenas se prestó atención a lo que estaba ocurriendo bajo aquella capa de restos de fruta. Pero cuando los científicos volvieron al lugar, encontraron un paisaje muy distinto. Donde antes apenas crecían hierba y algunos arbustos, se levantaba un bosque cerrado. Los árboles y las enredaderas habían ocultado incluso el cartel que señalaba la parcela. El experimento había provocado una transformación que ni sus responsables fueron capaces de prever.

En 1997 ecologistas cubrieron un terreno con 12.000 toneladas de cáscaras de naranja

Detrás de la iniciativa estaban los ecologistas Daniel Janzen y Winnie Hallwachs, que trabajaban en el Área de Conservación Guanacaste. Una parte de este espacio protegido del noroeste de Costa Rica había sido utilizada como pastizal y se encontraba muy deteriorada. El suelo estaba agotado y la vegetación tenía dificultades para recuperarse sin ayuda.

Los investigadores propusieron un acuerdo a Del Oro, una empresa productora de zumo que operaba cerca de la zona. La compañía entregaría al parque una parte de sus terrenos forestales y, a cambio, podría depositar los restos de las naranjas en una parcela degradada con la intención de comprobar si esa materia orgánica ayudaba a devolver nutrientes al suelo. Durante aproximadamente un año, los residuos formaron una capa gruesa sobre las tres hectáreas elegidas. El aspecto del lugar despertó la desconfianza de TicoFruit, una compañía rival de Del Oro y de hecho, empresa denunció que se estaba ensuciando un parque nacional y llevó el acuerdo ante la Justicia costarricense.

La denuncia que dejó el experimento en el olvido

La Corte Suprema de Costa Rica falló a favor de la empresa denunciante y obligó a suspender el proyecto. No llegaron más camiones, aunque las cáscaras que ya cubrían el terreno tampoco fueron retiradas. La parcela quedó sin seguimiento y, con el paso del tiempo, el caso terminó convertido en una anécdota dentro de la historia del parque llegando a ser considerado casi un desastre natural. Todo cambió en 2013, cuando Timothy Treuer, investigador de la Universidad de Princeton, habló con Janzen sobre aquel experimento y decidió visitar la zona. Pensaba encontrar con facilidad el cartel amarillo colocado junto a la carretera, pero la vegetación lo había tapado. La antigua parcela abierta se había convertido en un espacio cubierto de árboles y enredaderas.

El contraste con el terreno vecino era evidente. Fuera de la zona tratada todavía quedaban hierba, piedras al descubierto y pocos árboles como podemos ver en esta imagen que publica la propia universidad en un artículo en el que habla sobre lo que pasó. Dentro, la vegetación había formado una masa espesa y otro investigador Jonathan Choi, que participó posteriormente en el estudio, tuvo que cortar las enredaderas para avanzar. Aun así, no bastaba con observar el paisaje sino que decidieron medirlo y compararlo con una parcela que no hubiera recibido restos de naranja.

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Comparativa del terreno sin cáscaras (izqda) y el que fue cubierto (dcha) ( Foto: Leland Werden)

Un 176% más de biomasa vegetal

El equipo analizó el suelo, contó las especies de árboles, midió los troncos y estudió el cierre de la cubierta forestal. Los resultados, publicados en la revista científica Restoration Ecology, mostraron que la parcela tratada tenía más nutrientes, mayor variedad de árboles y una cubierta vegetal más cerrada que el terreno utilizado como referencia. Pero la diferencia más llamativa apareció al calcular la biomasa sobre el suelo, es decir, la cantidad de madera presente en los árboles. En la zona cubierta con residuos era un 176% mayor. Las cáscaras se habían descompuesto y habían dejado una capa de tierra negra cuyos efectos todavía podían apreciarse en el tamaño y la densidad del bosque, por lo que no existe una única explicación para lo sucedido. Los investigadores creen que los residuos aportaron nutrientes a un suelo empobrecido. Al mismo tiempo, la capa de cáscaras pudo ahogar las hierbas que dificultaban el crecimiento de los árboles jóvenes y al reducirse esa competencia, las especies forestales encontraron más espacio para desarrollarse.

Esto no significa que depositar restos agrícolas en cualquier terreno sea una solución válida. Un vertido sin control puede contaminar el suelo, afectar al agua o alterar el equilibrio del ecosistema. El caso de Guanacaste se produjo bajo unas condiciones concretas y todavía plantea preguntas. Sin embargo, demuestra que algunos residuos de la industria alimentaria, utilizados con vigilancia y criterios técnicos, podrían ayudar a recuperar espacios degradados y como vemos, aquel experimento olvidado terminó dejando un bosque donde antes la vegetación apenas lograba abrirse paso.

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