Trump y Sánchez: tan lejos y tan cerca
A propósito del juicio de la Kitchen, viene a la memoria aquella frase que supuestamente pronunció Winston Churchill: «La democracia es que si te despiertan por la noche puedes tener la seguridad de que es el lechero». La política en democracia se basa en la libertad y en la seguridad de los ciudadanos; pero también en la previsibilidad y en la confianza de que los políticos van a actuar de acuerdo a lo que establecen las leyes, a sus propios compromisos e incluso al sentido común. En estos tiempos que corren empieza a no ser tan frecuente encontrar casos en los que se cumple con esos requisitos, ya sea por deficiencias en el sistema o por fallos de los actores que los ciudadanos eligen. En el primer supuesto los sistemas dictatoriales o autocráticos no suelen dar muchas opciones, pero en el segundo, y si las instituciones democráticas se mantienen vigentes, los ciudadanos tienen la oportunidad de corregir su mala elección.
Buscando unos nombres para ejemplificar estos sospechosos comportamientos en líderes de Estados nominalmente democráticos, muchos pensarían en los mismos, y seguramente esa coincidencia de pensamiento hace que la selección sea adecuada.
Donald Trump sería hoy por hoy de los más nombrados, y pocas ganas les quedan de defenderle, incluso a los más incondicionales, después de un año largo de flagrantes arbitrariedades en casi todos los ámbitos de la gestión presidencial. Una gestión operada al margen de las sólidas y experimentadas instituciones de la democracia americana y, por el contrario, basada en una atrabiliaria intuición personal que le genera una cambiante opinión, a veces para bien y a veces para mal, sobre cualquier persona o sobre cualquier tema de alcance nacional o internacional. Desde Zelensky a Putin, desde Europa a Venezuela, desde María Corina a Delcy, desde la OTAN a China o desde Orbán a León XIV, a todo y a todos se ensalza o se ataca atendiendo únicamente a su voluble e infantiloide criterio.
Pero resulta que casi la misma unanimidad en la consideración de prácticas antidemocráticas provoca el desempeño de Pedro Sánchez, y con una agravante diferencia respecto a Trump: aquí el sanchismo está extendiendo una indeleble mancha de autocracia y autoritarismo a las instituciones y a los poderes del Estado, a los órganos y la gestión administrativa o a la política internacional y las alianzas estratégicas.
A caballo de un liderazgo que la izquierda considera providencial y que sirve como justificación para cualquier cosa, se le permitió que impusiera su aspiración de poder y permanencia, sacrificando no solo sus propios programas y sus compromisos personales, sino forzando también los límites y competencias institucionales, los preceptos legales y constitucionales y hasta los principios éticos. Porque la aceptación del «hacer de la necesidad virtud» como una ocurrente y chispeante solución en vez de como una burda e inadmisible excusa, no supuso otra cosa que la renuncia a principios como la verdad, el compromiso, el honor, la justicia o el sentido del deber, que por serlo del correcto comportamiento humano, lo deben ser también de la democracia y de los regímenes liberales.
También, al igual que se lo afeamos a Trump, se debe repudiar que en el sanchismo tanto el pactismo interno como el relacionamiento internacional se condicionen, casi exclusivamente, a su propia conveniencia. Ya sería inapropiado si lo hiciera siguiendo una política previsible, consensuada e incluida en un programa avalado por los ciudadanos o, al menos, por las Cortes Generales; pero es inadmisible si responde únicamente a una percepción sectaria y a un interés personal. A España y a los españoles no les interesaba el blanqueamiento y excarcelación de los etarras, ni la amnistía a los golpistas, ni los pactos populistas, ni las desiguales concesiones al nacionalismo supremacista e insolidario; pero tampoco les interesa ahora el asociacionismo populista y comunistoide del Grupo de Puebla, el frentismo antiyanqui y antisemita, el ingenuo alineamiento con China o la desconexión fáctica de los principales órganos de decisión comunitarios. ¡Claro que a los españoles no les interesa, pero a él sí!