OPINIÓN

Trump tras las ‘midterms’: se acabó el cheque en blanco

Trump tras las ‘midterms’: se acabó el cheque en blanco

Por fin han terminado las famosas midterms. Y quienes vivimos en Estados Unidos podemos respirar tranquilos: se termina el bombardeo de anuncios electorales, llamadas telefónicas, mensajes y carteles que nos ha perseguido durante semanas.

Pero mientras desaparece la publicidad electoral, comienza lo verdaderamente interesante: descubrir cómo el nuevo equilibrio político afectará la capacidad de Donald Trump para gobernar y los resultados son claros. Porque hay algo que en España no siempre entendemos bien: en Estados Unidos, ganar la presidencia no significa recibir un cheque en blanco durante cuatro años.

Las urnas tienen memoria Como expliqué en mi artículo anterior, los estadounidenses suelen castigar al partido que ocupa la Casa Blanca en las elecciones de mitad de mandato. Desde 1934, el partido del presidente solo ha ganado escaños en la Cámara de Representantes en tres de las 23 elecciones de mitad de mandato celebradas hasta 2022.

No estamos, por tanto, ante un fenómeno exclusivamente relacionado con Trump. Es una característica recurrente del sistema estadounidense. Las midterms permiten a los ciudadanos expresar su satisfacción o descontento con el rumbo del país sin tener que esperar a las próximas elecciones presidenciales. Y eso tiene consecuencias políticas muy reales.

Trump: las promesas no pagan las facturas

El principal desafío de Trump no es únicamente el Partido Demócrata. Es demostrar que sus políticas mejoran la vida cotidiana de los estadounidenses. El coste de la vida, los precios de la energía, las consecuencias de los aranceles y las restricciones migratorias siguen generando un intenso debate económico. Trump llegó a la Casa Blanca prometiendo controlar la inmigración, fortalecer la industria estadounidense y mejorar el bienestar económico. Pero una cosa es formular una estrategia y otra ejecutarla sin provocar efectos secundarios. Parte de esa promesa se ha cumplido, pero el norteamericano vota con el bolsillo.

La realidad es que el coste de la vida se ha disparado. Los aranceles pueden servir como instrumento de negociación comercial, pero también encarecer los productos y las materias primas, el coste de la gasolina está por las nubes, y una política migratoria estricta puede reforzar el control fronterizo, pero también generar dificultades para la contratación en determinados sectores si no se agilizan las visas para aquellas personas que pueden aportar valor a Estados Unidos.

El Congreso y el Senado: donde empiezan los verdaderos problemas

Aquí se observa una de las diferencias fundamentales entre España y Estados Unidos. El Congreso estadounidense no es una simple prolongación del Gobierno. Tiene competencias propias para legislar, controlar el gasto federal, investigar a la Administración y condicionar numerosas decisiones presidenciales. Cuando el presidente se enfrenta a mayorías parlamentarias adversas, negociar deja de ser una opción y se convierte en una necesidad. Los presupuestos pueden convertirse en auténticas batallas políticas. Las comisiones parlamentarias pueden intensificar sus investigaciones y determinadas iniciativas legislativas pueden quedar bloqueadas. Si el gobierno no cuenta con presupuesto, corre el riesgo de un cierre.

Incluso cuestiones tan sensibles como la financiación de las operaciones militares, la política migratoria o los recursos destinados a ICE pueden convertirse en objetivos claros que la nueva mayoría demócrata va a atacar.
Y no debemos descartar nuevos enfrentamientos institucionales, incluidos debates sobre un eventual juicio político, aunque la destitución presidencial requeriría una mayoría cualificada en el Senado.

Trump conserva amplias facultades ejecutivas, especialmente en política exterior. Pero las órdenes ejecutivas tampoco permiten sustituir indefinidamente al Congreso cuando una medida requiere legislación o financiación. Se ha criticado a Trump por ser el presidente con más órdenes ejecutivas, pero hay que tener en cuenta que una de cada cuatro que ha firmado fueron en las primeras semanas de su presidencia para cambiar radicalmente la dirección de la anterior administración. Asimismo, las órdenes ejecutivas sin presupuesto asignado por el Congreso son papel mojado. El presidente seguirá teniendo poder. La cuestión es cuánto podrá ejercer sin negociar.

El Partido Demócrata afronta sus propios desafíos. La oposición a Trump puede unir a sectores muy diferentes, pero esa unidad no garantiza un proyecto político coherente. Los demócratas tendrán que decidir qué prioridad otorgan a los problemas económicos cotidianos, a la sanidad, a la seguridad y a la inmigración, y cómo concilian las posturas de sus representantes moderados y progresistas. Además, deberán demostrar que son capaces de utilizar el poder parlamentario para alcanzar acuerdos, no únicamente para investigar o bloquear al presidente.

Las elecciones presidenciales de 2028 ya están en el horizonte. La cuestión para los demócratas es si lograrán convertir un partido muy dividido internamente, con posiciones radicales, en una propuesta de gobierno para el futuro, apta para el votante moderado. ¿Y España? Menos celebraciones y más influencia. Aquí llegamos a una cuestión que me preocupa especialmente.

España mantiene profundos vínculos empresariales, comerciales, culturales e históricos con Estados Unidos. Sin embargo, considero que no hemos sido capaces de articular un mensaje de país independientemente del partido que esté en el poder. Y ningún cambio en las mayorías parlamentarias solucionará automáticamente ese problema. Pero sería ingenuo esperar que los aranceles desaparezcan, que Estados Unidos abandone sus exigencias de un mayor gasto europeo en defensa o que las relaciones transatlánticas vuelvan automáticamente a su estado anterior.

Demócratas y republicanos mantienen diferencias importantes, pero también comparten preocupaciones sobre la competencia industrial, la seguridad nacional, el bienestar de sus ciudadanos y el papel internacional de Estados Unidos; desde luego, nada más lejos de pensar que hay un cambio radical en el país. Estados Unidos no cambia sus intereses nacionales cada vez que cambia de partido. Cambia, sobre todo, la manera de defenderlos.

España debe trabajar en construir relaciones sólidas con ambos partidos, con el Congreso, con los gobiernos estatales y con el tejido empresarial estadounidense.La verdadera batalla empieza ahora. Para Trump, la nueva etapa exigirá decidir qué parte de su agenda puede desarrollar mediante las competencias presidenciales y cuáles de sus prioridades requieren acuerdos legislativos. Para los demócratas, supondrá una oportunidad de demostrar que pueden ofrecer algo más que la mera oposición política.

Pero hay una lección aún más importante para España. El sistema estadounidense permite que el Congreso actúe como contrapeso del presidente, incluso cuando ello provoca bloqueos y conflictos institucionales. No es un sistema perfecto. Pero nos recuerda que la democracia no consiste únicamente en elegir a nuestros gobernantes, sino también en establecer mecanismos efectivos para controlar su poder. En España seguimos demasiado pendientes de quién ocupa La Moncloa. Quizá deberíamos preocuparnos más por quién controla a quien la ocupa.

Javier Estades es Doctor en Business Administration, Florida International University.

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