El Real Madrid eterno con Florentino Pérez

En España tenemos una extraña costumbre: desconfiar de quien gana demasiado. Si alguien levanta una empresa día a día, sospechamos. Si escribe un libro, desconfiamos. Si acumula nombre y da trabajo a decenas de personas, lo llevamos al diván nacional. Y si encima gana siete Copas de Europa como el actual presidente del Real Madrid, directamente le abrimos una comisión de investigación sentimental.
Florentino Pérez es uno de esos personajes que irritan porque contradicen la teoría española del desastre permanente. Lleva más de dos décadas al frente del Real Madrid y ha convertido un club de fútbol en una multinacional emocional con sede en la Castellana. No es poco mérito en un país donde cambiar una ventana de aluminio suele requerir tres permisos, dos recursos y una manifestación vecinal.
Los críticos hablan de él como si fuera un villano de novela. Le atribuyen una capacidad casi sobrenatural para controlar el fútbol, la economía, los medios y, si uno escucha determinadas tertulias a medianoche, también las mareas y los eclipses. El problema de esa teoría es que las vitrinas existen.
Cuando Florentino llegó a la presidencia en el año 2000, prometió a Figo y trajo a Figo. Parece una frase sencilla, pero en España cumplir una promesa electoral debería considerarse una modalidad olímpica. Después llegaron Zidane, Ronaldo, Beckham, Cristiano, Modrić, Kroos, Benzema y una larga colección de futbolistas que han acabado formando parte de la memoria sentimental de varias generaciones.
Naturalmente, nada de eso habría sido posible sin una institución anterior a él. El Real Madrid no nació con Florentino, como Roma no empezó con Julio César. Antes estuvieron hombres que construyeron los cimientos. Sobre todos ellos, el gigante Santiago Bernabéu. Fue Bernabéu quien convirtió un club español en una referencia mundial durante treinta y cinco años de presidencia. Después llegaron dirigentes como Luis de Carlos, Ramón Mendoza o Lorenzo Sanz, custodios de una herencia que parecía imposible de igualar.
Y, sin embargo, apareció este ingeniero madrileño de voz tranquila y aspecto sosegado, que acabó ampliando la leyenda. Durante sus mandatos, el club ha conquistado siete Champions League, además de títulos continentales en baloncesto, ligas, mundiales y supercopas. El balance supera los sesenta títulos oficiales entre ambas secciones.
Pero quizá su mayor obra no sea un trofeo, sino un edificio. El nuevo Bernabéu es una rareza española: una infraestructura terminada que, además, funciona. Mientras otros inauguran maquetas, Florentino inauguró una máquina de generar ingresos, prestigio e identidad colectiva. El estadio ya no es sólo un estadio. Es una catedral tecnológica donde el fútbol se mezcla con eventos, congresos y la vieja costumbre madridista de creer que cualquier partido puede remontarse en el minuto noventa.
Hay quien piensa que el Madrid gana porque tiene dinero. La realidad suele ser la inversa: tiene dinero porque gana. Esa diferencia explica por qué tantos clubes ricos observan al Madrid con la misma mezcla de admiración y resentimiento con la que los nobles arruinados contemplaban a los comerciantes venecianos.
Por supuesto, Florentino se puede equivocar. Sólo los santos y los comentaristas deportivos son infalibles. Ha tenido entrenadores fallidos, fichajes discutibles y alguna apuesta personal que merece debate. Precisamente por eso su figura resulta más interesante. Porque no es un héroe mitológico sino un constructor. Y España ha producido menos constructores de los que necesita.
En un país donde la grandeza suele contemplarse con sospecha, Florentino Pérez representa algo casi subversivo: la ambición. La idea de que una institución española no tiene por qué conformarse con competir; puede aspirar a dominar. Puede ser la mejor del mundo.
Quizá dentro de cincuenta años los historiadores del fútbol discutan si fue más importante Bernabéu o Florentino. Será una discusión magnífica. Lo verdaderamente significativo es que el Real Madrid haya tenido la fortuna de contar con ambos. Uno levantó el imperio. El otro lo modernizó para el siglo XXI.
Y mientras la discusión continúa, las Copas de Europa han seguido y seguirán acumulándose en las vitrinas, que es el lugar donde suelen terminar las mejores respuestas. Así es que, a seguir ahí, Florentino.