Vayan a por palomitas

Junts va a celebrar primarias para elegir su alcaldable por Barcelona. Vayan a buscar palomitas. La cosa se pone interesante.
De momento han pasado el corte los cuatro aspirantes: Jordi Martí, el candidato de Xavier Trias. No en vano fue su jefe de gabinete en Sanidad cuando todavía no había acabado ni la carrera de Derecho. En su perfil en X asegura que lleva «más de quince años trabajando por Barcelona». Lo que significa que, en realidad, lleva ese tiempo viviendo del cuento.
A continuación, la diputada en Madrid Pilar Calvo, ex estrella de la sección de deportes de TV3 hasta que dio el salto a la política. Lo digo como una prueba más de la neutralidad de la cadena autonómica. Aunque sea de la citada sección de deportes. Una de las más politizadas, por otra parte. Y si no bastaba seguir los tuits de Xavi Valls, otro que tal.
Probablemente lo hace porque el escaño en la Cámara Baja va a estar cada vez más difícil. No solo por la competencia interna, sino también por el descenso de las expectativas electorales de Junts a medida que el efecto Puigdemont se diluye.
Otro ex colega suyo, ahora en el Senado, Eduard Pujol, se está buscando la vida en Villafranca del Penedés. A ver si llega a alcalde. Fue uno de los que le pidió al Papa —junto a Míriam Nogueras— hablar en catalán en la Sagrada Familia. El incidente le ha dado notoriedad.
El tercero en discordia es el abogado Jaume Alonso-Cuevillas. Aquel que hicieron dimitir de la Mesa del Parlament (2021) porque, tras tanto tiempo de hacerse el valiente, dijo que era una «tontería» aprobar resoluciones a favor de la autodeterminación.
Seguramente tenía razón, pero si lo dijo fue por miedo a que lo empuraran. Cayó en desgracia y dejó hasta el escaño (2024). Ahora prueba suerte. A ver si suena la flauta. Si llega a concejal, pese a que sea de la oposición, siempre puede redondear los ingresos del bufete.
La última candidata es la diputada autonómica Glòria Freixa. Entró cuando Laura Borràs tuvo que dimitir en el 2019. Lo que confirma aquella frase de que «no hay mal que por bien no venga». La misma, por cierto, que dijo Franco cuando le mataron a Carrero Blanco. Repitió en el 2023. Pero no consigo recordar ninguna intervención destacada. En X tiene apenas 2.600 seguidores.
En todo caso, cuantos más, mejor. Es lo que suele pasar con las primarias. Se acaban sacando los ojos. Ya pasó con las del PSC en el 2014. Se presentaron varios candidatos: Jaume Collboni; la concejal Carmen Andrés, que quedó segunda; Jordi Matí Grau -no confundir con el anterior-; Laia Bonet y Rocío Martínez-Sampere.
Al final ganó Collboni gracias al voto paki del Raval. Le salió bien la jugada: ha llegado a alcalde a la tercera (2015, 2019 y 2023). Y por carambola. Porque el dirigente del PP Daniel Sirera le votó a él para impedir el retorno de Trias.
Del cabreo, Jordi Martí Grau, que en teoría era el especialista del PSC en política cultural, se pasó a Colau: primero como gerente del consistorio, después como sexto teniente de alcalde y ahora como secretario de Estado de Cultura con el ministro Urtasun.
Pero las primarias, aparte de las eventuales puñaladas entre ellos, demuestran que la autoridad de Puigdemont se resquebraja. Su preferido, que fuera también su jefe de gabinete, Josep Rius, ha puesto el freno.
El pasado mes de mayo, renunció a la carrera. En una carta a la militancia aseguró que se veía capaz de «liderar» el proyecto, pero que echaba en falta «generosidad, consenso, autocrítica y renovación». Es decir, que le cedieran el paso.
Yo creo que, de hecho, hizo marcha atrás ante la creciente contestación interna en Junts ante la figura de Carles Puigdemont. Muchos lo empiezan a ver, nueve años después, como una figura del pasado. Ir de candidato oficial también podía perjudicarle.
Además, como es diputado autonómico, ¿para qué meterse en esos berenjenales? A fin de cuentas, el sueldo base de un concejal de la oposición en Barcelona es de 58.000 euros, mientras que el de diputado raso, 63.000. Aparte de extras y canonjías.
Solo para que vean el perfil, Josep Rius fue uno de los que convenció a Puigdemont de que no convocara elecciones anticipadas junto a Josep Rull y Jordi Turull. El president había decidido avanzarlas tras aquella tormentosa reunión en Palauy del 24 al 25 de octubre del 2017. Las tres cabezas pensantes le convencieron de que no lo hiciera. O sea que si nos acabaron aplicando el 155 fue por ellos.
Lo peor es que no lo hicieron por Catalunya, lo hicieron por el partido. Si Puigdemont tiraba la toalla, Esquerra podía vender al electorado que había traicionado el proceso y seguramente ganaría las elecciones. El PDECAT, los herederos de Convergencia, se quedarían de teloneros. Con toda probabilidad, peligrarían hasta los ingresos. Siempre es cuestión de pasta.