El cisne negro y el pato cojo

El cisne negro y el pato cojo

Desde que hace más de un mes se convocaron las elecciones generales y se publicaron las primeras encuestas con las intenciones de voto y el probable reparto de escaños, todos los analistas y observadores coincidieron en que el sanchismo necesitaba de un cisne negro que alterara de forma radical y definitiva no solo las tendencias, sino la foto fija de los apoyos a los partidos concretos y a los bloques ideológicos. Y un cisne negro, entendido como ese anormal e imprevisible acontecimiento con consecuencias de enorme impacto y trascendencia, es lo que se ha producido el pasado miércoles en las vías del AVE.

Desde luego que el impacto del accidente ha sido enorme, empezando, por supuesto, por la pérdida de tantas vidas y por las graves lesiones de otros muchos afectados; con el drama que supone para las familias y los entornos más cercanos, pero también para gran parte de una sociedad sensibilizada ante el dolor y la pena de tantos compatriotas.

Pero es que, además, los impactos del siniestro se extienden más allá de los gravísimos dramas personales. El transporte ferroviario de alta velocidad se había convertido en un buque insignia de la Marca España; y no solo por la imagen de modernidad y de capacidad tecnológica que se proyectaba (y que incluso se exportaba) por todo el mundo, sino porque esta forma de transporte se había consolidado como uno de los trampolines del desarrollo humano y económico del país.

A la paralización de las operaciones de la línea sur y a los protocolos adicionales de control y seguridad en otras líneas, hay que añadir la progresiva pérdida de confianza de los ciudadanos después de estos gravísimos accidentes. Todo esto se traduce, en definitiva, en estaciones vacías, viajes cancelados, proyectos demorados y negocios cerrados. Porque no estamos hablando solamente de anulaciones de reservas en hoteles y restaurantes, sino del impacto en toda la actividad económica y comercial y en el deterioro y hasta la supresión de otros muchos servicios públicos y privados. Y es que no todo el mundo viaja por ocio y placer, ¡pero y qué si fuera así! No olvidemos que el nuestro es un país de servicios y que el turismo es nuestra principal industria.

Está claro, entonces, que el accidente de Urda, por impacto y trascendencia, se puede considerar como un cisne negro, y eso que la situación de conservación y mantenimiento no lo hacía, lamentablemente, tan imprevisible. Pero resulta que las alteraciones que produce no son las que esperaba el régimen para desplegar las alas y elevar decisivamente sus expectativas; al contrario, solo sirve para hacer renquear todavía más el caminar del pato cojo.

Porque en un pato cojo, que ya en la fase final de su gobierno y sin respaldo para tomar decisiones adecuadas y efectivas, es en lo que se ha convertido Pedro Sánchez. Él, que siempre fue sonreído por una especial baraka y que era capaz de aprovechar oportunidades que los demás ni siquiera veían, es ahora una mezcla entre el Pato Donald y Calimero, que anda lamentándose de que le haya abandonado la suerte. Antes todo le beneficiaba; ahora todo le perjudica.

Con su tremenda tenacidad ha puesto a los cientos de asesores de Moncloa a buscar la manera de enderezar una campaña imposible: con los cuerpos todavía calientes no se puede dar rienda suelta al jolgorio y al amor; con un déficit de recursos y mantenimiento en el transporte y otros muchos servicios esenciales no se puede seguir repartiendo dinero a colectivos clientelares en los martes sociales; y con ADIF y otros organismos trufados de enchufismo y politización no se puede hablar del refuerzo de lo público.

El cisne negro ha volado en la otra dirección. Las encuestas dejan atrás al pato cojo y parece que ahora se quiere oír hablar de gestión y de eficacia. Como hicieron los ingleses, cuando en 1940 las cosas se pusieron complicadas, dejaron los buenismos y llamaron al carca de Churchill para que les sacara del atolladero. Pues eso, ahora que el invierno viene frío, los españoles quieren estar con el funcionario gallego. Luego, cuando haya hecho la faena, se lo agradecerán con el desprecio a sus aburridos principios, a su ortodoxia y a su austeridad. Pero eso llegará después; ahora se han dado cuenta de que le necesitan.

Lo trágico y siniestro es que hayan tenido que morir 115 personas, dejar gravemente heridas a otras muchas y destrozar la vida de sus familias para que muchos vencieran su sectarismo y se dieran cuenta de que el sanchismo no es el freno a la ultraderecha y el garante del progresismo, sino que es, también para ellos, un régimen nocivo. Que haya tenido que ocurrir lo que ha ocurrido para que muchos piensen que es necesario priorizar la gestión al relato y la decencia a la ideología.

Lo positivo es que la ansiada remontada del régimen ha terminado antes de empezar y que, aunque no les queda más remedio que aparentar optimismo y confianza, lo más que les sale después de ver las encuestas es la respuesta de aquel al que le preguntaban que cómo llevaba su régimen de adelgazamiento:

—Pues muy bien —respondía—, de los diez kilos que tenía que perder, ya sólo me quedan doce.

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